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PATRIA II Castro se sintió increíblemente satisfecho cuando vio la expresión de Harold, denotando un enorme placer, al sentirla toda dentro
En el anterior relato, les conté como el pobre Harold Herrera llegó a verse
desnudo, agachado, y con dos pilones en la mano.
Allí se encontraba, sin experiencia alguna en mamar vergas, y con dos tipos que
podrían hacerle la vida de cuadritos por casi un año, mirándolo
amenazadoramente.
-Herrerita, muévase muchachito... si este AK47 se me duerme... usted se muere
papito- le acosó el sargento Bonilla.
Harold soltó una pequeña lágrima. Había disfrutado la mamada de Castro, no lo
podía negar... pero, aunque tenía cierta curiosidad... esta no era la manera
como lo hubiera deseado. No a las malas, no sintiéndose ultrajado, no con
aquellos dos idiotas. Harold tragó fuerte, y se metió toda la tranca del
sargento a la boca, para luego soltarla y agachar la cabeza. El sargento se
desesperó. Lo agarró del brazo y lo levantó.
-¡Te esperamos mucho gran hijo de puta y no quisiste, entonces ahora te voy a
partir ese culo en dos!
Lo apercuelló contra el escritorio, y de un solo embión se la clavó todita.
Sobra decir que Harold sintió que se iba a morir del dolor. No estaba listo, ni
siquiera estaba lubricado. Pero a Bonilla no le importó. Comenzó a bombearlo
salvajemente, a la vez que le daba palmadas en la cabeza.
-¡Así es que se tratan los retrasados en el ejercito! ¡Que aprendan a ser
hombres!- le decía entre jadeos. Castro miraba la escena, ahora triste y
meditabundo. El, aunque tenía rabia con Harold, tampoco hubiera querido que las
cosas fueran así. -Mi sargento, ¿es necesaria tanta barbarie?- se atrevió a
decirle.
Bonilla ni le escuchó. El culito virgen de Harold era una puerta al placer
extremo. Con cada embestida sentía que algo dentro de Harold se rompía, y lo
excitaba sobremanera saberse dueño y poseedor absoluto de aquel jovencito tan
apetitoso. De súbito, sus movimientos se hicieron brutales, se apretó
fuertemente contra el cuerpo de Harold, y le inundó el interior con sus chorros
de espesa y blanca leche.
-¡Aaaaaaaaahhhhhhhhhh! Carajo- fue lo único que alcanzó a decir. Cuando su palo
salió de Harold, estaba algo sucio, obviamente, y Bonilla se enfureció. Con la
misma camiseta de Harold se limpió y se la arrojó a la cara. Harold se hallaba
parado, dándole la espalda a la pared.
-¡No te la hago comer no se por qué!... Mañana espero esa lista hecha y si no te
hago culear de todo el ejército nacional- le dijo, saliendo como pepa de mango
de aquella habitación. Harold se fue dejando caer al suelo, y hundiendo la
cabeza entre las manos, rompió a llorar. Castro no sabía que hacer. El mismo
desaprobaba lo hecho por su sargento, pero no sabía que decirle a Harold.
Entonces, Harold le facilitó las cosas.
-¿Así te cogió ese animal la primera vez?- sollozó.
Castro se sentó a su lado y suspiró.
-Igualito-.
Harold le recostó la cabeza en el hombro.
-Yo hubiera hecho de todo, si me hubieran tenido paciencia... pero así no son
las cosas-.
Castro le acarició el cabello, y le limpió las lágrimas.
-Si hubiera sido por mí... te hubiera tenido toda la paciencia del mundo...- y
calló algo apenado.
Harold soltó una risita.
-Que bobo-.
-En serio-.
Harold levantó la mirada, y sus bocas quedaron peligrosamente cerca. Ahora
Harold recordaba aquel beso por el que todo empezó, y solo se dejó llevar, como
atraído por un imán, hacia la boca de Castro. El beso fue de lo más tierno y
apacible. Al pobre Harold le dolía mucho su ojito, pero esto no evitó que
pulsara de nuevo al sentir las suaves manos de Castro acariciándole sus
huevitos. Castro fue minando aquel dolor con sus agradables caricias. La piel de
Harold se erizaba cada vez que Castro bajaba por sus brazos.
-Harold, lástima que todo haya empezado así, pero es que vos... vos me gustas
demasiado viejo. Simplemente no lo puedo evitar. Yo se que a vos no te gusta, o
yo no te gusto, pero lo siento- le dijo intempestivamente.
Harold sonrió.
-Yo no soy maricón, pero últimamente no estoy tan seguro. La cosa era saberme
trabajar, eso era todo. Yo te pillaba mirándome, y aunque me chocaba un poco, me
gustaba más de lo que me molestaba. Y después de esa chupada y esos besos...-
Harold ahogó un largo suspiro.
Ahora Castro no tenía ataduras. Comenzó a besarle el cuello a Harold, y a
hacerlo gemir con cada roce de sus labios. Luego, Harold se retorció una vez más
cuando los mágicos labios de Castro tocaron la cabeza de su pene.
-Ay viejo dale, dale, chúpamela como ahorita, por fa- le suplicó Harold.
Castro comenzó a succionar aquel pene como si de allí manara la fuente de la
vida. Harold jugueteaba con sus nalgas, y Castro sentía su culete vibrar.
-Harold, ¿vos ya te culeaste otro hombre?-.
Harold levantó las cejas -No viejo... nunca-.
-¿Querés probar?-.
Harold asintió con una mirada encantadora.
Castro entonces se incorporó y se sentó en el abdomen de Harold, dispuesto a
cabalgarlo. Harold le apretó fuerte las nalgas, mientras sentía su tolete
abriéndose paso entre las estrechas entrañas de Castro. Cuando Castro sintió que
la tenía toda dentro, comenzó a moverse lentamente, y Harold blanqueó los ojos.
-¡Woooowwwwww!- gritó.
Castro se sintió increíblemente satisfecho cuando vio la expresión de Harold,
denotando un enorme placer. Comenzó a acelerar sus movimientos, hasta que, sin
siquiera tocarse, un río de leche brotó de su pene y se descargó en el pecho de
Harold. Al venirse, su culo se contrajo, haciendo que Harold viera las estrellas
y se regara también dentro de Castro. Todo aquello pasó en menos de 5 minutos.
Sudorosos y exhaustos, los dos chicos quedaron mirando el techo de la oficina.
El reloj marcaba las 9.45 PM.
-Viejo, que estarán diciendo en los camarotes- preguntó Harold -Que digan lo que
les de la gana, mano de tontos cagados- dijo Castro.
Harold lo miró a los ojos, tiernamente. Castro se alcanzó a ruborizar.
-Te pusiste rojito- rió HaroldCastro se ruborizó aún más.
-No me mires así-.
-Por qué-.
-Porque siento que cuando me miras así, podes hacer conmigo cualquier cosa-.
Harold ahora fue quien se ruborizó, pero no desaprovechó la oferta.
-¿Qué te parece unas listas en Excel?-Castro suspiró.
El sargento Bonilla tuvo en sus manos un archivo actualizado y perfecto para
liquidar las libretas de los aspirantes a las 8 horas en punto. Harold, muy
sonriente, se lo entregó, en papel y en disquete.
Caminaba medio rengo aún, pero el sargento tuvo que admitir su superación, y lo
dejó de una vez en la oficina de Cartera, como compañero del auxiliar Augusto
Castro.
Sobra decir que fueron muchas las noches que trabajaron duro hasta tarde, para
cumplir los absurdos requerimientos del cada vez más malhumorado sargento
Bonilla... Ustedes saben, para un soldado, “hasta la vida por la Patria”...
Autor: Alejo valekvdl (arroba) gmail.com