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Mini relato:

Pero yo, evidentemente, no había tenido todavía bastante, así que volví mis ojos hacia Víctor, pero este tampoco estaba dispuesto a que me corriera sobre su pierna. Me quitó de encima como pudo y me obligó a tumbarme a su lado, pero en la alfombra. Luego comenzó a estirar uno de sus pies hacia mí. Pronto entendí lo que quería hacer y me apresuré a facilitarle las cosas. Me abrí de piernas lo que pude, teniendo en cuenta que seguía atado, mientras el pie de Víctor seguía avanzando hasta colocarse entre mis muslos.

Una vez allí, comenzó a tocarme la polla con la punta del pie, a removérmela, a acariciármela, hasta que me la atrapó contra la alfombra y empezó a frotármela suavemente, trasportándome al séptimo cielo.

Después de unos minutos mi excitación alcanzó el límite y mi polla empezó a inundar la alfombra. Mientras me corría, podía observar la cara de Víctor, sonriendo de forma traviesa, mientras con la planta del pie exprimía hasta la última gota de mi verga.

Luego me quedé ahí tirado en la alfombra, indiferente al mundo, con mi pene por fin exhausto, pegado a través del semen a la lana de la alfombra y al parecer volví a quedarme dormido unos minutos, hasta que noté que me tiraban del collar. Era Justo, que había vuelto con los dos perros ya limpios.

-¡Vamos todos al dormitorio!- nos indicó. Allí encontramos una cama enorme que no iba a ser para nosotros.

-Los perros a dormir al suelo- dijo Justo, y nos ató por las correas a cada uno a una pata de la cama, bien separados, de modo que no pudiéramos tocarnos entre nosotros. Se suponía que deberíamos dormir en el suelo como perros, mientras ellos empleaban la cama.

Lo que no sospechábamos era que los amos todavía conservaban un cartucho en la recámara, y que no iban a utilizar la cama para dormir, al menos de momento.

Mientras Justo terminaba de atarnos a los tres, desde el suelo contemplé una vez más el hermoso cuerpo del amo Víctor, orgulloso y esbelto, permaneciendo de pie en el centro de la habitación. Su piel bronceada por el sol no conservaba un solo vello en toda su extensión, incluyendo el cráneo, mientras todos sus músculos se marcaban armoniosamente, conformando un vientre plano y firme, unas piernas contorneadas y robustas, y sobre todo, un culito redondo y duro, que haría las delicias de cualquier boca hambrienta.

Alfredo se acercó a él por la espalda, mientras el otro lo esperaba, como aguardando sus caricias. El abrazo desde detrás resultó apasionado y caliente, como el de dos amantes que se reencuentran tras una larga ausencia. Las manos curiosas de Alfredo exploraron ávidamente todos los rincones del cuerpo de Víctor, hasta encontrar la polla medio erecta de éste. Una vez el botín en su mano, fue besándole, siempre desde detrás, comenzando por la nuca hasta llegar, descendiendo por su musculosa espalda, hasta sus carnosas nalgas.

Soltó entonces la polla, abrió bien con ambas manos las nalgas, y hundió su rostro entre ellas, aspirando profundamente el aroma embriagador de aquel viejo conocido. Seguidamente, no contento con su olor, quiso probar también su sabor; observé cómo sacaba una lengua tan larga como hábil y la introducía por el agujero sonrosado y libre de vellos.

El rostro de Víctor lo decía todo. Las incursiones de la lengua de Alfredo dentro de su ano le tenían completamente trasportado, pero su expresión de placer fue todavía más intensa cuando apareció Justo, se arrodilló frente a él, y cogiéndole la verga, se la llevó a la boca. Ahora los dos amigos se habían puesto de acuerdo para hacer que Víctor gozara, tanto por delante como por detrás al mismo tiempo. Tenía a sus dos amigos a los pies, mientras nosotros tres, los perros, observábamos desde el suelo el bello y excitante espectáculo, al que esta vez no estábamos invitados a participar más que con la mirada.

Porque estaba claro que, por una parte, los tres amigos sabían cómo disfrutar de sus cuerpos entre ellos tres, viendo cómo se acariciaban, cómo se estimulaban concienzudamente todos y cada uno de sus puntos erógenos. Alfredo le comía el culo a Víctor, sin parar ni un solo instante de penetrarlo con la lengua; hundiéndose hasta el fondo sin tregua en sus entrañas; exhalando el caliente aliento sobre su ano e hidratando la sensible mucosa del orificio con su amorosa saliva.

Al mismo tiempo, y en perfecta sintonía con sus movimientos, Justo daba buena cuenta de la polla de Víctor, alojándola en su garganta como si fuera una segunda lengua; sin dejar que sus labios perdieran en ningún momento el contacto con aquella barra de carne palpitante, ni siquiera cuando la polla salía casi por completo de la boca y emergía brillante y húmeda, con el glande rojo y tenso, como un globo de caucho a punto de reventar. Al tiempo, Víctor le acariciaba la cabeza a sus amigos, una mano adelante y otra detrás, acompasando sus manos con los movimientos de sus cabezas.

Pero si estaba claro que ellos tres sabían montárselo solos, por otra parte, también nos habíamos dado cuenta de lo mucho que les excitaba el que nosotros los estuviéramos mirando. Porque, aun inmersos en aquella orgía de placer, aún tenían tiempo para volver la vista hacia nosotros y mirarnos a los ojos, estudiando la reacción que nos producía lo que estábamos presenciando, sonriendo ante la expresión embobada de nuestras caras y la de nuevo vigorosa reacción de nuestras pollas.

Y es que estábamos asistiendo a algo verdaderamente hermoso, una demostración de cómo se puede extender el goce de los cuerpos hasta el límite, un festival de movimientos sensuales y de lubricidad explícita. Tres cuerpos en perfecta comunión, compartiendo una misma pulsión sexual, palpitando al unísono, transpirando placer por todos sus poros, dedicados en cuerpo y alma a mantener la llama del deseo sexual permanentemente encendida.

Cinco minutos, diez minutos,… el tiempo iba pasando y el cuerpo de Víctor, bañado en sudor, no daba muestras de tener suficiente y su verga continuaba incólume, horadando la boca de Justo con la misma fuerza. Por la parte de atrás, la lengua de Alfredo vivía dentro de su recto, y no sólo ella sino también la boca y hasta el mentón lograban ya ingresar por el dilatado esfínter de Víctor.

A los veinte minutos Víctor se detuvo y extrajo su verga de las fauces de Justo, logrando contener con dificultad la eyaculación. Tocaba cambio de postura. Ahora Víctor se tumbó en la cama boca arriba, mientras Alfredo, de rodillas sobre la cama y entre las piernas de Víctor, cargó las piernas de este sobre sus hombros, y le levantó el culo con intención de penetrarlo. La polla de Alfredo era enorme, larga y gruesa, pero ingresó sin dificultad en Víctor, gracias al devoto trabajo de lengua que acababa de recibir. Sin más dilación, comenzó a follarlo con movimientos largos y rítmicos.

Justo también se subió a la cama y, con una agilidad sorprendente, se colocó a cuatro patas sobre Víctor, con sus manos en la cabecera de la cama y las rodillas hincadas entre los hombros de Víctor, de tal modo que su polla recaía sobre la boca de Víctor, quien la abrió y la engulló por completo.

Enseguida Justo empezó a mover también su pelvis de arriba abajo y de delante atrás, follándose la boca de Víctor, quien con el roce de sus labios le producía el más dulce de los placeres, a juzgar por los ruidosos gemidos.

Nosotros, mientras tanto, seguíamos sus evoluciones sin poder evitar que se nos cayera la baba, muriéndonos de envidia por no estar en el lugar del amo Víctor, cuyo cuerpo se tensaba y retorcía, atravesado alternativamente por aquellas dos lanzas calurosas.

Asistíamos mudos a un concierto de violín y flauta, en el que Alfredo frotaba su firme arco contra las cuerdas tensas del orificio de Víctor, y la boca de éste se fundía con la flauta de Justo, extrayendo de ella las notas más dulces.

Yo, desde mi posición, tenía una perfecta visión de la verga de Alfredo entrando y saliendo del ano de Víctor, de cómo desaparecía enterrada hasta que los huevazos de felpa de Alfredo acariciaban las nalgas afeitadas de Víctor, y cómo volvía a emerger en toda su extensión, segura, victoriosa, con la promesa de volver adentro para entregar otra nueva dosis de placer.

Finalmente, deshicieron de nuevo la postura, y adoptaron la que resultaría definitiva en aquel maratón de sexo: Alfredo pasó a tumbarse boca arriba sobre la cama, dejando que su polla completamente tiesa quedara apuntando hacia el techo. Justo se colocó cuidadosamente en cuclillas sobre él, un pie a cada lado de las caderas de Alfredo y empezó a flexionar las rodillas, haciendo descender su propia pelvis. Ayudándose con una mano, embocó su orificio anal a la polla turgente de Alfredo.

Al mismo tiempo, Víctor se puso de pie sobre la cama, y colocándose de cara a Justo, tomó su cabeza por la nuca y le metió la polla por la boca hasta que ya no cupo más dentro.

Justo, al sentir el tacto suave de la polla en sus fauces, sintió que sus fuerzas se vencían, y relajando las piernas, permitió que la verga de Alfredo lo invadiera de golpe. El grito de placer resonó en toda la casa.

Luego permaneció unos segundos estático, recreándose en la increíble sensación de plenitud que le proporcionaban aquellos dos rabos insertos en su culo y en su garganta a la vez. Tomó aire y comenzó a levantar su pelvis hacia arriba, haciendo que la verga que lo estaba empalando volviera a emerger ante nuestros ojos, para inmediatamente volver a enterrarse en su recto.

Alfredo asió entonces a Justo por las caderas y le ayudó induciéndole un movimiento arriba y abajo para que su polla entrara y saliera por el ano de Justo una y otra vez.

Mientras tanto, Víctor seguía de pie y había tomado la cabeza de Justo y la apretaba con fuerza contra su vientre, hasta sentir la nariz de éste aplastándose contra su depilado pubis.

Cuando los tres hombres encontraron el ritmo, parecían una máquina perfectamente engrasada, en la que cada pieza funcionaba en sincronía con las demás. La energía invertida en cada movimiento se transformaba necesariamente en placer, y no había junta, gozne u orificio que no fuera atendido debidamente.

La resistencia física de Justo, de todos ellos el de más edad, me tenía asombrado. Observaba sus piernas en tensión, soportando el peso de su cuerpo o dejándolo caer para ser penetrado, o su boca enfrascada en devorar la polla de Víctor, al mismo tiempo que con sus manos rodeaba las nalgas de éste, y le introducía los dedos por el ano.

Tampoco podía quitarle los ojos a la cara de Víctor, transida de placer, ni a su forma de resoplar como una caldera a la máxima presión.

Tarde o temprano, aquellos tres hombres tendrían que reventar de placer.

Eso fue lo que ocurrió cuando a la postre Alfredo, que continuaba tumbado y follando a Justo, alargó una mano a la polla de éste y comenzó a masturbarlo. Esto último resultó demasiado para Justo y empezó a correrse sin ningún control en la mano de Alfredo, quien sintiendo en su polla las contracciones del esfínter que estaba penetrando, se derramó también de puro placer.

Desde mi sitio, observé cómo la lefa de Alfredo escurría por el ano de Justo, pero al no interrumpirse el movimiento de mete-saca, la leche se iba batiendo para transformarse en una crema más espesa, que finalmente babeó hasta la raíz de la polla de Alfredo, adhiriéndose a la cabellera rizada y oscura de su pubis y de sus huevos.

Ya sólo quedaba por correrse Víctor, que seguía volcando toda la fuerza de su cuerpo sin cesar contra la boca de Justo, hasta que por fin se detuvo, con todos sus músculos en tensión, la tiesa verga enterrada hasta las cachas en la boca de Justo, y supongo que un río de esperma fluyendo libremente por la garganta de su amigo.

Luego cayeron exhaustos los tres sobre la cama, y sólo mucho más tarde, cuando las manchas de semen se habían secado sobre sus cuerpos, permitieron que nos acercáramos y los limpiáramos con nuestras lenguas.

Tras esta larga sesión de sexo, los tres amos y sus tres obedientes perros se dejaron llevar por el cansancio y el sueño. A fin de cuentas, al día siguiente sería otro día, y el contrato seguía en pie. Mientras conciliaba el sueño, me preguntaba qué más experiencias nos tendrían preparadas aquellos tres hombres. Pero sobre todo me preguntaba cuál sería mi respuesta si pretendieran llevar aquella locura aún más lejos.