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ORAL XXIV

 

 

Mi muchacho yo

Sé que soy un hombre maduro, a mis 50 años no debería poner mis ojos en un muchacho de 20, pero su sonrisa me cautivo, su trato hacia mí era diferente, a veces, cuando nos reuníamos, podía sentir su mirada penetrante en mis partes íntimas, por eso, una noche, decidí afrontarlo y declararle mi amor eterno.

Al principio me miro extrañado, sus ojos vírgenes y maravillosos, se impresionaron al escucharme declamar tal declaración furtiva de amor, pero tenía que hacerlo, lo amaba y necesitaba saber si era correspondido.

 

-Solo quiero saber si podremos tener una vida juntos- le dije sin reparo.

 

El alcohol, la noche y al parecer sus ganas de amar lo hicieron entregarse raudo a mis brazos, y sentí en calor de sus labios juveniles en mi boca sedienta por degustar el dulce sabor de su saliva mezclada con olor a tabaco, nos besamos ardientemente y sentí su entrega, por fin, esa noche sería mío.

Lo invité a mi cuarto y cuidadosamente lo fui despojando de su ropa, lo sentí algo nervioso, pero ansioso de enfrentarse a su nueva experiencia, a su corta edad, yo sabía que había probado el sabor de muchas mujeres, de todas edades y de todos colores, pero hasta ese momento, nunca había estado con alguno de su mismo género, lo que me emocionaba aún más, el saber que sería el primero en su divina experiencia, hacía que la situación fuera aún más mágica.

 

-Quiero que sepas que te amo y que por nada del mundo quisiera que esto te produjera repulsión, llegaremos hasta donde tú quieras y seré tuyo sin ninguna ignominia- le susurré.

-Quiero probar de ti- me dijo tímidamente.

 

Entonces, en mi cuarto, adornado especialmente para cuando él fuera mío, comenzamos nuestra noble tarea y juntos recorrimos nuestros cuerpos, con fuerza, sedientos de placer, nos desnudamos completamente, su lengua recorrió mi cuello y mi pecho, mordisqueó mis pezones y apretó con fuerza mi pubis y mi vientre, las mariposas del amor me recorrían fuertemente y cada lamido de su lengua ancha y jugosa me estremecía, mis quejidos no tardaron en hacerse presentes por eso, la música de fondo paso a segundo plano, todo era como me lo había imaginado y mi declaración de amor había dado frutos.

 

-Vamos mi amor, disfruta cada pliegue de mi poder y bebé alegre de mis fluidos que son paridos para ti- recitaba amorosamente en mi oído.

 

Mi corazón dio un brinco de alegría al escuchar tamaña declaración y mi boca se dirigió rauda a su fuente de poder, por unos segundos regalé a mis ojos el observar tan exquisito y maravilloso complemento, en mis años de experiencia, no creí haber visto semejantes atributos, una cualidad más de mi muchacho, pensé.

Quise que todo fuera perfecto, por eso, fabriqué litros de saliva en mi boca para lubricar toda su fuerza y saborearla a plenitud, la tomé con mis manos y poco a poco la fui embutiendo en mi boca, dándole pequeñas mordisqueadas en su punta y succionando con fuerza queriendo dejarla posada dentro de mí, todo mi ser quería ser visitado por su sexo, mi garganta no puso ningún problema al tocarla, su virilidad era inimaginable, mi mandíbula casi no podía arquearse para saborearlo, pero no improbaba, eso me excitaba aún más y mi sexo, como el de él, comenzó a dar pequeños chorros de mis jugos, el olor a nuestros néctares se esparció por todos lados y ni siquiera un incienso logro apaciguarlo.

 

-Eres un maestro mi amor, me encantas, me estas haciendo perder la cabeza- me repetía a cada instante.

 

Mi deleite era máximo, me complacía increíblemente el gusto que le daban mis lamidas y succionadas en su miembro grande y varonil, estaba pegado a su ser, acaparándolo por completo, solo quería llevarlo al clímax para saborear el fruto de su leche fabricada con gracia para mí, jamás pensé en que mi arte fuera tan bien recibido y en sus ojos notaba la lujuria que se apoderaba de sus 20 años, se comportó como un buen amante y nos acoplamos tan bien, que de pronto sentí su lengua recorrer mis partes íntimas y supe que todo lo que hacíamos no era en vano, mi muchacho se comportaba conmigo como un amante de primera, dándome fuertes succionadas en mi poder, alimentándose con mis néctares manados de mi calor, y de, hasta ese momento, desolada virilidad.

Mantuvimos nuestro juego por varios minutos, que para ambos fueron de indescriptible goce, aquellos instantes me ampararon en el nirvana y el amor que le profesaba se acrecentó.

Supo que el momento de entrar en mi cuerpo se aproximaba y sentí sus dedos hurguetear en mí, los espasmos que sentía me extasiaban, y mi dilatación estaba ya en su punto de apogeo, por eso, no pude resistir las ganas de suplicarle que clavara con fuerza todo su ser en mi interior.

 

-Vamos mi niño hermoso, déjame sentir tu poder dentro de mi, clávame todo lo que tienes, que estoy llano a ser devorado por tu pasión- le supliqué.

 

Me arrodillé en la cama y me dispuse a recibirlo, súbitamente lo sentí enloquecido entrar hasta el fondo de mi alma y nos imbuimos en una cadencia propia de dos amantes lujuriosos, respirábamos aceleradamente, nuestros cuerpos chorreaban litros de nuestros sudores mezclados y al unísono nos embarcamos en un coro de jadeos y palabras románticas, la cadencia de su cuerpo me estremecía y mis manos se acomodaron a mi sexo para brindarle abrigo y recibir mi emulsión, froté tan fuerte como pude mis partes íntimas mientras él me empujaba por detrás, no sé cuanto tiempo duro aquel maravilloso acontecimiento, pero sentí sus uñas apretar mis nalgas y un calor me invadió desde el alma hasta mis piernas, era su néctar que había regado en mi ser y que se había mezclado con el mío al diluirse entre mis manos.

Quedamos rendidos, desmadejados en mi cama blanca, lo miré desnudo, feliz, saciado y con mi olor pegado en todo su cuerpo juvenil, fumamos un par de cigarrillos y nos reincorporamos, hablamos de lo sucedido y por momentos lo imaginé amándome día a día.

 

-Fue una experiencia increíble, te lo agradezco, eres un amante perfecto- me dijo antes e irse.

 

Desde ese día lo espero, en mis noches de destierro, en mis días de desasosiego, hasta que un día se decida a acompañarme y quiera volver a ser mío.