| Webcams Online: Chicos | ||||||||||||||||||||||
|
||||||||||||||||||||||
Sexo Anal Gay. Fotos de sexo gay totalmente gratis. El mejor sexo gay lo podrás encontrar aquí. Miles de fotos y videos gay gratis
VOLVER A LA PAGINA PRINCIPAL DE FOTOS GRATIS GAY
| FOTOS GAY | VIDEOS GAY | SEXO GAY | SEXO GAY | FOTOS GAY |
PATRIA I Tenía en frente al sargento con su imponente verga apuntándole como amenazadora, y al pie Castro, también con ganas de su parte
Esta historia no me sucedió a mí, sino a uno de los vecinos de la unidad donde
vivo.
Harold siempre fue un completo burro. Apenas si podía pasar los años en el
colegio. Tanto así, que con 18 años apenas estaba en once grado. Y no era que
fingía, era que realmente había llegado tarde a la repartición de cerebros. En
estas y las otras, como cosa rara se durmió con los papeles del ejercito, y al
final, le tocó pagar servicio militar. Sentí un poco de envidia, pues se decía
que en el ejército, con tanta abstinencia, uno terminaba comiendo más vergas que
golosinas.
-¡Herrera! Que maricada pues con usted, lo puse de auxiliar administrativo que
para que no se muriera, y ni para eso sirve-El pobre Harold no daba bola y el
sargento Bonilla, el más temido de los del área administrativa, lo tenía bien
pillado.
Al otro día en las duchas, Harold notó como uno de sus compañeros, Castro, no
dejaba de repararlo. Y es que Harold no tenía una cara bonita, pero su cuerpo
ciertamente era un manjar de reyes. Por otro lado, a veces su torpeza y su
desaliñe lo hacían extremadamente sexy. Harold sintió ganas de patearlo, pero
Castro era el perrito faldero del sargento Bonilla, lo que lo hacía
prácticamente inexpugnable. Sin embargo, la situación se fue repitiendo día tras
día, cosa que desagradaba profundamente a Harold, hasta que llegó el día en el
que no estaba de ánimo para nada, y lo frenó:
-Hey Castro, yo no tengo ningún problema en que vos seas como quieras, pero no
te metas conmigo que yo no soy cacorro- le dijo delante de buena parte del
pelotón. Sobra decir que Castro sintió su orgullo hervir hasta el punto de
ebullición.
Aquella tarde, Harold se había desempeñado especialmente torpe, lento y
desinteresado. Su desliz con Castro lo tenía preocupado, pues sabía que aquel
tomaría represalias. Y así fue: -Herrera lo necesito en mi despacho a las 18 en
punto- le dijo el sargento Bonilla. Harold temió lo peor. A las 6 de la tarde
estuvo de pie frente al sargento. Este hojeaba su currículo, y de reojo le
echaba algunas miradas. Harold sudaba.
-Herrera, usted es un huevón, de eso no hay duda. Es inepto hasta el extremo.
Pero quiero darle la última oportunidad. Plantílleme los colegios y coloque
cuanto debe pagar cada hombre por su libreta. Hágalo en formato de hoja de
cálculo, con fórmulas, para que el archivo quede ahí y no tengamos que hacer uno
cada vez. Si me tiene eso listo para pasado mañana a las 8 horas... miramos a
ver que pasa con usted. De todas maneras, eso tiene que estar listo para pasado
mañana a las 8 horas, no me importa como. Retírese-.
Harold estaba abrumado. Apenas si sabía manejar Excel. Entonces, recordó quien
era el teso para ese programa, el mismo que manejaba nómina, pagos y cartera:
Castro.
-Será pedirle cacao a ver-.
Inmediatamente se dirigió a la oficina de cartera, y coincidencialmente Castro
estaba allí, trabajando hasta tarde, solo.
-Castro necesito hablar con usted un momento por favor-.
Castro ni levantó los ojos del teclado.
-Que quiere el señor Macho-.
Harold suspiró. No iba a ser fácil.
-Viejo, por favor, discúlpame. Mira que para mí no es fácil esa situación, nunca
me había pasado, y hoy no fue mi mejor día. Dale, todo bien- le rogó con cara de
ternero regañado.
Castro levantó una ceja.
-Que favor necesitas-.
Harold pasó a explicarle el requerimiento de su jefe. Castro se levantó y cerró
la puerta con pasador.
-Vos sos muy descarado, primero me tratas de cacorro delante de medio mundo, y
ya venís acá a pretender que con una disculpa te ayude a ganarte la vida-.
Harold no se rindió. Estaba dispuesto a limpiarle las botas con la lengua si
fuese necesario.
-Habrá algo que diga o haga para que te olvides de eso y me ayudes. Viejo estoy
jodido, si no le hago eso mi sargento me lleva el putas- le dijo con voz
realmente angustiada.
Castro torció una sonrisa picarona.
-Puede que haya algo-.
Harold lo intuyó. Pero era tal su desesperación, que decidió aceptar la oferta,
así fuera la que él estaba pensando.
-Y que será-.
Castro le hizo señas de que se parara. Harold se puso de pie, temblando. Castro
se le acercó a la boca y lo besó. No lo tocó, solo lo besó. Harold llegó a
disfrutar aquel beso.
Tan absorto estaba, que no sintió como Castro quitaba el pasador de la puerta, y
se ponía en una pose que indicaba sumisión. De súbito, entró el sargento
Bonilla. Sobra decir que allí estaba Harold, apuntalando contra la pared a
Castro, besándolo ya con perfidia, cuando el sargento lo pilló. Cerró la puerta
de golpe y lo empujó.
-¡Que putas están haciendo!- rugió.
Harold enmudeció, pero Castro no.
-Yo no quería, pero vino pidiéndome ayuda, desesperado, y me dio pesar, aunque
después de lo de esta mañana... y entonces me agarró. Me dijo que si no le
ayudaba que me iba a coger y me iba a meter el bolillo por el culo, como a mí me
gustaba, como me lo metía el sargento Bonilla-.
Harold casi se desvaneció. Estaba completamente frito. Solo miraba al suelo,
tratando de imaginarse lo que sería de él ahora. Sintió entonces como el
sargento Bonilla cerraba la puerta otra vez con pasador.
-Se da cuenta Herrera que usted es un completo fenómeno. Le di la oportunidad de
resarcirse y lo que hace es cagarse todavía más en su miserable existencia- le
dijo, pero en un tono inusualmente calmado.
Harold estaba completamente empapado en sudor. Tenía puesta solo su camiseta
interior verde, su pantalón camuflado y sus botas, pues la chaqueta camuflada se
la había quitado al dirigirse a la oficina de Castro. Se veía demasiado sexy
todo mojado.
-Que pena mi sargento, pero Castro está mintiendo. Yo vine a pedirle el favor, y
él, con justa razón, se negó. Cuando yo insistí, él me dijo que había algo que
yo debía hacer para que me ayudara, y entonces me besó...
La risa del sargento interrumpió la defensa de Harold. Luego se puso de pie y le
acarició el cabello a Castro.
-Vos sos una varsofia Castro, lo hiciste muy bien-.
Harold frunció el ceño. Era zonzo, pero comenzaba a sospechar que todo aquello
había sido una trampa. Sin embargo, continuaba en desventaja, porque ahora un
sargento está involucrado. El sargento le hizo señas a Harold para que se
acercara. Lo tomó de la cintura y sintió su olor a sudor, y se estremeció cuando
sintió el susto terrible que invadía al pobre Harold.
-Me encanta sentir a estos putitos muertos del miedo, como hacen lo que yo les
diga, sabiendo que son unos pobres malparidos y que yo los mando como me de la
gana- le susurró al oído.
Harold entendió perfectamente: iba a ser el marrano de la comelona esta noche, y
lo peor era que no podía objetar absolutamente nada. Entonces se imaginó al
sargento Bonilla enculándolo, y sintió un raro cosquilleo en su estómago, y su
pipí cobro vida, para sorpresa suya.
-Castro, hágale pues- ladró el sargento, a la vez que se sentaba cómodamente en
un sofá, como en palco de honor para ver la función de las 10. Castro se acercó
a Harold, con mirada triunfante. Harold ahora estaba en un dilema: sentía que
quería participar, pero a su vez le daba algo de vergüenza. Entonces, abandonado
a la situación, decidió tratar de disfrutar. Pero recordando las palabras del
sargento, trató de impedir el beso de Castro.
-Mi sargento, por favor... – le imploró con una cara que él sabía que iba a
excitar aún más al sargento. Pudo ver como este se agarró la tranca
inmediatamente, completamente excitado.
-¡No me jodás Herrera, no hagas que te meta este bolillo por el culo!- le gritó.
Entonces Castro lo besó. Ahora Harold le correspondió, y Castro sintió como dice
Enrique Bumburi en aquella canción: “blanca esperma resbalando por la espina
dorsal”... Harold movía su cuerpo de modo que su paquete rozaba el de Castro,
ambos duros y lubricando a mares. Harold tenía fama en el colegio, decían que
besaba como los dioses, y ahora Castro lo experimentaba. El sargento Bonilla se
pajeaba con cara de depravado, viendo a los dos jóvenes jugando al tuqui, tuqui,
lulu, frente a él.
-Castro, hágale lo que sólo usted sabe hacer- le dijo con voz cansada por la
larga paja.
Castro comenzó a desabrochar el pantalón de Harold, y lo dejó caer, para luego
agarrar con fuerza las paraditas nalgas de Harold. El sargento casi babea viendo
semejantes culo y piernas.
-Este hijo de puta esta muy bueno, lo que tiene de bobo lo tiene también de
bueno- comentó.
Castro ahora le quitó la camiseta, y admiró su bien formado pecho, y sus
tetillas totalmente erectas.
-¿No que tan macho?- le dijo en tono burlón Castro a Harold.
Ya a Harold no le importaba nada. Sin embargo continuó fingiendo que no le
gustaba.
-Eso es un músculo y responde al tacto, pero no necesariamente lo estoy
disfrutando- le contestó.
El sargento soltó la carcajada.
-Entre más bravo el toro, mejor la corrida, si o no Castro-.
-Claro mi sargento-.
Harold se sentía una puta barata de Guayaco. Se lo iban a comer completo, y no
podía hacer nada para evitarlo.
Ahora Castro le bajó los bóxer, y quedó extasiado con aquel pene grueso y
lubricado, rodeado por un suave vello negro liso, del cual colgaban dos
preciosos huevitos que, cual dos cerezas, hacían agua la boca de Castro.
-Cómetela pues- le ordenó el sargento.
Castro se la metió toda a la boca de una vez. Harold soltó un pequeño gemido al
sentir la cálida boca succionando su pinga.
-Te gustó mariconcito, yo si decía, el hombre cae a cualquier edad- le dijo
Castro. Harold solo empujaba la cabeza de este hacia su pelvis, follándole la
boca con avidez. Castro se metía aquel delicioso pene hasta su garganta, y
Harold suspiraba de placer, y sin pensarlo, comenzó a acariciar el cabello y la
cara de Castro.
Ahora el sargento no se aguantó más. Se puso de pie y se bajó los pantalones,
mientras caminaba hacia los muchachos. Quedó al lado de Harold, y le apretó las
nalgas. -Chúpamela a mí también Castro- dijo mientras se bajaba su bóxer y
liberaba aquel tremendo tolete que ansiaba una boca y un culo para follar.
Castro obedeció gustoso, pues se mantenía pegado de aquel tolete. El sargento
acariciaba el culo de Harold, y este se sentía venir. Nunca imaginó que un
congénere pudiera darle más placer que una mujer. Y cuando los dedos del
sargento comenzaron a jugar con su ojete, Harold no pudo más.
-Hijo de puta me vengooo- balbuceó, llenándole la boca de leche a Castro, leche
que Castro se tragó sin refutar ni un momento.
Ahora Harold estaba confundido: se suponía que él iba a ser el plato principal
de la cena, y hasta ahora solo lo habían hecho gozar como nunca. ¿Qué había
sucedido? -Bueno Herrerita, ahora si viene lo bueno, ahora si vamos a ver si te
ganas el puesto o si te mando para el monte a culear con guerrilleros-.
La mirada siniestra y lujuriosa del sargento, le respondió la pregunta que
segundos antes se había formulado...
Tenía en frente al sargento con su imponente verga apuntándole como amenazadora,
y al pie Castro, también con ganas de su parte.
-Arrodíllese y mame como si de eso dependiera su vida- le dijo el sargento.
Harold tragó fuerte y se arrodilló. Nunca había tenido en sus manos un pito que
no fuera el suyo, y ahora tenía no uno si no dos. -Esto va a estar muy bueno-
dijo el Sargento...
El resto de la noche será objeto de la segunda parte... para que queden en
suspenso...
Autor: Alejo valekvdl (arroba) gmail.com