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| Mini relato: Pero, los planes de Alfredo no incluían saciar mi hambre aún, sino que poniéndose en pie de improviso, me tomó con fuerza, me dio la vuelta poniéndome a cuatro patas sobre el suelo, abrió mis nalgas con sus manos buscando mi ano y me ensartó hasta el fondo de un solo golpe, con aquella enorme polla que comenzó inmediatamente a derramarse dentro de mi ser. Yo, por mi parte, embargado por un dolor lacerante, apenas podía dejar de aullar como un perro y se me escapaban las lágrimas. En realidad, lloraba no tanto por el dolor como por el esperma de Alfredo que hubiera deseado más tener en mi boca. En mi recto noté sus eyaculaciones, una tras otra, ardientes, poderosas, mientras el cuerpo de mi amo se desfogaba una y otra vez sobre mi culo desgarrado. Luego, extrajo su verga de mi interior, y, por lo menos, me ofreció su polla para que la limpiara. Me puse a lamerla como si de cada gota dependiera mi vida, desquiciado, fuera de mí. Mi lengua profanó incluso el orificio de la punta de su capullo, en busca de los últimos restos de aquella corrida, sin lograr obtener, no obstante, la ansiada satisfacción. Alfredo, como leyéndome el pensamiento, se apiadó de mí y procedió a alimentarme, pero esta vez de una forma que no hubiera esperado: introdujo tres dedos en mi recto, y extrayendo una cantidad del semen que en él había dejado, lo llevó a mi boca para alimentarme. Repitiendo este gesto cinco o seis veces, pude por fin aplacar mi apetito, paladeando aquella crema de sabores entremezclados. Ya saciado, levanté por fin mi cabeza sonriendo y miré a mi alrededor. Encontré a mi querido amigo Mario mirándome con cara de asombro tras haberlo contemplado todo. Seguía a cuatro patas, apoyando su cuerpo contra las piernas de su amo Víctor, quien le acariciaba mansamente el lomo. En aquel momento sentí la mayor sensación de vergüenza que había tenido en toda mi vida, viéndome totalmente sometido, desnudo, a cuatro patas, a los pies de aquel hombre mayor, mendigando su esperma y permitiendo que me lo diera a probar de mi propio culo, mientras mi mejor amigo me observaba sin perder detalle, sin acabar de creer que era yo, y no otro, aquel perro vicioso que tenía enfrente. En aquel momento pensé que cualquier respeto que pudiera tenerme Mario habría desaparecido para siempre. Había visto cómo me dejaba humillar por el puto dinero y, lo que era peor, lo estaba disfrutando. Y para atestiguarlo, mi polla, dura como un tronco, pregonándolo a los cuatro vientos, mientras mi ano, abierto como una flor, no podía impedir que los restos de la corrida de Alfredo gotearan hasta el suelo. -¿Ya estás otra vez empalmado, perrito?-dijo Alfredo, tomándome la polla con dos dedos y agitándola delante de sus amigos. –Creo que es el momento de ponerte otra vez esto- y sacó de su bolsillo el anillo de cuero que me habían quitado antes, y con el que nuevamente capturó mis huevos y mi polla por la base. Luego me envió al rincón, advirtiéndome de nuevo que ni se me ocurriera aliviar de ningún modo la erección que llevaba entre las patas de atrás. Me tumbé como pude e intenté relajarme. Los amos continuaron charlando un rato y pronto el tema se desvió a temas sexuales. Víctor y Alfredo no paraban de agradecer a Justo las molestias que se había tomado en contratarnos, limpiarnos y dejarnos listos y dispuestos para ser utilizados. En especial, Víctor se mostraba encantado con mi amado Mario y no paraba de jugar con él, tocarle, manosearle… Le metía los dedos en la boca para que se los chupara y le excitaba pellizcándole los pezones. Poco a poco ambos se mostraban cada vez más y más excitados, tanto perro como amo. Mientras seguía sentado charlando, Víctor se bajó el pantalón y tomó de la cabeza a Mario para que le hiciera una mamada. Este emprendió el trabajo con alegría, primero lamiendo solo el capullo con la punta de la lengua, como jugando, después lamiendo rápidamente el pubis afeitado de Víctor, para finalmente introducirse en las fauces hasta el último centímetro de la ardiente estaca. Víctor realizaba gestos de aprobación con una sonrisa en la boca, animándole: -¡Qué bien la chupas, perro, sigue así!- |