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| Mini relato: La estampa de mi amigo dedicado en cuerpo y alma a chupársela a un desconocido me tenía obnubilado, pero en el otro extremo de la mesa, Justo tampoco perdía el tiempo y ya tenía a Tony, su rottweiler favorito, con la cara hundida en la pelambrera de su pubis, buscando una salchicha que llevarse a la boca. Tras un rato de mamársela a sus respectivos amos, Tony y Mario se vieron obligados a parar, ya que los dos hombres querían intercambiarse los perros; sólo que ahora, en lugar de dedicarlos al sexo oral, les iban a dar por el culo. Así que poniéndose de pie, cada uno detrás de su perro, acercó cada uno su verga a la entrada del ano del perro, y comenzaron a empujar con fuerza, hasta ingresar la totalidad de aquellos enhiestos rabos en el interior de sus nuevas mascotas. Luego, al unísono, los tomaron con las manos por las caderas, y empezaron a follárselos, con grandes muestras de regocijo, palmeando a sus bestias en las nalgas y profiriendo entrecortados gemidos de placer. Tony y Mario aguantaban como podían las embestidas de sus amos, las cuatro patas firmemente ancladas en el suelo, el culo erguido lo más posible, el rostro vuelto hacia el pecho, escondido, con los ojos cerrados y los labios fruncidos en una expresión en la que me resultaba imposible discernir si se traslucía dolor o placer. El movimiento de Víctor y de Justo se hizo luego mucho más rápido, como si estuvieran compitiendo entre ellos por ver quién terminaba antes. A los diez minutos, casi simultáneamente, me pareció que ambos estaban llegando al orgasmo, visto el ímpetu de sus acometidas. Extrayendo sus pollas del agujero caliente que habían gozado, confirmaron mis impresiones empezando a eyacular sobre sus perros. El líquido, jugoso y abundante, regó las espaldas de ambos animales. Yo estaba que no me perdía ningún detalle. Observé cómo los amos, empleando sus manos, esparcían generosamente la lefa caliente y pringosa por todo el cuerpo de sus perros, dejándolos completamente embadurnados, sin olvidar las vergas de ambos chuchos, que se obstinaban en seguir igual de tiesas. Yo no entendía tanta dedicación en rebozar a los perros por completo, hasta que escuché la sugerencia de Víctor: -¡Ahora, perros, os podéis chupar el uno al otro! Fue oír esto y lanzarse ambos a devorarse mutuamente con la boca. Tony, que tenía mayor empuje, se hizo con las ancas traseras de Mario y empezó a darle lametazos en las piernas, en las nalgas, incluso en el ano. Pero su compañero, se revolvía también, retorciéndose, buscando con su boca el cuerpo de Tony, en una lucha que finalmente llevó a ambos al suelo. Mientras los amos reían, divertidos ante la lucha, los dos cachorros, acostados de lado en el suelo, el uno contra el otro, hacían lo que buenamente podían para obtener con la lengua algo de la leche que ya se estaba mezclando con su propio sudor. Los movimientos de ambos estaban limitados por las correas que los ataban de pies y manos, pero aún así lograron acomodarse en un 69 que les permitió limpiar, primero el semen que manaba del culo de su oponente, y luego el que aderezaba su verga. El espectáculo de ambos cuerpos enroscándose entre sí, frotándose, proporcionándose mutuo placer con la boca, había terminado de calentarme, pero, desde mi rincón, solo podía esperar y mirar, mientras mi polla saltaba como si tuviera vida propia golpeando mi abdomen. Finalmente, ambos perros se corrieron profusamente, el uno en la boca del otro, sin dejar escapar ni una gota, egoístas y hambrientos, todavía impregnados de los fluidos de sus amos, pero ahora mezclados con los suyos propios, sus babas y su sudor. A los amos sólo les faltaba aplaudir, de lo que habían disfrutado de la escena. Luego, viendo lo sucios que habían quedado, Justo se llevó a los dos cachorros al cobertizo para limpiarlos y adecentarlos un poco, mientras Alfredo y Víctor se tomaban una copa y yo me quedaba en mi rincón, esperando a que se me bajara un poco tanta calentura. Pero era una esperanza inútil, porque en la atmósfera de aquel cuarto solo se respiraba sexo. Alfredo y Víctor pasaron, completamente desnudos como estaban ahora, a sentarse a un sofá grande de cuero que se hallaba en la estancia. Allí continuaron con la copa y la conversación. Sólo de pensar en el tacto del cuero fresco bajo las nalgas prietas y desnudas de Víctor, ya no podía aguantar más tumbado sobre el suelo. Así que me levanté, con la polla en ristre y, siempre a cuatro patas, me aproximé a ellos. El enorme cuerpo velludo de Alfredo ocupaba por completo una de las plazas del sofá. Sus gruesos muslos se hundían en el mullido cojín, mientras con los dedos de los pies hacía dibujos en la alfombra, jugueteando con la lana rizada. Su tronco descansaba relajado sobre el respaldo del sofá, mostrando un verdadero bosque de pelo de tonalidad castaño-rojiza que lo cubría por completo. En algún lugar perdido de su piel, sus pezones como dos botones oscuros, tensos, captaban mi atención. Bajo ellos, ningún atisbo de músculos abdominales ni nada parecido, sino toda una señora panza, peluda, carnosa, una barriga suave y acogedora sobre la que reposar mi cabeza, o también una barriga cuyo peso pudiera sentir sobre mi verga mientras él me penetrara. Mi imaginación volaba al acercarme a aquel cuerpo que me había poseído ya dos veces y, por supuesto, mi propia polla seguía reclamando toda mi atención. Necesitaba liberar toda esa tensión sexual, me aproximé a mi amo y, como había visto hacer alguna vez a algún perro, me abracé a una de sus poderosas piernas, aplasté mi polla contra su pantorrilla, y me puse a frotarla contra ella con energía, con movimientos muy rápidos. Me estaba comportando como un perro, pero no me importaba porque lo estaba gozando a tope. Sin embargo, Alfredo no estaba dispuesto a ponerme las cosas fáciles. -¡Esta perra es una viciosa, ya está bien! ¡Deja de frotarte!¿No has tenido ya bastante por hoy?- dijo apartándome bruscamente. |