|
|
| SEXO GAY | VIDEOS GAY | SEXO GAY | SEXO GAY | FOTOS GAY |
| ffotos de hombres gay gratis, fotos de adolescentes gay, de fotos gay osos, fotos gay gratis hombres maduros, fotos gay homens, caseras fotos gay, chubby fotos gay, fotos gratis de hombres gay desnudos, de entre fotos gay sexo, fotos hombres gay gratis, de fotos gay gratis jovenes, fotos gay jovencitos, fotos de jovencitos gay, fotos gay amateur, fotos gay orgias, corridas de fotos gay, fotos gay gratis osos, de fotos gay maduros, de fotos gay militares, caseras de fotos gay sexo, desnudos fotos gay gratis, folladas fotos gay, actores de fotos gay porn, de fotos gay homem, fotos de chicos gay gratis, de fotos galeria gay gratis, fotos gay zoofilia, de fotos gay mamadas, fotos gay grátis, fotos erotica gay, de de fotos gay negros sexo, de fotos gay zoofilia, fotos gay man, de fotos gay gratis militares, culos de fotos gay,de famosos fotos gay gratis |
VOLVER A LA PAGINA PRINCIPAL DE SEXO GAY
| Mini relato: Además que nuestra relación no se limitaba al sexo. Salíamos a pasear con frecuencia. Martín seguía llevándome por la ciudad, mostrándome sitios que a su lado me parecían encantadores. Me invitaba a cine, íbamos por ahí a comer algún helado, siempre hablando de mí, siempre interesado en conocerme más. A veces me sentía culpable por que en nuestros encuentros yo parecía no interesarme por sus cosas, por conocerlo; pero qué más daba, él sólo quería saber de mí; y además yo lo amaba tanto que nada me importaba más que estar a su lado; ni su pasado, ni su futuro, ni su familia, ni nada tenía más importancia que su presencia y su dulce y tierna compañía. Era él el que pagaba siempre las cuentas; yo no sabía de dónde sacaba dinero y supuse que su familia era pudiente y que a Martín no le faltaría nada. Yo por mi parte, siempre sin blanca, siempre sin una moneda, me sentía como un fresco cuando lo veía pagar; pero tenía que resignarme, pues día a día las cosas se me ponían más duras en casa y papá ya hasta estaba considerando la posibilidad de echarme, pues con la edad que tenía (18 años) no había logrado terminar la secundaria. "No voy a mantener a vagos", decía el viejo con ira mientras me abofeteaba al ver mis calificaciones. Y precisamente por esos días llamaron desde mi colegio a mis papás para comunicarles que no me admitían más allí, pues mi rendimiento académico era tan bajo, que seguramente reprobaría nuevamente el año escolar, así que no tenía sentido que yo siguiera perdiendo el tiempo y los viejos el dinero que invertían en mi educación. Papá estaba furioso como pocas veces. Me propinó una paliza tan brutal que me por poco me deja sin un ojo y para caminar tuve que arrastrar mi pierna derecha durante más de 2 días. Y luego de molerme a golpes me ordenó que metiera mis pocos trapos en una vieja valija y me largara de casa. Aquello era inadmisible para mí por que echarme de casa era condenarme a la indigencia. No sabía hacer nada, no conocía a nadie que me pudiera ayudar y no tenía ni una moneda que me permitiera sobrevivir al menos por un tiempo. Además con lo maltrecho que estaba por la paliza que había recibido, seguramente iba a enfermarme si tenía que dormir a la intemperie y tal vez hasta moriría en medio de la más absoluta desprotección. Me tragué mi poca dignidad y supliqué, me arrodillé y le imploré al viejo que no me echara, le rogué a mamá que tuviera piedad y me ayudara a convencer a papá de dejarme seguir en casa; hice propósitos de enmienda y prometí nunca más dar ni siquiera un problema a mi cruel familia. Pero todo parecía inútil; el viejo se mostraba inflexible y me dio un plazo perentorio para largarme: Si para dentro de una hora no te has largado de aquí, te vuelvo a zurrar y yo mismo te subo en el auto y voy a tirarte a un sitio de donde ya no puedas regresar. Gemí con angustia y aunque no podía resignarme a mi suerte, me fui a hacer mi miserable maleta para irme de casa con lo poco que tenía, que no era más que algunas piezas de ropa vieja y pasada de moda. Pero era mejor eso que soportar una nueva zurra de papá, para terminar de todas formas echado de casa como un perro sarnoso. Mamá se había limitado a darme la espalda, sin mostrar la menor prueba de compasión por mí, y así todas mis esperanzas parecían perdidas. Y aún más me dolía el no tener ni siquiera la oportunidad de contarle a Martín lo que había pasado. Pero ya salía de allí con mis escasas pertenencias cuando llegó Julián acompañado de Martín. Casi quise saltar al cuello de mi amado, pero me contuve por la presencia de mi odiado hermano menor, que al verme en un estado tan lamentable me miró con algo de asombro pero al instante sonrió divertido y tal vez satisfecho, al ver en mi rostro las lágrimas y los crueles efectos de la paliza que me acababa de propinar papá. Aplacé por unos minutos mi partida, por que creí que tal vez tuviera la oportunidad de hablar con Martín y contarle lo que había sucedido; me esperancé con que él pudiera ayudarme de alguna forma. Me senté en la acera de enfrente a esperar mientras los chicos entraban en casa. Y cuando ya estaba desesperando de que Martín apareciera, el que salió fue el viejo, que aún traía cara de enfado, pero ya no parecía tan furioso. Sin embargo me aterré pensando que me apalearía nuevamente e intenté levantarme para irme de allí. Pero mi pierna derecha, maltrecha por la paliza, me traicionó y caí de bruces en el pavimento. Entonces el viejo se inclinó y tomándome de un brazo me levantó con brusquedad y empezó a arrastrarme hacia la casa. No pude contener mi terror y me puse a sollozar mientras le suplicaba a papá que me dejara ir, que no fuera a seguir apaleándome. Mis gimoteos lo impacientaron y me propinó una palmada brutal en la cabeza ordenándome que callara: ¡Ya deja de gimotear como un maricón! Aún a pesar de mi terror hice esfuerzos por controlarme y me dejé arrastrar mansamente, como un cordero que sabe que es llevado al matadero pero que no puede hacer nada para evitar el sacrificio. Papá halaba de mí con brutalidad, sin considerar que mi pierna derecha estaba casi dislocada por la paliza previa y el dolor me hacía ver mil demonios a cada paso. Cruzamos la calle y entramos en la casa; papá me arrastraba ahora hacia la habitación de Julián y entonces empecé a presentir que me esperaba una cruel humillación. No me equivocaba. Al abrir la puerta pude ver que mi odiado hermano estaba sentado en su cómodo sillón. Parecía un verdadero Rey; tan arrogante, tan sereno, tan ufano, tan guapo; yo en cambio tan miserable, tan maltrecho, tan aterrado, tan poca cosa. Comparado con él, yo debía parecer un guiñapo insignificante. Mamá estaba de pie a su lado y Martín estaba un poco más atrás, mirándome con una curiosidad que yo creía piedad y dulzura. Me consoló un poco que mi adorado estuviera allí; pero poco tiempo tuve para recrearme viéndolo, por que apenas me tuvo cerca de Julián, papá literalmente me arrojó a sus pies, y propinándome una patada en la cadera me espetó: ¡Agrádesele a Julián que no te echemos de casa! Yo no podía estar más confundido. Seguramente mi odiado hermano estaría feliz de saber que papá me había echado de casa; y en cambio el viejo me estaba diciendo que gracias a él, precisamente, yo iba a poder quedarme. Sin saber por qué, me esforcé por musitar algunas palabras de agradecimiento, que seguramente debieron hacer las delicias del cabrón, viéndome ahí, arrastrándome a sus pies y en ese estado tan miserable en que me encontraba. De lo que estoy seguro es que en ese momento no sentía agradecimiento alguno y menos hacia Julián, tal vez lo que me movió a permanecer a sus pies balbuceando "Gracias…gracias…." fue el terror que tenía al pensar que papá seguiría pateándome hasta reventarme, si yo no hacía lo que se me estaba ordenando. De todas maneras ahora tenía una esperanza, por que en mi estado, cualquier cosa era mejor que verme echado de casa y abocado a la miseria total y seguramente a una muerte cruel, como imaginaba en mi mente afiebrada por el dolor, la angustia y el miedo. Julián y nosotros hemos decidido que te quedes en casa – dijo papá y eso me sonó más bien como: "Julián ha decidido…." Y con esas palabras del viejo yo pasaba de la confusión al asombro. Así que después de todo tenía que de verdad agradecerle algo a mi odiado hermano menor. Pero ya enseguida me daría cuenta de la perfidia que el canalla había urdido: Sí – dijo Julián –; hemos decidido que te quedes en casa. Pero no te vamos a mantener de vago. Así que mientras permanezcas aquí tendrás que ser el sirviente de la familia. Eso más bien quería decir: "Vas a ser mi sirviente". Mi sentimiento de humillación fue tan grande que en otras circunstancias me hubiese rebelado y habría preferido irme de casa a morirme en la calle como un perro sarnoso. Pero el dolor de mi cuerpo y el terror que afiebraba mi mente, se complementaron con una nueva patada que me propinó papá, al tiempo que me ordenaba nuevamente agradecerle a mi odiado hermano su cruel perfidia. Me plegué a aquel estado de ignominia; parecía no tener ninguna otra opción. No me es posible describir todo lo denigrante que resultó para mí esa nueva condición. De no haber sido por las dulces palabras de Martín, que encontró las más inesperadas oportunidades para consolarme y darme esperanzas, yo me habría largado de casa de todas formas; aún a pesar que el miedo a la indigencia se me convertía en un nudo en la garganta que me dificultaba respirar. Me obligaron a sacar mis pocos corotos de mi habitación, que en adelante sería el cuarto de estudio de Julián, y trasladarlos al cuarto de servicio. Me hicieron llevar un uniforme de mucamo que en apariencia era digno, pero que me recordaba a cada instante mi condición de sirviente de mi peor enemigo. Se me prohibió acompañarlos en el comedor y mientras ellos cenaban yo debía permanecer de pie, cerca de la mesa para serviles. Entre tanto yo debía comer en la cocina, como cualquier criado; y ni siquiera podía permanecer con ellos en la sala de estar, a menos que se me concediera permiso para acomodarme en algún rincón alejado para ver la televisión, pero siempre atento a cualquier orden para obedecer. Todo aquello sublimó mi odio hacia Julián, al que consideraba el real culpable de mi afrentosa situación. Me volví más huraño que de costumbre y pasaba días enteros sin pronunciar una sola palabra. Sólo con Martín encontraba algo de consuelo; por que él no me había abandonado y por el contrario, se mostraba más pendiente de mí, aprovechando cualquier momento para acercárseme, darme ánimos y convencerme de tener paciencia. Me daba vagas esperanzas, que yo quería creer; pero las circunstancias de mi condición de sirviente eran tan apabullantes que mi amargura crecía de día en día. Sin embargo, cada que mi desolación tocaba fondo, Martín aparecía como de milagro y me sonreía enigmáticamente, diciéndome que tuviera un poco más de paciencia, que ya vería cómo mi situación iba a cambiar y los dos podríamos estar juntos y alejados de mi familia y entonces me prometía que seríamos felices y ya nada iba a faltarle a mi vida más que tiempo para disfrutar. Yo me aferraba a él y a su amor cada vez con más fuerza, por que era lo único que tenía, lo único bueno y hermoso que florecía en mi vida. Y soñaba con que él me rescataba y me ponía a salvo de mi cruel familia, y entonces yo me le entregaría por completo y lo adoraría y le mostraría todo mi amor y lo haría el chico más feliz del mundo y yo también sería feliz viéndolo sonreír y oyéndolo rugir de gozo mientras me poseía. Pero aún así la realidad de mis circunstancias no cambiaba ni un ápice. Se comprenderá toda la humillación y el odio que me causaba el tener que realizar las tareas de sirviente para mi odiado hermano; tener que correr para atender a sus llamados; tener que hacerle su habitación, arreglarle su ropa y hasta lavar sus calcetines y sus calzoncillos; oírlo dándome órdenes con arrogancia y tener que obedecer sin chistar; plegarme a su voluntad y sentirme cada vez más amargado mientras él reía y gozaba de los mimos de papá y mamá, al tiempo que a mí se me trataba con más dureza cada día, recibiendo las brutales palizas que me propinaba el viejo por el más mínimo error. Ni siquiera habían pasado 2 semanas desde que Julián me había convertido en su sirviente, cuando mi desesperación llegó al límite. No aguantaba más. Ese día mientras trapeaba el pasillo, mi odiado hermano pasó por allí. Eran más de las 10 de la mañana, pero el cabrón acababa de levantarse y andaba por ahí en pijama y pantuflas, como si quisiera dificultar aún más mi desagradable trabajo. Accidentalmente le pasé el trapero por sus pies y no faltó más. Se enfureció y me increpó, incluso empujándome con desprecio y reclamándome "mi falta de consideración para con él". No pude controlarme y le respondí a los gritos que me dejara en paz, que ya me tenía hasta los cojones y que si se creía tan macho y tan fuerte pues que se atreviera a golpearme. El muy cabrón no se hizo repetir la invitación. Levantó su mano y antes de que yo pudiera apartarme, me plantó un bofetón que me arrancó lágrimas. Pero no me quedé de manos cruzadas; tiré el trapero a la porra y me le fui encima para tratar de acogotarlo con mis dedos crispados por el odio; pero él, mucho más ágil que yo, se apartó con presteza y yo di con mi cabeza contra la pared. Julián soltó una carcajada y yo estallé en llanto furioso y traté nuevamente de echármele encima, pero con el mismo resultado que la primera vez. En ese instante llegó papá alarmado por mis gritos y ya no tuve ninguna oportunidad. Sin dejarme decir ni jota, me agarró por los pelos y me sacudió violentamente al tiempo que me propinaba un buen par de bofetadas que por poco me arrancan los dientes. El terror que siempre me inspiraban las palizas de papá, hizo que me calmara un poco y entonces el viejo le preguntó a Julián qué era lo que estaba pasando, y por supuesto él le contó su versión del asunto haciendo que la furia del viejo, siempre presta a dispararse contra mí, estallara como un volcán. Me zarandeó por los pelos sin misericordia y se sacó su grueso cinturón de cuero. Creí que iba a empezar a zurrarme como de costumbre, pero en vez de eso le ofreció el cinturón a mi odiado hermano, mientras me arrancaba a mí los calzones y me hacía doblarme por la cintura, dejándome con mi culo expuesto. Castígalo tú mismo – instó el viejo a Julián – dale unos buenos azotes para que aprenda a respetarte. Yo grité de indignación y me debatí; pero el viejo me sujetó los brazos, manteniéndome doblado por la cintura y me propinó una fuerte palmada en la cabeza, como para que me sometiera a recibir el castigo que se disponía a propinarme mi peor enemigo. Y el muy cabrón no se hizo esperar; al instante empezó azotarme el culo con saña; haciéndome ver mil demonios por toda la furia que me invadía; y aunque no me golpeaba con la misma fuerza que lo hacía el viejo, los repetidos azotes iban haciendo mella en mi piel y ya sentía que mi trasero estaba en llamas, inflamándose por la azotaína así como mi alma se inflamaba por la furia y la humillación. El canalla de Julián me azotó a placer; hasta que seguramente ya cansado de descargar golpes sobre mi culo, le devolvió el cinturón a papá, que no se hizo esperar para darme también él una buena dosis golpes que ahora sí hicieron estragos en mi cuerpo, hasta casi hacerme perder la conciencia por tanto dolor. Pero allí no terminó la cosa. El viejo parecía nunca quedar satisfecho cuando me apaleaba; era como si siempre quisiera agregarle a mi dolor físico una dosis alta de humillación. Así que sosteniéndome por los pelos, me arrastró materialmente hasta la habitación de mi odiado hermano, convidándolo a él para someterme a una tortura que me dolió demasiado y acabó por romper el poco orgullo que me quedaba. Lo que me vería obligado a hacer sería un anticipo apenas de lo que me esperaba de ahí en adelante. Mira imbécil que haberle pasado ese trapero sucio por los pies a Julián ha sido demasiado. Ahora tal vez le vaya a caer una infección; pero si él se enferma de sus pies, tú te enfermarás de tu lengua. Y el viejo remató su perorata dándome un golpe salvaje por los riñones mientras invitaba a Julián a sentarse en su sillón. Luego él mismo arrastró una pequeña butaca acolchada y me obligó a postrarme ante el canalla y retirarle sus pantuflas para luego levantarle sus pies sobre la butaca, haciéndolo tomar una posición verdaderamente cómoda. Entonces me imaginé para dónde iba la cosa y me sentí más que miserable; pero haciendo acopio de la poca dignidad que me quedaba le imploré al viejo que no me obligara a semejante acto de humillación. Su respuesta fue brutal; me propinó un puntapié por el culo y me gritó |