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EL EXTRAÑO DROGADICTO Cuando sintió mi pene dentro de él dio un gemido de dolor que se reflejó en su cara, pero luego, ese mismo gesto se fue dibujando en una sonrisa de placer, y susurrándome al oído me dijo, cógeme rico, soy todo tuyo
Aquella noche había discutido con “mi peor es nada” y para refugiarme me dirigí
a las afueras de la ciudad donde yo vivo, estacioné el auto frente a la laguna y
me quedé sentado allí esperando a que se me pasara el mal humor.
Realmente había sido una pelea tonta y suponía que al volver a casa sabría de él
y todo se solucionaría, así con ese pensamiento salí del carro, me quité los
zapatos y empecé a caminar por la orilla mojándome los pies.
El ambiente estaba fresco, no había gente alrededor, así que decidí meterme a
nadar un rato, me quité la ropa quedándome solamente en mis bóxers, al rato ya
estaba nadando libre en un lugar tranquilo, como si con el agua lavara también
los malos momentos.
Después de un buen rato de estar así salí llano a seguir camino hacia la casa de
Lucas y hacer las paces.
Me quité los bóxers mojados quedándome completamente desnudo, con un polo me
estaba secando el cuerpo cuando una voz quebrada me dio el susto de mi vida
haciendo que suelte la única prenda que podría cubrir mi desnudez.
“¿Tienes coca?” me dijo el hombre que tenía al frente, y al que por los ojos
desorbitados, pude reconocer en un total estado de drogadicción. “No” le
contesté aún temblando, intentando recoger el polo para cubrir mi cuerpo.
“¿Fósforos?” me volvió a interrogar, “No” volví a contestar, “Estoy arrecho”
habló nuevamente al tiempo que se empezaba a quitar la ropa.
En ese instante recién dirigí mi mirada hacia él, y me encontré a un hombre de
unos 35 años, blanco, velludo, no muy alto pero con un cuerpo bien trabajado y
de una cara muy varonil, cuando volví a mirarle los ojos éstos seguían con la
mirada perdida, pero eran realmente muy hermosos y cobijados en unas largas
pestañas y cejas rubias como él.
Mientras lo miraba, él perdido en el espacio como se encontraba se iba
desnudando, primero se quitó la camiseta, quedándose con el torso desnudo, allí
pude ver sus pectorales marcados, las dos tetillas cubiertas por abundante vello
castaño claro así como la hilera de pelos que lo cubría justo en el centro de su
pecho hasta perderse tras la marca elástica de sus slips, tenía aún puestos los
jeans y estaba descalzo. Con ese espectáculo frente a mí viendo a ese extraño
desnudándose sentí que mi corazón empezaba a latir más rápido y fuerte, estaba
nervioso pero a la vez sentí una descarga de curiosidad de saber que más podría
suceder allí, en ese lugar a esa hora.
Nuevamente este hombre, al que llamaré “extraño” se dirigió a mi acercándose un
poco más, y me preguntó “¿Tienes coca?”. Nuevamente me negué, pero esta vez solo
con movimientos de cabeza, su proximidad me tensaba y me quitó el habla.
Entonces sucedió, agarró el botón de sus pantalones, lo desabrochó y de un tirón
se los bajó hasta quedarse solo con los slips apretados que llevaba puestos.
“Estoy arrecho” volvió a repetir y tenía razón, el bulto que se podía apreciar
era notorio de que si tenía una erección. Sentía mi respiración más acelerada,
el aire en ese momento se hizo más denso, la sangre me hervía, sudaba, el calor
de la noche era severo, quería meterme al agua nuevamente, pero a la vez tenía
temor de aquel “extraño”.
Me miré y aún estaba desnudo con el polo húmedo entre las manos y una erección
de a mil! Sentí vergüenza de mi mismo y como pude me tapé el miembro con el
polo, aún así no se podía ocultar lo evidente. Una vez más el “extraño” dio unos
pasos acercándose hasta estar a un metro el uno del otro. “Estoy drogado” dijo,
“Y hace calor” respondí, en ese instante por primera vez en la noche me miró
fijamente a los ojos, como si en verdad se estuviera dirigiendo a mi en sus
cinco sentidos.
“Vamos a nadar” me dijo mirándome fijamente, y su pedido fue casi una orden para
mí, coloqué el polo que cubría mi sexo aún erguido sobre el carro al mismo
tiempo que el “extraño” caminaba hacia la orilla del lago.
Por un momento me pregunté si eso era lo correcto, si no le pasaría nada, si
después me arrepentiría de estar secundándolo estando como él lo estaba, pero al
verlo caminar quitándose la única prenda que le quedaba puesta, iluminado tan
solo por la luna llena, viendo como poco a poco me mostraba sus nalgas grandes,
blancas y redondas y que al paso de su caminar hacían un vaivén increíble,
olvidé todos mis tormentos y lo seguí.
Entró al agua, y nadó hasta donde solo se le podía ver la cabeza, yo también me
metí al agua y lo alcancé allí. Por fin sentía que el calor de mi cuerpo
retornaba a su temperatura. Cuando lo tuve muy cerca, casi al punto de que
nuestros cuerpos rozaban por debajo del agua, él me miró y me habló como si el
efecto de la droga hubiera desaparecido
“Está buena, no?” “Si” le contesté parcamente. De pronto uno de los aleteos de
esos que hacemos para mantenernos a flote con las manos dio contra mi pene semi
erecto, pero que al roce con su piel creció nuevamente, una vez más sucedió lo
mismo, “Estas empalmado” me dijo, tocándome el miembro suavemente.
“Me gusta tu pinga” dijo al tiempo que ya la sujetaba fuerte, “Es grande y
gruesa... me arrecha” prosiguió al tiempo que me iba masturbando suavemente
ayudado por el agua. Mis manos también buscaron su pene, estaba erecto, era más
grande pero más delgado que el mío y circuncidado a diferencia del mío. Y así,
ambos metidos hasta el cuello en el agua, empezamos a manosearnos sin dejar de
tocarnos los penes.
Su boca buscó la mía, pero yo la rechacé, me entraron los escrúpulos. Lo solté y
de pronto empecé a nadar hacia la orilla, sentí que él también hacía lo mismo.
Cuando pude pisar tierra y caminar unos pasos sentí su mano sobre mi hombro, di
media vuelta y lo miré desnudo de cuerpo entero, sus cabellos rubios mojados
caían sobre su cara, todos los vellos de su cuerpo estaban pegados en el, tenía
unas piernas fuertes y contorneadas y sobretodo el pene más lindo que jamás
había visto. “No me dejes solo” me dijo y su voz sonó suplicante.
Nuevamente se acercó a mí, y cerrando los ojos acercó su boca a la mía, sentí
sus labios tibios por el agua rozar los míos y entonces ya no pude resistirme,
lo besé con esa pasión que solo te trae la arrechura de estar con el hombre de
tus sueños y a la vez, de estar haciendo la travesura y fantasía que siempre
quisiste hacer.
Lo tomé de la cabeza, pasé mis manos por entre sus cabellos, luego le puse mis
manos en su cintura y sin más lo levanté hasta cargarlo, tenía mi pene erecto a
más no poder rozando su culo caliente, sabía que con un poco de malabares lo
podría poseer allí mismo, pero empecé a jugar con él, lo balanceaba haciendo que
la punta de mi pene chocara una y otra vez contra su agujero, sentí que a cada
uno de esos golpecitos se abría un poco más, cuando ya no pude con los besos,
las caricias y sobretodo la excitación de tenerlo así, empujé un poco y mi pene
entró suavemente dentro de este “extraño” al que le estaba por dar la cachada de
su vida.
Cuando sintió mi pene dentro suyo, dio un gemido primero de dolor que se reflejó
en su cara, pero luego, ese mismo gesto se fue dibujando en una sonrisa de
placer, y susurrándome al oído me dijo “cógeme rico, soy todo tuyo!!!” y así lo
hice, empecé a bombearlo hasta que mis piernas se cansaron por el peso.
Entonces agachándome sin quitármelo de encima lo eché en la arenilla, coloqué
sus piernas sobre mis hombros y seguí bombeándolo hasta oírlo gritar de placer
pidiendo “más fuerte brother” “así, que rico” “hasta el fondo” todo esto
haciendo gestos de placer y nuevamente con la mirada perdida, pero esta vez de
la excitación.
Así estuve un largo rato hasta que sentí que me venía, entonces saqué
rápidamente mi verga aún caliente justo al tiempo que disparaba sobre su pecho
grandes cantidades de semen lechoso. Un grito mío al final se unificó con el
suyo al tiempo que también se corría sobre si mismo. Entonces mi cuerpo cayó
pesadamente sobre el suyo y así cansados y satisfechos nos quedamos en esa
posición unos minutos.
No se como pude ponerme de pie, las piernas no me respondían, y aún así caminé
hasta el agua e introduciéndome hasta la cintura me lavé todo, él hizo lo mismo.
Caminamos sin vernos las caras, llegamos a donde había dejado mi carro y las
ropas tiradas, volví a tomar el mismo polo húmedo y me sequé como pude. Me
vestí.
Él hizo exactamente lo mismo y cuando terminó de hacerlo por fin me habló “¿Te
volveré a ver?”, “¿Por qué no?” respondí, al tiempo que le di un beso final en
la boca, de esos suaves... de despedida.
Dio media vuelta y así descalzo como cuando llegó se perdió entre los caminos y
la oscuridad.
Mucho tiempo después, estando en el trabajo, entró a la oficina un hombre, una
de mis secretarias me lo anunció como “el hijo del jefe”, cuando alcé la mirada
era él, el “extraño”, “Por fin te encontré” me dijo, “¿Tienes coca? respondí y
sonreímos juntos.
PD. Lucas y yo nos separamos definitivamente al día siguiente de esa noche.
Autor: TEHEPA tehepa (arroba) yahoo.com