ANAL XXIII

 

 

Rompiendo Tópicos: Pariente del amigo

El tópico del pariente cercano del mejor amigo, es un campo con múltiples posibilidades a explorar. Por lo general, suele ser el padre, un hombre maduro y atractivo que seduce al ingenuo protagonista a base de cumplidos burdos y a veces casi ridículos (del estilo "Veo que te has convertido en todo un hombretón..."); también puede ser el protagonista quien persigue al padre hasta hacerle caer en sus redes.

La siguiente opción más habitual es el hermano mayor, que siempre es como el mejor amigo, pero multiplicado por dos (dos veces más grande, más fuerte, más guapo...), lo que induce a pensar que a quien se quiere tirar en realidad el protagonista es a su mejor amigo. A veces hasta lo consigue. Si se trata del hermano menor, éste suele ser un viciosillo salido, muy dispuesto a experimentar casi cualquier cosa. Aparte de estos tres, los parientes más utilizados son los primos, tíos, abuelos (para amantes de las emociones heavies, pues siempre tienen años de experiencia en sexo guarro), o incluso sobrinos.

Además, las escenas acostumbran a desarrollarse en los lugares más variopintos, casi siempre relativamente cerca del mejor amigo, que incluso puede acabar apuntándose a la fiesta. Lo dicho: este tópico alberga infinitas posibilidades.

Los Bolaño son una familia de clase media-alta. Hace tiempo que decidieron mudarse a un pueblo de las afueras de Madrid. Ahora ya no tienen que compartir habitación los chicos, porque la nueva casa no es un mini piso de a 4.000 euros el metro cuadrado. Han ganado en calidad de vida, y eso Lucas lo sabe.

Sabe que su querido amigo Beni ahora tiene un chalecito con piscina y jardín, y por eso pasa casi todos los fines de semana en casa de los Bolaño. A Martín, el padre, nunca le ha importado. A Silvia, la madre, tampoco. Y a Iñaki, el pequeño de la casa, siempre le ha dado igual lo que su hermano mayor haga o deje de hacer, siempre y cuando no le afecte a su universo de videoconsolas y ciberespacio.

Beni y Lucas se conocen desde el parvulario. Ahora tienen diecisiete años, e incluso se las han apañado para buscar un grupo de colegas en el pueblo con el que salir los fines de semana. Beni Bolaño es muy guapo, y se le dan bien las chicas. Una buena mata de pelo moreno rizado, unos lindos ojos verdes y cara de chico malo. Alto y desgarbado, tiene aptitudes físicas para jugar a baloncesto, pero nunca le ha interesado el deporte. Prefiere manosear a las chicas en los sofás del Reservado del pub Gaita's.

Lucas, en cambio, preferiría manosear a Beni en cualquier lugar, pero se conforma con ser simplemente su mejor amigo. Además, ha tomado por costumbre enrollarse con Martín Bolaño, el padre de Beni, todos los fines de semana. El padre de Beni era un maricón reprimido hasta que aprendió a "dejar de reprimirse". El mejor amigo de su hijo le da, desde hace cosa de un año, todo el morbo que necesita para no tener que buscar chaperos de bajo coste en el Black&White, o cualquier otro garito de Chueca. De ahí que todos los viernes Lucas llegue al instituto con una mochila de viaje.

Este sábado después de comer, Iñaki, el benjamín de la familia Bolaño, va a irse a pasar la noche a casa de unos colegas. De eso hablan durante la comida.

-¿Y va a haber chicas en ese cumpleaños? -le pregunta Lucas con la boca llena de comida; es uno más de la familia.

-Pues claro que va a haber chicas, ¿por qué? -Iñaki tiene quince años y también el pelo moreno, pero no rizado, si no largo y sedoso; le cubren el rostro multitud de pequeñas pecas, y éstas se inflaman cuando siente vergüenza.

-¡Ya se ha puesto colorado, el muy capullo! -se ríe Beni de su hermano pequeño.

-No te metas con tu hermano, Beni -habla Silvia, la madre-. No creo que él esté como tú, pensando sólo en las chicas...

-¿Ah, no? ¿Y entonces en qué piensa, en los chicos? -mira a Iñaki-. ¿Eres un mariconcete como Lucas, hermanito?

-¡Que te den! -los dos casi a la vez: el amigo y el hermano.

-¿Siempre tienes que ser tan faltón, hijo? -Martín Bolaño siempre arrastra las palabras cuando se trata de sermonear al mayor de sus hijos.

-Si a Lucas no le molesta que lo diga, ¿por qué te tiene que molestar a ti?

-¿Quién ha dicho que no me moleste, capullo? -replica el amigo.

-¿Pero eres maricón, o no lo eres?

-¡Hijo, por favor...! -Silvia estira el brazo para coger el bol de la ensalada; su mirada contiene cierto reproche-. ¿Siempre tenemos que acabar hablando de lo mismo?

-Perdona si he mancillado tus oídos con esa "sucia" palabra...

Toda la familia ríe unida, incluida la madre. Ensalada, pasta y postre. Luego café para los adultos, y los jóvenes se encierran en sus cuartos: Iñaki a preparar la mochila, y los otros dos a fumar un porro en el balcón.

-Creo que voy a acompañar a tu padre a la estación, mientras tú te echas la siesta -la primera calada es la que mejor le sienta a Lucas.

-Haz lo que te salga de las pelotas, macho. A mí, mis dos horitas de "siestuqui" no me las quita nadie, que luego no hay quien aguante hasta las tantas en el Gaita's.

-Pues sí, así el buen hombre no se aburre... -la segunda calada tampoco está mal; Beni los lía suavecitos.

A las cuatro y media están ya en camino. Lucas va sentado en el asiento del copiloto mientras que Iñaki mira por la ventana, sentado atrás. La estación queda a unos quince minutos en coche; no es tiempo suficiente como para aburrirse, pero Beni nunca hace preguntas. Se la suda el rollo que tengan su padre y Lucas, mientras que a él no le salpique. Además, supone que mientras Martín tenga al chaval entretenido, éste no va a irle detrás, su mayor temor desde que supo que Lucas era gay. Por eso nunca hace preguntas.

Cuando el 4x4 queda estacionado frente a la estación, Iñaki se apresura en bajar para ir a saludar a sus amigos. Martín se ha quitado el cinturón, pero sigue inmóvil en su asiento:

-¿Qué te parece cómo se ha puesto el pequeño?

-¿Y cómo se ha puesto? -Lucas sonríe.

-¿Es que no tienes ojos? Ha dado un estirón tremendo desde que vivimos aquí.

-Será el aire descontaminado de las montañas... -ironiza el chico.

-No creo que sea sólo eso. Mira ese culito que tiene, y díme que no te parece delicioso.

-No seas guarro, Martín. Esos vaqueros siempre le han sentado muy bien.

-O sea que a tí también te pone...

-Será mejor que bajes a saludar a los demás papis, antes de que se te ponga dura y hagas el ridículo.

-¿Qué pensarías si te dijera que tengo ganas de follármelo?

-¿A Iñaki?

-Sí.

-Pues te diría que eres un enfermo, ¿tú qué crees?

-De camino a casa te contaré la idea que se me ha ocurrido -dicho lo cual, Martín baja del coche con naturalidad y camina hacia el grupo que hay reunido frente a las puertas de la estación.

Lucas observa desde detrás de sus gafas de Sol, con la perspectiva privilegiada que le da el asiento del copiloto del 4x4. A pocos metros, la mano del padre recorre la espalda del hijo, se agarra a su cintura con absoluta normalidad. El culo de Iñaki, a sus quince años, parecen dos bolas de suculento helado bajo los vaqueros. También él querría follárselo, ¿cómo no iba a desearlo? La simple idea de imaginarse a solas con ambos, con el semental y con el cachorro, hace que su rabo encogido bajo la ropa luche por despertar. La despedida entre padre e hijo son dos besos y dos palmadas del adulto sobre el trasero del menor. Luego un adiós rápido al resto de familiares, y de vuelta al 4x4.

-Eres un hijo de perra... -susurra Lucas cuando la puerta del conductor se abre desde fuera.

-Lo sé -Martín se acomoda-. Me apuesto lo que quieras a que te has empalmado sólo con pensarlo -y con la mirada puesta al frente, y la puerta ya cerrada, alarga la mano derecha para palpar el chándal del chico.

-Una de dos, tío: o arrancas de una puta vez, o te agachas y me la comes.

Como toda respuesta, la mano de Martín se aleja de su polla morcillona y se dirige a encender el contacto. Lucas le sonríe a Iñaki cuando pasan por delante del grupo de gente. "¡Pásalo bien!", le dice, volviendo a subir enseguida la ventanilla. Aunque no dudaría en follárselo si surgiera la ocasión, lo considera casi tan hermano suyo como de Beni.

La primera parte del trayecto de vuelta la hacen en silencio. Lucas no ha esperado demasiado para estirar la goma del chándal y el elástico del slip, y se ha sacado la polla desde debajo de los cojones. Martín se la menea como si estuviera cambiando de marcha. El 4x4 acaba internándose en el bosque de siempre. Ni un alma alrededor. La cabeza del hombre enseguida se dirige a degustar aquel sabroso cipote adolescente. Lucas echa el respaldo hacia atrás y atrapa los cabellos grisáceos de Martín para impedir que a éste se le salga un sólo centímetro de la boca.

-Trágate el semen, que no quiero llegar a casa con el chándal manchado...

La segunda parte del trayecto de vuelta la pasan hablando sobre la "fantástica" y perversa idea que se le ha ocurrido a Martín. A Lucas, tal vez porque acaba de correrse en el bosque de un modo bastante copioso, el plan le produce cierta apatía post orgásmica, pero al final acepta. Sabe que en apenas una hora va a volver a estar tan cachondo como de costumbre.

 

..........

 

-¿Vais a volver muy tarde? -les pregunta Silvia a los chicos desde el sofá; Martín les observa con despreocupación por encima de sus gafas de leer.

-Como siempre, mamá. No nos espereis despiertos.

-No pensábamos hacerlo -el padre sonríe.

Lucas le devuelve la sonrisa, mientras Beni ya camina hacia la puerta. A las doce y media, el primero finge su indisposición. Corre hasta el baño, y a la vuelta le explica a su amigo que ha vomitado, que no se encuentra demasiado bien, y que va a marcharse para casa. Ha elegido el peor momento para Beni, que está intentando ganarse los favores de una morenaza con buenos pechos. "No hace falta que me acompañes, macho, que soy mayorcito", le dice Lucas, que sabe que en realidad ha elegido el mejor momento para que su amigo no insista en querer acompañarle.

Él tiene llaves del chalet. ¿Cómo no iba a tenerlas, si es uno más de la familia? Sobre la una ya está dentro. Cierra la puerta de la calle, tratando de hacer el menor ruido posible, pero el suficiente como para alertar a Martín de su llegada. Lucas entra en la habitación que comparte con Beni, y allí se va desnudando sin prisas. Luego echa una larga meada, con la que se evapora buena parte de las dos copas que ha tomado esa noche. Vestido sólo con sus slips y la camiseta de tirantes con la que acostumbra a dormir en verano, sale al pasillo, silencioso y en calma, y se adentra en el cuarto de Iñaki. Todo según lo planeado.

La habitación del benjamín está más o menos ordenada, la cama hecha, no hay demasiada ropa estorbando por enmedio... Lucas no sabe de cuánto tiempo dispone, así que se empieza a preparar. En realidad, no tiene que hacer gran cosa. Se quita los slips y la camiseta, y lo deja todo en un rincón. Abre un armario que conoce de sobra, y se hace con uno de los pijamas cortos de Iñaki. Le viene bastante ajustado, pues el cuerpo de Lucas es algo más ancho que el del otro chaval. Después se acurruca bajo el fino edredón nórdico, tumbándose ladeado en la cama del jovencito, dando la espalda a la puerta; ya sólo queda esperar.

No pasan ni cinco minutos, cuando oye girar el pomo. Ese sonido parece magnificarse en el silencio de la madrugada, pero en realidad no ha sido más que un ligero chasquido.

-¿Duermes, Iñaki? -pregunta la voz susurrante de Martín Bolaño.

-Lo intento.

-Tu madre lleva media hora roncando. ¿Te importa si me acuesto a tu lado?

-Si no te vas a mover demasiado...

-Sólo voy a intentar dormir.

Lucas siente cómo el edredón descubre buena parte de su cuerpo, y enseguida percibe que el hombre trata de acomodarse junto a él. Puede notar la caliente presencia a su espalda. Martín se ha quedado boca arriba. Lucas gira la cabeza, le ve y sonríe.

-Oye, papa, ¿piensas dormir en plan ataúd?

-Es que esta cama no es demasiado grande, que digamos.

El chico se desplaza apenas unos centímetros hacia el borde del colchón, y los muelles delatan que el hombre ha decidido colocarse de lado. Lucas puede sentir la respiración algo agitada de Martín muy cerca de su nuca. Eso le empieza a excitar, saberse dentro del pijama de Iñaki, dentro de las fantasías del padre hacia el hijo adolescente...

-¿Qué tal ha ido el cumpleaños?

-Bien, lo hemos pasado bien -responde Lucas.

-Y con las chicas, ¿qué tal?

-Pues normal.

-¿Sólo normal? Una fiesta con chicas y sin padres, ¿y sólo ha ido normal?

-Bueno, papa, no sé, ¿qué quieres que te cuente?

-Yo qué sé. Dime si hay alguna chica que le hayas echado el ojo, o si has tenido roce con alguna de ellas.

-Hombre, la verdad es que algo sí ha habido.

-¿En serio? -Martín parece muy interesado; de hecho, apoya el codo en el colchón para poder elevar un poco la cabeza-. A ver, cuéntame eso.

-Hay una morena, así, con el pelo riazadito... -Lucas se coloca boca arriba mientras sigue susurrando-. La verdad es que está muy buena, y creo que le gusto.

-¿Crees ó lo sabes?

-Bueno, lo sé, porque nos hemos estado besando.

-¿En serio, hijo?

-Sí, allí en el sofá de Toño -Lucas empieza a improvisar, algo muy habitual en sus juegos sexuales con Martín-. Él estaba con Susana, que es su novia, y se estaban dando el lote y tal. Los demás estaban preparando la cena en la cocina, y Marta se ha venido a sentar a mi lado y me ha dicho que si quería compañía.

-¿Eso te ha dicho?

-Sí, pero era por romper el hielo, porque enseguida se me ha echado encima y nos hemos empezado a morrear...

-¡No me digas! ¿Y está buena, esa tal Marta?

-Como un queso, la tía. Tiene unas peras de impresión. Está en Bachillerato.

-¿O sea que es mayor que tú?

-Sí. Ha estado súper bien, lo que pasa es que luego han llegado los demás, y ya nos han cortado un poco el rollo.

-¿Te ha dejado a medias?

-Pues sí. He pasado toda la noche con un calentón que no veas...

-¿Y luego nada?

-Qué va. No han tardado mucho en venir a buscarlas.

-Oye, Iñaki, espero que no te hayas echo una paja aquí en la cama -le dice Martín a Lucas, que se lo está pasando realmente bien con aquella escenita improvisada.

-¿Pero qué dices, papa?

-No sé, tampoco sería tan extraño. Si te has pasado toda la noche empalmado, lo lógico sería que hubieses descargado a la mínima ocasión.

-Primero, si lo hubiera hecho no sería en la cama, y segundo, tampoco te lo contaría aunque hubiese sido así.

-O sea que lo has hecho, guarrete -Martín posa una mano sobre el edredón, a la altura del estómago de Lucas-. Espero que al menos te hayas lavado las manos...

-Pues no, no lo he hecho.

-¡Serás cerdo! A ver, déjame que te las huela -el hombre se hace con las manos del chico y se las lleva bajo la nariz-. Pues no parece que apesten a nada raro.

-¿Qué pasa, papa, que ahora eres de la brigada anti-pajas?

-Eso es lo que soy -Martín se coloca a cuatro patas sobre su lado de la cama, sin dejar de sonreír y bromear-. Y ahora voy a tratar de rastrear las pruebas del delito.

Sin más, el hombre empieza a hundir su nariz sobre las sábanas, desplazándose hacia los pies de la cama, olfateando como si realmente tratara de buscar residuos seminales entre aquella sedosa tela. Lucas le observa con curiosidad, y por un instante incluso se sale de la fantasía y ve la escena desde fuera, como espectador. Le resulta morboso acompañar a ese hombre en su delirio, y su polla endurecida grita a los cuatro vientos que también le pone muy caliente ese rollo enfermizo. Mientras Martín se deleita en olisquear la zona central de la cama, el chico vuelve a transmutarse en Iñaki.

-Ya vale, papa, que vas a despertar a la mama y se va a mosquear como te vea aquí.

-Vaya, vaya -el hombre se ha dado cuenta al fin de la existencia de aquella dureza bajo el pijama del chaval-. Así que estabas durmiendo, ¿eh?

-Ay, déjame en paz -Lucas se cubre las vergüenzas con el edredón, como si le diera apuro que "su papi" le cazara empalmado-. Venga, no seas pesado...

-De modo que te he pillado antes de que cometieras "el delito".

-Pues sí, la tenía un poco dura y me estaba dando una friegas, señor agente -el joven arrastra las palabras-. ¿Tan grave es?

-¡Déjame ver eso, Iñaki! Un buen CSI tiene que revisar hasta el más mínimo detalle -dicho lo cual hace volar el edredón, y fija su vista en el bulto que sobresale de las piernas del chico en la penumbra de la habitación.

-Papa, por favor, me da un poco de vergüenza...

-Dejémonos de ostias, Lucas -Martín se deja caer sobre el cuerpo del chaval-. Ya lo podemos dejar, porque creo que no necesito más.

-Lo noto, cabronazo, lo noto...

Lucas siente contra su muslo la polla dura de Martín. Éste le empieza a morrear mientras trata de masturbar la verga del muchacho en aquella incómoda posición.

-Quiero follarte con el pijama puesto. Que nos corramos los dos en él, y lo guardemos donde estaba, para que Iñaki se revuelque en nuestra leche reseca cuando se lo vuelva a poner...

-Eres un cerdo vicioso, papaíto -a Lucas le resulta complicado hablar en susurros porque Martín no deja de babear su boca; cuando lo logra, visiblemente excitado, le dice-: Quiero que me comas la polla como se la comerías a él, si pudieras...

-Te aseguro que no sería su polla lo que me comería -mientras dice esto, Martín ha ido volteando el cuerpo del chaval como si fuera un pollo en el asador-. ¡Ponte a cuatro patas!

Lucas cumple con obediencia, planta las rodillas sobre el colchón y enseguida siente que las manos del hombre le bajan el pantaloncito de pijama de Iñaki lo justo como para dejar sus nalgas adolescentes al descubierto. Martín las separa y empieza a chupar el fino vello que recubre el ojete. Le sabe a sudor y a hormonas teenager, lo devora, introduce la lengua lo más hondo que puede, perfora con ella ese agujerito que tan bien conoce.

El chaval mordisquea la almohada para contener los aullidos que le provocan semejantes embestidas sobre su trasero. Después de un rato sintiendo lubricar su raja, Lucas nota el peso del cuerpo de Martín sobre su espalda: "Hoy quiero follarte sin condón", le susurra en la oreja, y el chico mueve la cabeza hacia el lado. "Joder, macho, sabes que no me gusta que me montes sin goma", protesta.

-Y tú sabes que no he vuelto a estar con otro tío desde que tú y yo follamos -la voz del hombre suena ansiosa-. Si hasta me hice las pruebas para ti, mariconazo...

-Venga, fóllame como quieras -acepta al final-, pero no te olvides de correrte en el pijama de Iñaki -Lucas vuelve a hundir la cara en la almohada, preparándose para el cebollazo contra sus intestinos.

La polla de Martín es gruesa y está repleta de venas; es un rabo maduro que se le ha metido en el culo casi cada fin de semana del último año. El chaval lo conoce de sobras y adora sentirlo dentro. Le excita el modo en que el padre de Beni se lo folla con cierta brusquedad, como si su cuerpo no fuera más que el de alguno de aquellos chaperillos con los que se desahogaba antes de intimar con él. Además, le come tan bien el ojete, se lo prepara con tanto mimo, que cuando aquel cacho de carne empieza a penetrarle, apenas le duele.

Lucas jadea sin poder contenerse, con las manos del hombre sujetando sus caderas mientras le bombea la raja con una violencia latente. A Martín le cuesta un rato correrse, y por eso el chaval acaba exhausto y dolorido cada vez que se deja follar por él. "¡Túmbate!", le dice al poco rato, empujando el cuerpo del chico hacia adelante. "¡Te vas a hartar de leche, Iñaki!", le grita a la nada, agarrándose el manubrio con la mano bien abierta, y cepillándoselo con brusquedad.

El joven aprovecha para subirse el pantaloncito y colocarlo adecuadamente para recibir la corrida de Martín sobre la tela. Los primeros dos chorretones se estrellan en la zona media de las nalgas, después el hombre avanza y deja caer el resto, impregnando bien el pijamita. "Sigue dándome, aunque sea por encima de la ropa", le pide Lucas, que está a punto de correrse.

El hombre deja caer su cuerpo sobre el chico y le embiste furiosamente, con su rabo morcillón manchándolo todo a su alrededor. "¡Nos lo tenemos que follar como sea, Martín!", entre gemidos ahogados, Lucas piensa en Iñaki, se magrea el cipote contra la tela y el colchón, mientras el otro le sigue dando por detrás. "¡Aunque no quiera, aaahhh...!", ya no le queda mucho para concluir.

Martín, para ayudarle, acerca sus labios a la oreja del chaval y susurra: "Sí, eso haremos, colega, le taparemos la boca para que no grite y nos lo follaremos a la fuerza...", las acometidas de Lucas se detienen, un último jadeo ahogado, y el jovencito siente que todo su esperma se derrama contra aquella cama en la que acaba completamente agotado.

-Misión cumplida -Martín se tumba un instante junto a Lucas, que aún no ha recuperado el ritmo normal de su respiración.

-Sí, lo hemos pringado todo bien... -se mira su propia entrepierna y los amplios cercos oscuros que la recubren-. El cabrón de tu hijo se va a dar cuenta nada más verlo.

-Pues ojalá venga y me pregunte -Martín se pone en pie; sus encuentros siempre son así, rápidos y funcionales, sin sentimentalismos ni historias cursis, que para eso ya tiene una mujer a la que quiere con locura: Lucas es sólo un desahogo-. Que me pregunte quién se ha corrido en su cama y en su pijama...

-Oye, ¿lo has dicho en serio? -el chaval se apoya en los codos antes de que el hombre se gire para marcharse.

-¿El qué?

-Lo de Iñaki. Lo de follárnoslo a la fuerza.

-¿Por qué? ¿Acaso tú lo estabas pensando en serio?

-No sé... Supongo que no, ya sabes... es que es Iñaki...

-Pues entonces supongo que yo tampoco -Martín le guiña un ojo y le da las buenas noches, pidiéndole que trate de colocarlo todo como estaba antes de acostarse.

A Lucas, la respuesta del hombre no le ha resultado demasiado convincente; ese "supongo que yo tampoco" ha sonado más a "bueno, pues si tú no quieres..." que a otra cosa. Sintiéndose agotado, el chico se pone en pie y se fija en una de las fotos que decoran la estantería de Iñaki. En ella aparece el chaval con sus compañeros del equipo de futbol de alevines en el que jugaba. La foto es de hace unos dos años, pero en ella ya se adivina el potencial del chico.

Pelo moreno y largo, mirada intensa y unas piernas bien delineadas. Lucas no lo puede evitar... Pese a que se ha corrido hace unos minutos, su polla vuelve a estar alzada al imaginar la escena que Martín le ha susurrado antes de hacerlo. Se la agarra con fuerza sin dejar de contemplar la sonrisa que el jovencito Iñaki le regala desde la foto, y se mastruba de un modo rápido y doloroso. La segunda dosis de semen de aquella noche se da de lleno contra el cristal sostenido por un fino marco de madera. Lucas observa la corrida deslizándose por todo el vidrio, y la mueve con uno de sus dedos hasta cubrir el lugar exacto donde se ve aquella sonrisa ingenua.

Sin miedo a las posibles consecuencias, decide dejar la foto y el pijama llenos de semen sobre la cama sin hacer, como esperando que Iñaki lo descubra todo a la vuelta de su noche de cumpleaños.