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EL AGUA CALIENTE Sentí mi trasero completamente colmado por su pene, siguió empujando y mi esfínter cedió, se abrió paso por completo en mis entrañas y me invadió una fuerte sensación de plenitud
¡Hola! Les escribe Amadeo de nuevo, compartiendo sus experiencias. Espero que
disfruten este relato.
- Así que pensás salir a jugar volley ball, ¿no es así? -preguntó mi abuela
mirándome fijamente.
- Sí, abuela -respondí-. Voy a ir con mis amigos ya que tenemos un partido
contra el equipo de los Jaguares.
¡Ah! -agregué- y no me esperés a almorzar, ya que con los muchachos iremos a
comer hamburguesas y después al cine. Regresaré como a las seis de la tarde.
- Bien -me dijo entregándome una cajita-, pues entonces llévate estos fusibles.
Son para el inquilino de mi casa, el doctor Ramírez, ya que los fusibles del
calentador de su baño se quemaron y no tiene agua caliente. Pásaselos dejando
antes de ir a jugar, y que no se te olvide.
- ¡Oh, abuela! -protesté- Ya es tarde. ¡Voy a llegar retrasado al juego! -mentí,
ya que tenía tiempo suficiente, pero no quería ir hasta la casa alquilada.
- No importa. Llévaselos, que los está esperando. ¡Sin discusión! -respondió
tajante.
No tuve otro remedio que ceder, ya que mi abuela es inflexible. Tomé mis cosas y
me dirigí hacia la casa que mi abuela alquilaba al mentado doctor Ramírez.
Aunque le había visto un par de veces, no lo conocía bien. Sólo sabía que era
psicólogo, daba clases en la Universidad y que vivía solo. Llegué hasta la casa
en cuestión y llamé a la puerta. El inquilino salió a abrir.
El doctor Ramírez era un hombre alto, de aspecto agradable, casi guapo, de
complexión atlética, cabello castaño y unos 40 años de edad.
- Buenos días -le dije mostrándole la cajita que llevaba-. Soy el nieto de doña
Marta y le traigo estos fusibles.
Con una sonrisa me hizo pasar adelante y me recibió el paquete. Yo hice ademán
de retirarme, pero él me detuvo.
- ¿Qué pasa? -me preguntó-. ¿Tenés prisa? - No, pero más tarde tengo que ir a un
juego de Volley Ball -le respondí.
El doctor Ramírez se volvió hacia mí con una sonrisa de picardía.
- ¿Aceptarías tomar un refresco? -preguntó.
Yo le agradecí y me iba a rehusar, pero ante su insistencia acepté sin mucho
convencimiento Me hizo pasar a la sala, donde la televisión estaba encendida y
había una imagen congelada en la pantalla.
- Estaba viendo un vídeo -me dijo a manera de explicación-. Sentate y acompáñame
un rato.
Sin mucho convencimiento tomé asiento, al tiempo que él salía de la habitación,
para volver unos instantes más tarde con dos botellas de gaseosa. Se sentó en el
sofá y con el control remoto puso a correr la cinta. Mi sorpresa fue grande al
ver que se trataba de una película de sexo y, para ser más exacto, de tema gay.
Me sentí un tanto incómodo, pero no podía apartar mi vista de la pantalla.
De pronto, pude apreciar que el doctor Ramírez me recorría con los ojos de pies
a cabeza, al tiempo que se humedecía los labios. Su mirada era cálida, pesada,
cargada de lujuria. Ello, aunado a las candentes escenas de la película, me fue
excitando y provocando una erección que, estaba seguro, se me notaba a través
del pantalón deportivo que llevaba.
Hice inmensos esfuerzos por pensar en algo distinto, para que la erección se me
bajara, en la esperanza de que el doctor Ramírez no se diera cuenta, pero todo
fue inútil, ya que él se veía aún más interesado.
Cerré los ojos y me puse a pensar en asuntos de historia, ciencias y hasta
repetir mentalmente las tablas de multiplicar, tratando de lograr que mi
erección descendiera, sin éxito. Desee marcharme de allí, pero no me atrevía a
pararme, ya que la erección se me notaría más.
- Tremendo instrumento, ¿verdad? -comentó el doctor Ramírez.
Sentí que los colores se me subían a la cara y me volví a mirarlo desconcertado.
Sin embargo, él me señaló la pantalla, con un ademán. Dirigí mi vista hacia la
televisión y pude ver a un hombre con un pene como de unos 25 centímetros, que
se preparaba a arremeter contra el ano de otro.
- ¿No te gustan estas películas? -preguntó.
- Bueno... yo...
- Me imagino que vos también tendrás un pene grande -dijo descaradamente. Hizo
una pausa y continuó-: Quisiera comprobar, si realmente lo que me imagino
corresponde a la realidad.
Me sorprendí al escuchar estas palabras, porque no sabía si realmente
significaría lo que yo creía.
El doctor se acercó a mí y yo me puse de pie. Haciendo avanzar su mano, puso la
palma directamente sobre mi pene y comenzó a darle masaje. Quise apartarme, pero
algo me detuvo. El masaje fue haciendo que mi verga respondiera y en pocos
momentos estuvo en total erección.
- Es más grande de lo que me imaginaba -exclamó complacido al observar mis 23
cms.
Yo estaba paralizado, sin saber que hacer o decir. De pronto, el acercó su boca
a la mía y me besó, suavemente primero y luego con pasión. Comenzó a acariciarme
el cuerpo con sus manos y yo lo dejé hacer. Casi sin saber lo que hacía, dirigí
mi mano hasta su pubis y toqué la erección que ya se adivinaba por debajo de sus
pantalones.
No puedo decir que fuera inexperto, ya que como recordarán, había tenido cierta
experiencia con el dentista, así que poco a poco desenlacé el nudo de la correa
que sujetaba mis pantalones deportivos, y los dejé caer al suelo.
El profesor cayó de rodillas y con un rápido movimiento me bajó el bóxer,
llevándolo hasta mis tobillos. Tomando mi pene comenzó a besarlo, chuparlo y
mamarlo, transportándome rápidamente a la cumbre del placer. Sin poder
contenerme, en pocos momentos, solté mi chorro de semen entre su boca. El tragó
todo y luego me limpió son su lengua, hasta dejar mi glande limpio y reluciente.
- Ahora es mi turno -dijo poniéndose en pie.
Lo miré como hipnotizado y poco a poco me fui poniendo de rodillas, sobre la
alfombra y quedé con la cara frente a la parte baja de su vientre. Sin necesidad
de que él me dijera nada, le desabroché el cinturón y le bajé los pantalones
junto con los calzoncillos, quedando mi cara directamente frente a aquella
corcoveante verga, que cabeceaba de deseo.
Tomé en mi mano derecha sus 20 cms y acercándome, tomé su pene en mi boca y
comencé a mamar. Chupé y lamí aquel miembro, sintiendo una situación agradable.
Chupé todo el largo del instrumento así como bajé a lamerle los huevos, los que
cubrí de besos. Regresé al miembro y, poco a poco, me fui metiendo el pene en la
boca, llevando el glande hasta mi garganta, buscando tragarlo cuan largo era,
sin que me provocara arcadas.
El doctor Ramírez comenzó un movimiento de vaivén, para adentro y para afuera,
buscando llegar al colmo de su excitación. Yo continué con la mamada, al tiempo
que empecé a masturbarme, mientras seguía dando tratamiento oral al pene del
inquilino de mi abuela.
Sin previo aviso, él se corrió en mi boca, la que inundó con su chorro de semen.
El sabor de aquella esperma me pareció agradable, y fue un verdadero placer
tragar aquel líquido que consideré exquisito. El doctor Ramírez esperó a que yo
lo limpiara con mi lengua y tras unos minutos de reposo, me llevó con él,
desnudos los dos, a la cocina donde él preparó unos sandwiches y destapó unos
refrescos.
Comimos y bebimos y luego, tomándome de la mano, me llevó hasta la alcoba. Nos
tendimos en el lecho y platicamos sobre asuntos eróticos, durante un rato.
Viendo él que mi erección se iba recuperando, comenzó a acariciarme. Después
iniciamos un "69", que excitó y enardeció nuestros cuerpos. Me sentía
transportado al séptimo cielo por aquella mamada, cuando él de pronto
interrumpió su labor y se incorporó en la cama y mirándome fijamente, me dijo
con voz cargada de deseo:
- Quiero hacértelo. Quiero entrar en ti.
Vi su pene inflamado de deseo y un aire de súplica en su mirada, por lo que no
me pude negar. Me coloqué en cuatro patas y tomando un pote de vaselina que
había sobre la mesita de noche, comenzó a untármela en el ano. Aquella caricia
me excitó más de lo que ya estaba. Sentir el toque experto de sus dedos fue una
sensación increíble.
Cuando me tuvo bien lubricado, insinuó la penetración de un dedo. La sensación
de aquel dedo entrando en mi recto, fue para mi una mezcla de molestia,
excitación y placer. A cada momento me sentía más caliente y él lo comprendió.
Me fue dando masaje para lograr la distensión del esfínter y el relajamiento del
recto. Cuando lo creyó conveniente, enarboló su erecto pene y, sujetándolo con
una mano, apuntó hacia la abertura en mi trasero y comenzó a empujar.
- ¡Aaaahh! -exclamé al sentir el embate de la tranca en mi recto.
- ¿Te duele? -preguntó, deteniendo la penetración.
- ¡No te detengas! -exclamé-. ¡Seguí!
Empujó nuevamente y sentí mi trasero completamente colmado por su pene, a la par
de cierto dolor. Él siguió empujando y mi esfínter cedió. El pene se abrió paso
por completo en mis entrañas y me invadió una fuerte sensación de plenitud. Ante
sus movimientos, el glande de su pene le daba masaje a mi próstata haciendo que,
poco a poco, la molestia diera paso al placer.
Despacio primero, fue acelerando el ritmo de su "mete-saca", haciendo que mi
propia verga estuviera cada vez más excitada, sin necesidad de tocarla. Me dejé
caer de bruces sobre la cama y él se colocó encima de mí, continuando con el
movimiento. Al tiempo que me sentía más y más excitado, me restregaba el pene
contra la cama, sintiendo la excitación crecer en mí y acercándome al punto de
mi clímax.
Mi verga encabritada era ya incontenible y una erupción de semen salió con
fuerza, depositando gruesos goterones de esperma sobre la colcha, al tiempo que
un gemido sordo salió de mi garganta.
El doctor Ramírez aceleró sus embates y llegó a su propio orgasmo. Un caliente
chorro de semen inundó mis intestinos, mientras él prorrumpía en genuinos gritos
de placer. Derrumbados sobre la cama permanecimos largo rato, ya que la presión
de mi esfínter hacía más lenta la reducción de su miembro y la posibilidad de
separarnos.
Al desconectarnos, fuimos al baño. Nos dimos una ducha caliente, estrenando los
fusibles que yo había llevado y finalmente nos vestimos. Nos despedimos con un
beso y cuando salí a la calle, me llevé la sorpresa de que ya estaba
oscureciendo. Al despedirse de mí, el doctor Ramírez, me dijo:
- Decile a tu abuela que le agradezco mucho por el agua caliente y... ¡por todo!
Autor: AMADEO