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Los dos chavales de la sesión golfa

Hace casi dos años que trabajo en unos multicines, y la verdad es que en este tiempo he visto de todo. Desde parejas montándoselo en la última fila con la sala medio llena hasta gente llevando a sus crios de 5 o 6 años al estreno de películas de terror, pasando por peleas, vómitos, gente que se levanta en mitad de la película para destripar a gritos el final o algunos que se quedan dormido y tienes que despertarles para poder limpiar la sala.

En fin, un poco de todo, y teniendo en cuenta que tan pronto estoy en la taquilla, de acomodador o en la cabina, he podido ver situaciones de todos los tipos. Es un cine bastante tranquilo, solo tiene tres salas, y ni siquiera se llena con los grandes estrenos, pero gracias a la miseria que nos pagan a los cuatro empleados que somos consiguen sacar algo de beneficios.

Llegados a este punto, y antes de contar lo que tenía pensado, he de confesar un par de cosillas para que se entienda mejor. Lo primero es que soy gay, nunca me he atrevido a confesárselo a mi familia pero lo asumí hace 7 años, cuando a los 14 me enamoré locamente de mi profesor de Lengua. Y lo segundo es que soy un pajillero compulsivo. Da igual que tenga pareja estable o no, siempre cae una paja o dos al día. Más de una vez, mientras estaba en cabina viendo por décima vez un tostón de película me la he cascado, con el morbo añadido de estar a escasos metros del público.

Hace unos días, el sábado pasado concretamente, me tocó estar en cabina hasta la última sesión, la de las 00:30. Para colmo de males, la película que me tocaba poner era una españolada, de risa tonta y en las que a la mínima la protagonista sale en pelotas. Tenía alguna escena subidita de tono (hetero, por desgracia, aunque ya me la había cascado dos o tres veces con el culo de Unax Ugalde), pero el argumento era de lo más tonto.

A la sesión de las 22:00 que es la que suele llenarse más habían ido 5 o 6 personas, pues llevaba casi un mes en cartel y el que estaba interesado en verla ya lo había hecho. Así pues, tenía incluso la esperanza de que no entrase nadie y pudiera largarme a casa un rato antes (con el consecuente descuento de sueldo, claro). Pero no, no fue así por culpa de dos chavales que no tenían otra cosa mejor que hacer. Con la de cosas que hacía yo los sábados por la noche cuando tenía 14 años...

En fin, el caso es que me tocó quedarme, y como no estaba dispuesto a tragármela una vez más, me puse a leer un libro, El Guardián entre el Centeno, concretamente. Ya me lo he leído varias veces, pero como es cortito, me gusta releerlo de cuando en cuando. En esas estaba cuando calculé que ya debía estar la única escena que valía la pena de la película, la del desnudo de Ugalde. Solo salía de espaldas, claro, pero ese culo era para esculpirlo en mármol.

Eché un vistazo a la sala, no fuera a ser que los dos chavales me estuvieran montando alguna, que no sería la primera vez. Tenían pintas de malotillos, con su ropa Quiksilver y El Niño, unos cuantos piercings, el pelo de punta... No se, no me daban buena espina. Me hubiera esperado que estuvieran pinturrajeando la sala con sprays o hasta arrancando alguna butaca, pero lo que vi al asomarme nunca lo hubiera imaginado.

Los dos estaban con los pantalones del chándal por las rodillas, y se estaban cascando un pajote con toda la tranquilidad del mundo, como si estuvieran en su casa. Imagino que no era la primera vez que lo hacían, pues la película tampoco era para tanto, aunque a esas edades ya se sabe, a la mínima se te pone dura y o haces algo o vas por el mundo con la tienda de campaña desplegada.

La verdad es que me calentó mucho verlos con la polla en la mano, y dado que ahora mismo no estoy con nadie, decidí bajar a la sala para intentar algo. No tenía nada que perder, en el peor de los casos echaría a los dos chicos del cine por estar haciendo lo que no debían y listo. Cogí la linternilla, que quieras que no, impone, y me fui para abajo, tratando de que no se me notara mucho el empalme que llevaba debajo del pantalón del uniforme.

Entré sigilosamente, para observarles un poco desde la puerta antes de pillarles con las manos en la masa. Desde ahí pude fijarme un poco más en los chavales, pues desde apenas podía verles bien. El que aparentaba ser algo más mayor llevaba una gorra de Mclaren que le hacía sombra en la cara y apenas dejaba ver sus rasgos. No perdía vista de la película, aunque la escena caliente había terminado hace rato. El otro chico debía tener un año menos o algo así, pues era menos corpulento y tenía cara de crio. Llevaba un aro en el grueso labio inferior, el cual daban ganas de morder, y parecía tener el pelo rubio o castaño claro.

Según estaba observándoles, se hicieron un gesto de complicidad y cambiaron de mano, pajeándose el uno al otro. Ahora si que me daba un poco de corte interrumpirles, pues bien podían ser novios y el cine el único lugar donde poder tener un poco de intimidad, pero estaba casi convencido de que no eran más que un par de amigos que habían encontrado un nuevo modo de aliviar tensiones hasta que una tía les desvirgara. Me repetí a mi mismo que mi obligación era interrumpirles y así lo hice.

Encendí la luz de la linterna al tiempo que me dirigía hacia ellos gritando "¿Se puede saber que hacéis?". Como esperaba, los chavales se cagaron vivos, y trataron de subirse el pantalón y hacer como que no pasaba nada. Aproveché para alumbrarles y ver lo buenos que estaban, mientras le echaba la típica bronca de acomodador, me lo vais a poner todo perdido, si no os interesa la película os largáis y todo ese rollo. Los estaban rojos como un tomate, sobre todo cuando el de la gorra me reconoció. Era Mario, el hermano de un colega mío de toda la vida, al que conocía desde que era un mico. La verdad estaba hecho todo un hombrecito, y nunca hubiera esperado encontrármele en aquellas circunstancias.

Pero no hay mal que por bien no venga, así que aproveché la situación. Le dije que su hermano Abraham se iba a partir el culo cuando se lo contara, que seguro que no se imaginaba que su hermanito pequeño hacía esas mariconadas en la última fila del cine. Los dos se acojonaron aún más, supongo que si sus amigos se enteraban de lo suyo lo menos que iban a hacerles iba a ser darles de lado. Yo no soy tan capullo, por supuesto, más que nada porque sé lo que es que tus amigos te den de lado por no ser como ellos, pero si en el amor y en la guerra todo vale, doy por hecho que en el sexo también.

Los tenía justo donde quería, y estaba en condiciones de pactar algo que nos dejara satisfechos a todos. Ellos iban a salir ganando, y yo también, así que no tendrían porque negarse, aunque dado el caso no hubiera cumplido mis amenazas, ya digo que no era mi intención amargarles la vida por una cosa tan tonta.

Así pues, le expuse el trato: yo les terminaba la paja, y a cambio ellos me hacían una a mí. Tampoco era nada que no hubieran hecho ya, y además, no solo pensaba pajearles, sino trataría de chupársela, aunque no les avisara de antemano. Cuchichearon un poco entre ellos y acabaron diciendo que sí, siempre y cuando nunca le contara a nadie lo sucedido.

A la película apenas le quedaba media hora, así que no podía entretenerme demasiado. Me puse de rodillas en el suelo de espaldas a la pantalla, y llevé mis manos a sus respectivos paquetes, ahora flácidos después de la pillada. No tardé en ponérselas duras a través de la tela, y los dos parecían calzar un par de buenas pollas para su edad. Me moría de ganas por verlas de cerca, así que les desnudé de cintura para debajo de un tirón de la goma del chándal.

Estaba en lo cierto, los dos chavales no andaban nada mal dotados, teniendo en cuenta que yo a su edad apenas tenía cuatro pelos y me costaba encontrármela cuando iba a mear. Mario sobre todo, que tenía una polla más grande incluso que la mía, calculo que de unos quince o dieciséis centímetros como poco. Su colega tampoco andaba mal, aunque sería algo más pequeña, unos trece centímetros o así. No tenía vello salvo en la base de la polla, mientras que Mario era bastante más peludo.

Casi no sabía por donde empezar, así que opté por lo fácil, la más pequeña primero y luego la más grande. Sin darle tiempo a reaccionar, me lancé sobre la polla del chico del piercing, que soltó un gritito cuando sintió el calor de mi boca rodeando su capullo. Debía ser su primera mamada, pues no paraba de retorcerse y de mirar a Mario como diciéndole lo bueno que era aquello. Le eché un vistazo de reojo al tiempo que agarraba su polla con mi mano izquierda, y noté que su mirada no era precisamente dulce, sino que parecía reflejar algo de desprecio hacía mi.

Llegué a pensar que sería al revés, que sería Mario quien le contaría a Abraham a lo que me dedicaba con los clientes más jóvenes del cine, pero una mano apoyándose en mi cabeza me distrajo de aquellos temores. El rubio me agarró del pelo para asegurar que no me la sacaba de la boca mientras él se corría. No tenía ninguna intención de hacerlo, pero me excitó el sentirme dominado por alguien más joven que yo.

Una vez dejó de soltar chorros de leche en mi boca, le limpié todos los restos con la lengua y le subí de nuevo el pantalón para irme a por Mario. Pese a todo, la seguía teniendo durísima, y decidí castigarle por la mirada que me había dedicado. En lugar de chupársela, empecé a pajearle despacito, casi sin tocarle. Le bajaba la piel con la punta de los dedos, y esperaba a que subiera sola acariciándole el frenillo. Quería que fuera él quien me pidiera la mamada, o mejor aún, que me obligara a hacérsela por la fuerza.

No tardé en conseguir lo que quería, Mario me agarró de la nuca con las dos manos y me acercó hasta su polla, restregándomela por la cara. Quería enfadarle aun más, así que hice como que no había captado la indirecta. Comencé a lamerle los peludos huevos, mientras él intentaba metérmela en la boca. El chaval me hacía algo de daño, pero aquello no hacía sino excitarme aun más. Finalmente decidí que ya le había torturado lo suficiente y comencé a chupársela como mejor sé hacerlo. Acompañaba los rápidos movimientos de mi boca con mi mano, tratando de abarcar toda su polla, más hinchada que de costumbre. Creo que no tardó ni un minuto en correrse, aunque después yo estuve algo más lamiéndole la punta, hasta que me apartó de un empujón.

Ni que decir tiene que yo la tenía durísima con aquello, y antes de que los chicos pudieran tomar la iniciativa o incluso hacer amago de irse, me saqué el rabo y me senté entre los dos levantando el reposabrazos que les separaba. El del piercing me la agarró nada más sentarme, pero Mario no parecía estar por la labor, así que le cogí la mano izquierda y se la llevé a mis huevos. Solo entonces pareció reaccionar, y comenzó a pellizcarme el escroto suavemente mientras su colega comenzaba a pajearme. Lo hacía bastante bien, se notaba que tenía experiencia tanto en las pajas mutuas como en las propias.

Mario no se animaba a tocarme la polla, y tuve que volver a presionarle para que lo hiciera. Quería correrme en su mano, para bajarle un poco los humos y reprobarle el modo en que me había tratado, pero su colega no parecía tener ganas de soltarla. Le indiqué que le dejara un poco a Mario, que quería ver que tal lo hacía él, y así lo hizo, aunque no retiró la mano del todo, sino que la llevó a mi pecho y comenzó a acariciarme los pezones, algo que me vuelve loco.

El hermanito de mi colega se puso a pajearme con desgana, aunque aun así lo hacía bastante bien. No quería alargarse mucho, así que iba a toda leche, y unido a los suaves pellizcos de su amigo en mis tetillas, estaba a punto de correrme. Intenté resistir un poco más mirando la peli, que ya mostraba la boda de los protas, pero fue un esfuerzo casi inútil.

Le miré a los ojos para ver lo que hacía, y él intentó mirar para otro lado hasta que el primer chorro le empapó la mano. Me miró con cara de asco, a lo que le correspondí con otro chorro más potente que le manchó la camiseta (la tengo un poco desviada hacia la derecha, justo donde él estaba). Entonces paró, y se levantó para ir supongo que a los baños. La puerta principal estaba cerrada, así que no le quedaba otra que volver a la sala para salir.

Cuando se oyó como se cerraba la puerta, su amigo bajó su mano y siguió cascándomela un poco más, hasta que le indiqué que parara. No quedaba duda de que a él le gustaba aquello, e incluso me atrevería a decir que sabía casi desde el principio que mis amenazas no eran más que un farol para conseguir apuntarme a la fiesta. Antes de que volviera Mario, sacó un papel de su cartera y me apuntó su nombre (Álvaro) y su cuenta del Messenger, pero antes de que yo pudiera darle mis datos, su amigo volvió, al tiempo que comenzaban los títulos de crédito de la película. Tenía que salir pitando para encender las luces y recoger la cabina, así que salí de allí sin ni siquiera despedirme. Mario me dedicó una última mirada perdonavidas y mi nuevo amigo Álvaro me indicó por gestos que le agregara.

Ni que decir tiene que en cuanto llegué a casa le agregué, pues si bien él no me interesaba del todo, era mi mejor manera de llegar hasta Mario sin tener que recurrir a su hermano. Además, se notaba que el chaval era de los míos, y estaba dispuesto a llegar a algo más. Hasta hoy no he conseguido pillarle conectado, y la dirección parece estar bien, pues es su nombre, un apellido corriente y su año de nacimiento. A ver si consigo hablar con él y quedamos para otro día.

Y con Mario no se, va a estar difícil la cosa, sobre todo por su hermano y porque no parece gustarle mucho el mariconeo. Lo curioso es que esa misma noche me llamó mi colega Abraham para preguntarme por el curro y si salía un rato, y le dije algo como "bien, lo único que a última hora dos chavales se han puesto a hacer lo que no debían y les he tenido que echar la bronca". Si llega a enterarse a lo que me refería en realidad...