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DANI, EL ALBAÑIL Dani comenzó a contraer su esfínter, preludio de una espectacular corrida que alcanzó hasta la pared, esa presión pudo conmigo, por lo que eyaculé tal cantidad de leche que me sorprendió
Hace unos meses busqué un contratista para realizar unas obras en mi casa. Vivo
en un chalet y dado que mi pasión son los coches, decidí ampliar el garaje. El
primer día que llegaron los albañiles estuve revisándolos una a uno. Todos ellos
eran en general para aburrirse, por lo que pronto tuve que olvidar la fantasía
de ver a diario a algún chicharrón buenorro trabajando en mi casa.
La siguiente jornada, la cosa cambió. Apareció un nuevo peón. Un muchachito de
no más de 18 años, con estrecha espalda y cinturita apretada. A través de su
pantalón de chándal se podía adivinar un culito pequeño y redondito, que daba
ganas de estrujar. Llevaba un peinado curioso, rapado por los lados y con una
especie de cresta. Parecía un indio cherokee. Su pelo no era muy rubio, a pesar
de que tenía los ojos azules. Su cara de adolescente imberbe, mostraba el color
y los rasgos de aquellos que trabajan diariamente en la calle, soportando el
frío y el calor intensos. También las manos, aunque pequeñas en consonancia con
el resto del cuerpo, aparecían rudas y fuertes. No obstante, no pude ver mucho
más, dada las bajas temperaturas de aquellos días. Yo lo miraba disimuladamente,
ya que aproveché mis vacaciones en el trabajo para vigilar la obra.
El tercer día de trabajos, observé que llegaba en un viejo aunque bien
conservado ciclomotor. Yo, que conocía su mecánica al dedillo pues tenía una
igual hace años, crucé algún comentario acerca de su buen estado. Dani, que así
se llama, se alegró visiblemente de poder intercambiar opiniones sobre viejas
máquinas, ya que le interesaba mucho el tema. Esas conversaciones me permitían
pasar largos ratos charlando con el mientras trabajaba. Nadie se quejaba de que
perdiese un poco el tiempo, primero porque yo procuraba no importunar en exceso
y segundo porque, como más tarde me enteré, el contratista era su “suegro”.
Como es habitual en el sur de la península, el tiempo frío duró poco, dando paso
a un calor importante cuando se estaba a pleno sol. Esto propició que Dani no
tardase en desprenderse de parte de su ropa al trabajar, dejando desnuda la
parte superior de su cuerpo. Tal y como supuse, era de piel más bien blanca,
aunque se notaba sobre todo en los costados, por debajo de las axilas, ya que el
resto lucía el típico “moreno de albañil”. Su abdomen era plano, no
especialmente marcado, al contrario que su pecho, que era coronado por unos
pezoncitos pequeños e infantiles. Yo me deleitaba con su observación y con la
charla, que continuábamos a diario animosamente. A veces me pedía fuego,
sujetando mi mano entre las suyas para que no se apagase el mechero, cosa que me
calentaba sobremanera. Finalmente acabó la obra con un resultado ciertamente
satisfactorio. Para celebrarlo, invité a toda la cuadrilla a un refrigerio,
aprovechando Dani esos momentos de distensión para buscarme y seguir tratando
nuestro tema favorito.
Durante algún tiempo, seguí viéndolo por ahí. Él me saludaba alegremente al
igual que yo. Me gustaba muchísimo, no solo físicamente, ya que estaba para
mojar pan, sino que me agradaba mucho su compañía, porque a pesar de su trato
tosco e incluso desagradable con los compañeros, cuando hablábamos de nuestras
cosas era como cualquier chiquillo curioso, mostrándose simpático y sonriente.
Ya llegado el verano, tuve una pequeña avería en el baño. El bidet, a pesar de
que nadie lo usaba, empezó a perder agua. Además había provocado que una de las
baldosas junto a el se despegase. Confieso que lo mío es solo la mecánica,
porque soy un total negado para la albañilería. Como quedé muy satisfecho por el
trabajo anterior, volví a llamar al mismo contratista. El se alegró mucho por mi
confianza y me confirmó que mandaría a alguien el domingo, ya que tenía bastante
trabajo entre semana.
Llegó el día, y cual fue mi sorpresa al abrir la puerta y encontrarme con Dani.
Me estrechó efusivamente la mano, diciendo que le alegraba mucho verme. Pasó al
garaje para que le mostrase mi última adquisición: un fabuloso Ford Capri V6 del
83, que le encantó. Seguidamente entramos al baño para evaluar la avería. Me
dijo que tenía fácil arreglo y fue a buscar los materiales necesarios al almacén
de su suegro. Cuando volvió, charlamos animadamente sobre el coche. El
permanecía arrodillado en el suelo mientras trabajaba y yo fingía gran interés
por su progreso, pero en realidad me deleitaba con la visión de su tierno culito
totalmente en pompa.
En un descuido, un pequeño tubo en mal estado se partió, despidiendo un
incontrolable chorro de agua. Yo corrí a cerrar la llave de paso, pero cuando
volví al baño, descubrí que era demasiado tarde, ya que Dani estaba totalmente
empapado. Él estaba muy preocupado, pero yo no pude contenerme y solté una
sonora carcajada al verlo así. Cuando comprobó que no me había enfadado por el
incidente, también se echó a reír, pidiéndome una fregona para recoger el agua.
Una vez secó el suelo, le indiqué que pasase al patio trasero y se pusiera al
sol, pero me dijo que quería terminar pronto y que mejor se quitaba la ropa
mojada.
Ante mí y sin pudor alguno se sacó toda la ropa, colgándola en una percha y
quedando solo con unos minúsculos calzoncillos blancos que, al estar igualmente
mojados, permanecían irremediablemente pegados al cuerpo transparentando todo,
exceptuando por delante, a causa de esa especie de forro interior que llevan en
esa parte. De esa guisa, volvió a arrodillarse en el suelo, a lo que yo miraba
extasiado. Su culo quedaba perfectamente dibujado a través de la escasa tela
mojada que lo cubría. Cuando hacía algún esfuerzo para apretar o aflojar una
tuerca, lo tensaba por lo que se le metía el calzoncillo por la raja, dejándome
ver esos excitantes hoyuelos que se forman en los glúteos bien formados. El por
su parte, seguía la conversación como si nada.
De pronto, oímos un ruido que nos hizo girar al unísono. La percha donde había
colgado su ropa se había caído, arrancando incluso los tacos de la pared por el
peso de la ropa empapada. Nuevamente, nos echamos a reír, bromeando con que si
permanecía mucho tiempo arreglando cosas, me desarmaría toda la casa. Me dijo
que no me preocupase, que tan pronto terminase con lo que hacía, colocaría
también la percha. Continuó su trabajo unos minutos más entre bromas y
ocurrencias de ambos, hasta que me dijo que debía esperar un rato a que la
masilla para sellar secase un poco para poder terminar. Le ofrecí tomar una
cerveza mientras tanto, a lo que accedió gustosamente.
Mientras yo preparaba la bebida, el paseaba por la casa con tan solo los
calzoncillos como ropa. Yo estaba súper excitado y tenía que controlarme para no
abalanzarme como una perra en celo sobre él. Nos sentamos en el patio uno frente
al otro. Él se dejaba caer despreocupadamente en la silla con las piernas
abiertas. El espectáculo era para morirse. Sus firmes muslos. Los trabajados
brazos y un paquete nada despreciable entre sus piernas. Al cabo de un rato dijo
que debía continuar, pero que colocaría la percha primero. Supongo que no debía
estar muy acostumbrado a beber, porque estaba aún más desinhibido que antes,
toqueteándose el bulto de sus calzoncillos sin pudor alguno. Caminé tras el
hasta el baño sin poder apartar la vista de ese culo que hacía permanecer mi
polla en constante erección.
Colocó los nuevos tacos en la pared y cuando iba a atornillar la percha me pidió
que la sostuviera mientras él la apretaba. Me coloqué tras él, sujetando la
percha por encima de su cabeza. Al hacer esto, mi paquete quedó totalmente
apoyado en su culo. Él no dijo nada. Solo continuó. Colocó un primer tornillo,
pero al proceder con el segundo, se le cayó al suelo. Automáticamente se agachó
a recogerlo flexionando la cintura, por lo que empujó con fuerza mi polla contra
su culo. Yo juraría que incluso se demoró demasiado en recoger el oportuno
tornillo. Volvió a su posición original y cuando hacía fuerza para apretar,
empujaba lentamente hacia atrás, haciendo que mi erecta polla, atrapada
dolorosamente hacia abajo a causa de mi ropa interior, se posase a todo lo largo
de su raja. Yo creí que me correría, pero en ese momento acabó, dio la vuelta
sobre si mismo y con su rostro prácticamente pegado al mío me dijo: “Ya está.
¿Seguimos con lo otro?” mientras esto sucedía, su polla, que formaba una
auténtica tienda de campaña en los calzoncillos, rozaba levemente la mía. Me
aparté turbado y empecé a atar cabos. Era demasiado descaro. No podía ser
casualidad. Me estaba pidiendo guerra y se la iba a dar.
Y tanto que la pedía. Se giró mirándome sensualmente y comenzó a trastear bajo
los grifos del bidet, pero ahora no se puso de rodillas, sino que solo dobló la
cintura, quedando su culo directamente hacia mí, dispuesto a recibir una
estocada. Me dijo: “Ven mira. Aquí estaba el problema”. Me coloqué detrás de él,
apoyando ya sin reparo alguno mi miembro en su culo y echándome sobre su espalda
para mirar lo que me señalaba con la cara pegada a su oreja. Apoyé mis manos en
su cintura y él seguía como si nada. Estaba tan claro, que las deslicé hasta sus
calzoncillos, tirándolos hacia abajo mientras disfrutaba de la suavidad de la
piel en sus caderas.
Me costó un poco, ya que al elástico superior no le fue fácil sortear su
durísima polla. El continuaba trasteando los tubos y me explicaba el proceso que
seguía con una voz cada vez más tenue, entrecortada por leves jadeos. Llevé mi
mano hasta mi short y lo dejé caer. Mi polla saltó como un resorte, quedando
atrapada en la parte baja de su culo. Con la mano derecha la tomé y enfilé
directo a su agujero. El dejó de trastear para asirse fuertemente con ambas
manos al bidet.
Comencé a empujar despacito, consciente a pesar de mi calentura de que no estaba
lubricado. Con mi mano movía mi polla en la entrada de su ano a fin de que mis
jugos facilitaran la maniobra. Llevé mi mano a la altura de mi boca y escupí en
ella. Volví a mi polla y la ensalivé un poco. Ahora si que no había vuelta
atrás. Despacio, pero sin pausa, empecé a empujar con la cintura. De la boca de
Dani solo salía un “ahhh” suave y continuo. Conseguí introducir la cabeza y
paré. Mi respiración era rápida y ambos transpirábamos abundantemente. Continué
empujando nuevamente despacio, pero sin parar. Dani seguía emitiendo el mismo
sonido, aumentando el volumen conforme mi polla se iba abriendo paso por entre
sus entrañas.
Cuando casi había llegado al fondo, empecé a meter y sacar, al principio
suavemente, pero aumentando la velocidad paulatinamente, hasta que el ritmo de
mis embestidas se convirtió en feroz, haciendo que incluso Dani se pegase algún
coscorrón contra la pared. Su dilatación aumentaba por momentos, y ya no me
costaba casi moverme dentro de él. Sacaba mi polla del todo, para después, de un
solo tirón, metérsela hasta los huevos. De pronto Dani comenzó a contraer su
esfínter, preludio de una espectacular corrida que alcanzó hasta la pared. Esa
presión pudo conmigo, por lo que eyaculé tal cantidad de leche que me
sorprendió.
Aun con mi polla dentro, comenzó a incorporarse. Echó su cabeza hacia atrás
apoyándola en mi hombro. Buscamos nuestras bocas y nos besamos lascivamente.
Mientras tanto, yo acariciaba su cuerpo, el torso que tantas fantasías me había
inspirado, su empequeñecido pene, sus huevos, sus muslos... Sin sacar el huésped
que tenía alojado en su culo, volvió a inclinarse, pero esta vez colocó su pie
derecho en el bidet, en una clara invitación a continuar la fiesta. Y mi polla
volvía a tener ganas de fiesta. Volví a moverme despacio, acelerando el ritmo
mientras él dibujaba círculos con sus caderas. A los pocos segundos, ya estaba
embistiéndole como un animal mientras él se masturbaba. Aparté sus manos de su
polla y la hice mía, meneándola a veces, sobándola otras, hasta que nuevamente
se corrió, esta vez en mi mano.
Aceleré el ritmo y volví a correrme en su interior. Estaba exhausto. Salí de él
y me senté en la tapadera del inodoro. El se incorporó y vino a sentarse a
horcajadas sobre mí, quedando cara a cara. Me besó tiernamente y con expresión
de total felicidad y voz suave y sensual me dijo: -¿No decías que no sabías nada
de albañilería? -Y no sé.
-Mentiroso. Se te da mejor que bien abrir y taponar agujeros.
Reímos la ocurrencia y permanecimos un rato más así. Luego nos duchamos y
terminó el trabajo que había venido a hacer. Aunque realmente dudo de cual era
el trabajo que venía a hacer.
El sigue con su novia y trabajando para su suegro. A pesar de lo mucho que
disfruté, nunca he ido a buscarle para satisfacer mis calenturas. No ha hecho
falta. De vez en cuando aparece por casa para usar mi “herramienta”.
Autor: Vcuezval