|
DUOS XXXII |
LA CASA DEL ÁRBOL II Me provocó placer por sentir mi carne abriéndose y siendo desgarrada por un duro trozo de carne hermosa y perfecta, entrar hasta su base y estimular el esponjoso tejido interior de mi cueva
No se y aún no comprendo qué fue lo que me hizo comportarme así, después de todo
lo había disfrutado tanto. Cuando el orgasmo cedió su lugar a la coherencia y a
la razón, me sentí sucio, hastiado, avergonzado y hasta cierto punto, violado.
En ese momento tomé mi ropa; solo alcancé a ponerme la ropa interior y el
pantalón, de un salto bajé de la casita y emprendí una rápida huida, sin
explicaciones, sin excusas, sin gestos, pero si con lágrimas en el rabillo de
mis ojos, prestas a aventarse al vació en un acto de suicidio, como si
experimentasen la misma pena que a mi corazón acongojaba.
Francisco me persiguió unos metros mientras me alejaba corriendo del árbol con
forma de penes entrelazados, la cabeza me daba vueltas y las gotas de dolor no
dejaban de derramarse por mi rostro y de suicidarse al llegar a la punta de mi
barbilla. Al entrar a la casa, Eugenia que se encontraba preparando el desayuno
(ya desde las 5:00 a.m.) me preguntó que si algo malo me había pasado, y yo solo
atiné a decirle que había estado nadando en el lago y que me había cortado el
pie con una roca filosa - pero si en el lago no hay grandes rocas, además las
que hay se encuentran muy profundo y no son muy filosas- me reclamó Eugenia -ya
lo se- le refuté con rabia -pero me corté cuando ya estaba afuera del agua
poniéndome el pantalón- le contesté casi gritando, y con las suicidas corriendo
por mis mejillas, -pues más te vale que ya no te andes yendo a nadar tan de
madrugada, mijito, puede que te salga un loco de esos que porqué no tienen nada
buscan aprovecharse de los niños bien- -ya no moleste mamá "Genia", por favor!-
-está bien mijito, vete a lavar, ok?- -si, está bien- le contesté y di por
terminado aquel cuestionamiento digno de un detective del FBI.
Me dirigí corriendo hasta el otra ala de la casa donde se encuentra mi
habitación, y traspasé el muro de mi cuarto; al entrar por la enorme puerta me
sentí extraño, sentí que mi mundo había cambiado por completo, mi moral se
tambaleaba desde sus putos cimientos, y la culpa me embargaba todo mi ser: si
tocaba algo, sentía que no era digno de hacerlo; si veía mi imagen en el espejo
de mi tocador, las lágrimas se soltaban como un torrente de fuego que quemaba mi
rostro avergonzado, en fin…nada de lo que hacía me satisfacía y todo me irritaba
en demasía, como a una amargada mujer en menopausia.
Me quedé toda la tarde encerrado y postrado a la cama en mi habitación de
blanquísimas paredes, adornadas y sobrecargadas de fotos tomadas por Francisco y
yo, de nuestros días de juegos, pensando qué me había pasado, por qué había sido
tan infeliz después de haber rosado las estrellas con mi mano y alcanzado la
máxima felicidad en un clímax que parecía inacabable. Por fin, un ruido turbó mi
infantil introspección: era el sonido de mi Francisco llamando a mi puerta, y le
dejé pasar
-¿Estás bien?, ¿Cómo estás?- me preguntó -bien- le contesté aunque por dentro me
sentía desfallecer -¿Qué te pasó?- -no lo sé- le contesté -¿sabes que te amo?,
¿verdad?- me preguntó muy tiernamente, con una voz suave como un suspiro y no
supe qué contestar -te amo- me respondió Francisco a mi silencio, y solo pude
atinar a sonreírle lo más galanamente que pude (apenado, de por si) y le di un
beso en la comisura de sus labios, otorgando con esa respuesta por toda
afirmación positiva que pudiese haber pronunciado en ese momento y él casi como
esperando aquella contestación me respondió con el beso más puro, tierno, húmedo
y dulce que haya recibido en mi vida, borrando de momento todas las culpas y
remordimientos que me atosigaban.
Acto seguido, me rodeó con sus hermosos brazos de culturista físico y me recostó
de nuevo en la enorme cama sobrecargada de suaves franelas y acolchados cojines
y almohadas de los colores más variados sin dejar de besarme; sus gruesos labios
humedecían y mordisqueaban los míos y su lengua exploradora se metía en los
rincones más oscuros de mi boca, jugando con las perlas blancas que adornan mi
cueva, mojándolas como la suave brisa del crepúsculo del desierto y acariciando
a la bestia de cuerpo húmedo que descansa en mi cueva. Su lengua tenia aun el
sabor agridulce que supongo provenía de mi primera eyaculación del día (así que
de seguro no comió nada por la preocupación de haberme hecho daño), aquella que
me había hecho sentir tan bien y tan mal, pero que ahora solo incrementaba la
intensidad de mi gozo, lujuria y excitación.
Sentí mi cuerpo invadido por una alma ajena a la mía, experimenté la conmoción
de todos mis órganos al ser recorridos todos los rincones de mi ser por éste
ente ajeno, de inmediato supe que era el alma de mi Francisco, el cual todo
agitado bufaba como un toro furioso, solo que su furia era no de odio sino de
amor, mientras, nuestras almas se mezclaban y entrelazaban quizá para siempre
como en un matrimonio y hasta que la muerte nos llegase a separar.
Así, él prosiguió a lamerme el cuello deliciosamente, a tomar con su mano de
fuertes nudillos el paquete de mi entrepierna que gozoso recibía aquellas
caricias como si las hubiera estado esperando desde antaño. Con su otra mano me
acariciaba una nalga; la apretujaba, la estrujaba y luego sobaba y tentaleaba, y
de nuevo, otra vez, la estrujaba y pellizcaba, la apretujaba y estrujaba, para
luego sobarla y cosquillearla; todo con un ritmo incluso envidiable por el mejor
salsero del mundo.
Luego comenzó a realizar el mismo jueguito con mis testículos y pene, con la
mano mágicamente ya introducida por debajo de mi ropa, que solo constaba de unos
bykers de esos de shortsito que realzan como un push-up los huevos y el cabezón
rosado, y un pijama de seda azul rey que combinaba con edredón de mi cama. Yo,
mientras él me realizaba todo aquello me dejaba hacer lo que fuera, estaba como
poseído, lo miraba a los ojos intensamente avellanados que a la vez me miraban
fijamente y me sentía más tranquilo que nunca… si, sus ojos me transmitían una
paz muy tranquilizadora que llegaba incluso a hipnotizarme.
Seguidamente, recobré por segundos mi rabia, pero en vez de alejarme de él le
giré para colocarme sobre él y empezar a tallar todos nuestros cuerpos a la par,
mientras nuestros penes jugaban a restregarse entre si, goteando ya algo de
liquido preseminal que enseguida quedaba embarrado en nuestros abdómenes.
Entonces le agarré por aquella manguera goteante tan deliciosamente esculpida
por el dios Eros, que ya estaba hinchada al máximo y formaba una curva demasiado
apetecible, tal como una banana, y le empecé a menear su delgada y suavecita
cáscara frenéticamente de arriba abajo, cosa que le provocaba gran placer pues
podía sentir unas cuantas contracciones y mi mano escurriendo con unas gotas
cada vez más espesas y blancuzcas. Me la metí en la boca… era la primera vez que
hacia algo así con un hombre y sentí miedo y excitación al percibir algo nuevo y
totalmente distinto a lo que mi lengua hubiera saboreado anteriormente.
Los temores desaparecieron inmediatamente y mis labios se abrazaron de aquel
troncón con tal fuerza como una sanguijuela se adhiere a su presa. Mi cabeza la
hice menear de arriba abajo recorriendo todas la venosidades que se extendían
por su miembro tan hermoso, hasta que el glande topaba con la campanilla de mi
garganta como todo un cura hidalgo en vísperas de la independencia mexicana
tocara frenéticamente la campana de Dolores.
Me tragaba todo el presemen que expulsaba esa monda tan exquisita y he de decir
que era abundante, muuuuy abundante, hasta que me canse de mamar y quise cambiar
de posición. Después de unos cuantos lengüetazos a sus bolas, fui adquiriendo mi
nueva posición: -¿quieres hacerme tuyo papi?- le pregunté a Francisco -no podría
desear nada más que verter mi amor en ti bebé- me contestó con una tierna mirada
esperanzadora y empezó a besarme de nuevo avorazadamente, dulcemente,
tiernamente, calientemente… -muévete un poquito Chiquito, para poder gozar de tu
cuerpo como nadie lo ha hecho jamás y hacerte llegar hasta la estrella m{as
lejana- -pero, me da miedo que me vayas a lastimar- le confesé
-Yo jamás podría hacerte daño mi bebé precioso- -¿en serio soy tu bebé?- -si,
eso y mucho más: eres mi vida, eres mi mundo, eres mi amor y mi alma también,
contigo aprendí a vivir, a jugar, a gozar, a ser feliz y ahora quiero yo hacerte
feliz a ti, ¿me dejas hacerlo?- -claro, hazme volar como solo tu podrías
hacerlo, vuélveme tuyo desde ahora y para siempre y prométeme que nuestro amor
jamás acabara y nuestro placer será infinito, promételo, ¿si?- -mi corazón, mi
alma y mi cuerpo jamás tendrán mejor dueño que tu, mi bebé hermoso.
Nuestros corazones y nuestras almas ya jamás podrán separarse y tendremos que
afrontar las consecuencias, pero nada de lo que venga en nuestra contra me
afectará ni me dañará si tu estás siempre junto a mi, tu también debes
prometerme que seguiremos siempre juntos mi Andy hermoso, mi bebé, mi vida- -te
lo prometo y te propongo para sellar nuestro convenio que tomes posesión de mi
en primera instancia, para luego yo verter mi amor en el tuyo, verter la sangre
de mi sangre, mi perdida descendencia, mi néctar de los dioses- le dije por
ultimo y comenzó lo que ya se veía venir, la hora de la verdad, la hora de la
prueba de fuego, de la prueba de amor, de la firma del contrato, del sellamiento
de nuestro matrimonio espiritual:
Me empezó por lamer el cuerpo entero, sin dejar centímetro cuadrado de mi piel
sin recorrer por su húmeda y cosquilleante lengua rosada y ambarina a la luz de
mi mesa de noche, que representaba un David de Miguel Ángel sosteniendo en su
desnudes una bombilla cubierta por una pantalla de vitrales hermosos apoyada de
su cabeza. Francisco ponía especial atención a descubrir el sabor de mis
pezones, mi escroto, mi glande, mis pies, los dedos de mis manos y sobre todo el
de mi culo, rodeado de un ralo pero supongo sabroso llano de pastizal dorado,
que más que dorado se asemeja al color de la avellana y que por resultado de la
magnifica luz que aquel David nos aventaba encima, lucia en su esplendor de
dorados destellos.
No podría describir el placer tan especial que experimentaba en aquellos
momentos, su lengua me hacia suspirar y hasta bufar de placer como un toro
recién clavado. De pronto dejé de sentir esa lengua curiosa entre mis montañas
más perfectas, para empezar a sentir algo mucho más sustancioso y obstruyente,
algo que luchaba por abrirse lugar en mi esfínter, y pensé: -Oh! My god, de
seguro ya va a comenzar a introducirme su cañón de punta redondeada y con cresta
de dinosaurio- pero no, y a pesar que se sentía grande, fuerte y hasta cierto
punto un poco doloroso, aquello no era sino su dedo índice luchando contra mis
músculos que en cada intento que mi pobre Francisco realizaba para poder
introducirlo se apretaban más -si quieres puedes intentar con tu armamento
especial- le dije ,-pero te haría más daño del que te estoy haciendo ahora con
mi simple dedo, y tú bien sabes que lo que menos quiero hacer es herirte o verte
mal herido-
-por ti y por tu amor estoy dispuesto a vivir uno, mil dolores, que de algo
tiene que alimentarse la resignación- -si tu amor es tan grande como lo dices yo
no podría más que cumplir con tus deseos más grandes y más mínimos y si tu deseo
me invita a recoger y mezclar nuestras almas en el más puro acto de amor, ten
por seguro que me dispongo a cumplirlo desde este instante, amor mío-
Fue lo que me dijo y enseguida dispuso su banana en la entrada especial,
guardada desde siempre y para siempre para él, pues solo bastaron unos cuantos
empujoncitos que de dolor nada me provocaron, sino más bien un placer por sentir
mi carne abriéndose y siendo desgarrada por un duro trozo de más carne hermosa y
perfecta, para que éste bananón alcanzara entrar hasta su base y a estimular el
esponjoso tejido interior de mi cueva más preciada.
Pronto él abrió mis piernas al aire lo más posible, que no se si para mi fortuna
es bastante pues como buen Gimnasta que antaño había sido aun conservaba mi
flexibilidad intacta, otorgada de tantos splits, squats y plies que realizaba.
Entonces el ritmo de las inmersiones de su submarino aumentó drásticamente hasta
que la punta de éste alcanzaba mi verdadero punto "G" y yo no dejaba de llorar
de placer: -¿te estoy lastimando, mi bebé?- me preguntó muy preocupado mi
francisco mientras disminuía el ritmo de sus embestidas, -no- le contesté, -lo
que pasa es que nunca en mi vida me había sentido tan feliz, tan dispuesto, tan
libre, tan deseado y amado, ¿sabes?- -si el que hagamos esto te provoca tal
cantidad de placer, felicidad y éxtasis, es mejor que no dejemos de hacerlo
nunca, y así, podré hacerte feliz todo el tiempo- -coincido contigo en esto y
muchas más cosas de las que pudieras pensar, de eso estoy seguro, y no quiero
que me dejes de hacer el amor nunca: sigue, sigue, así, más duro!- y él: -eso es
bebé-
-dame más, dame más!- gritaba yo extasiado, pero de él ya solo percibía
monosílabos y sonidos de grave resonancia como: -Uh! Oh si! Uh, Uh!...así papi?,
así?- -si amor, así, así me gusta- le contestaba, -eres el hombre más perfecto
del mundo- me decía, y yo entre graves sonidos agitados le contestaba -no, ese
eres tu y tienes el pene más dulce y perfecto del mundo también-…
De pronto el culo me ardió y pegué un gran alarido al cielo, algo como un
-¡aaaah, auch!- que de seguro se pudo oír hasta las habitaciones de mis padres y
Francis me preguntó -¿te ha dolido mucho mi pequeño bebé hermoso?- -si y no sé
qué me ha pasado… me harías el favor?- le dije y él de inmediato entendió la
seña que le hice -nooo!, perdóname!, en serio, perdóname!, esto era lo que no
quería que ocurriera!- exclamó mi dueño cuando sacó su pedazote de carne rosada
e hinchada de mi ano -¿qué? ¿qué pasó?- le pregunté asustado por lo que le
hubiera podido pasar a mi cuerpo -estás sangrando!, te hice daño, te herí!, no
soy bueno para ti!, perdóname…-
Me contestó e inmediatamente corrí a verme al espejo de mi baño y ví unos
chorritos de sangre asomar por mi esfínter que más que susto me tranquilizaron y
excitaron simultáneamente, así que tomé la iniciativa por mi parte sabiendo que
debía tranquilizarlo para que no se sintiera culpable y observando aquel
instrumento bañado por mi propia sangre le dije al oído -ahora si hemos hecho un
pacto de sangre amor mío- y él inmediatamente se empezó a carcajear, le tomé por
la cabeza, le di un achuchón y caímos juntos al suelo en un firme abrazo.
Nos tomó un rato más hacernos a la idea de volver a comenzar lo ya iniciado, la
firma amorosa de nuestro contrato de amor, culminar nuestro acto como todos unos
profesionales del teatro. Mientras, ambos nos acariciamos con una desmesurada
ternura, acentuada quizás por el sentimiento de culpa que mi amor sentía al
haberme ocasionado tal herida, que más que a herida se me antojó a erotismo, un
erotismo sucio y delicioso.
Él me besaba muy lentamente, introducía su lengua y jugábamos decididamente un
combate interno cuerpo a cuerpo con nuestros húmedos órganos bucales, él tomaba
mi cabeza entre sus manos y acariciaba todo mi rostro sin aun despegar nuestros
labios ya babosos, me sujetaba atándome a su cuerpo, friccionando su cuerpo
desnudo sobre el mío, tallando su cactus en mi abdomen y desparramando algunas
gotas de sangre que aun le quedaban en él sobre todo mi pubis.
Entonces, yo le tomo por la cintura, girando de posición para yo quedar justo
encima de él, y le doy a modo de orden lo siguiente -ahora, disponte a terminar
lo que empezaste huevón hermoso!- y mientras yo me tallo sobre su cuerpo,
excitándole cada vez más, al punto de poder sentir su pene erecto en mi
rabadilla y sus pulmones expandiéndose y contrayéndose cada vez más rápido, él
me contesta -no quisiera causarte más dolor, no me pidas que continúe- y yo -no
te lo pido, te lo exijo, considéralo como una orden…digo, si es que quieres
seguir siendo mi dueño por siempre…
Yo sinceramente no lo decía en serio porque tenía ya la certeza de que él, mi
Francisco, nada más él sería en mi vida mi único dueño, y me contestó -eres el
ser más divino de todo el universo, ¿cómo no querría tomar posesión de ti? Claro
que lo haría y no solo porque me lo pides sino porque mi naturaleza me exige al
unísono contigo hacer caso a mis instintos más salvajes y puros… pero me parece
que no te sentirías bien después- y yo -el que me sienta bien o no después no
interesa a nadie, lo que importa es lo que sintamos ahorita, lo que nuestro
cuerpo y nuestros corazones nos pidan, eso y nada más eso.
Sin darle siquiera tiempo de contestar le tomé el pene con la mano derecha y
mientras yo me encontraba encima suyo me introduje su verga en el recto y me
empecé a menear con singular velocidad, destreza y alegría, de arriba abajo;
sintiendo el chocar de mis glúteos contra sus huevos y el recorrer de mi
esfínter cada uno de los nervios de aquel bello pedazo de carne que tanto placer
me estaba provocando, y de repente un grito de mi francisco -ooooooh! Oooooh!
Yeah!- y mi cuerpo es inyectado por un fluido de sin igual consistencia y
composición.
En eso me levanto expulsando el pene de francisco de mi cuerpo y éste me toma
sorpresivamente del brazo; me hace agacharme dejando mis nalgas a la altura de
su cabeza y me empieza a succionar el culo, sacando la extraña mezcla de sangre
y semen que en unos momentos compartimos pasándola de boca a boca hasta que
terminamos por tragárnosla toda, he de decir que la combinación de mi sangre y
su exquisito semen sabia deliciosa.
Esta historia continuará, si quieres escribirme para darme tu opinión sobre éste
relato o simplemente para platicar te dejo mi correo electrónico que es:
Autor: Andres blackcoste (arroba) hotmail.com