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ORAL XXIII |
SOMOS SOLO AMIGOS MATEO
Mateo fue el que lo propuso. Me dijo: "Tronco, vente a dormir a mi queli, y mañana quemamos la resaca con un partidillo". Y yo, que tengo muy poca fuerza de voluntad cuando se trata de Mateo, pues le dije que de acuerdo. Así que me tuve que tragar sus ligoteos hasta casi las cuatro de la mañana, acompañados como estábamos de todos sus colegas bakalas.
No es que éstos me caigan mal, simplemente es que vivimos en mundos distintos. Ellos en su universo de zapas, vaqueros ajustados, camisetas ceñidas y gorras ladeadas. Yo con mi camisa negra, mis zapatos de chico formal y mi pelo engominado. Ellos en su eterno tira y afloja con casi todas las "Juanis" del garito, yo sonriendo con cierta vergüenza ajena ante el comportamiento cafre de la gran mayoría. Ellos bailando su chunda-chunda con bastante frenesí, yo contemplándoles desde más allá, esgrimiendo cada vez excusas más tontas para no integrarme en su danza psicodélica.
Pero pese a todo son buena gente. Mateo es un tío genial. Vale que me trata muchas veces como a una especie de mascota, como si él fuera un Pigmalión que pretendiera sacar al machote fiestero que esconde mi escuálido cuerpo, pero siempre lo ha hecho desde el respeto. Es más, yo soy consciente de que me respeta mucho más que a la mayoría de sus colegas. Mateo es un líder, y como tal se puede permitir el lujo de hacerse acompañar por el último pardillo al que sus amigos bakalas escogerían como alma de la fiesta. Él es mi amigo porque lo quiere ser, y yo, que nunca me he caracterizado por tener la autoestima por los cielos, me dejo arrastrar por esa dulce corriente de brusco cariño que Mateo me ofrece.
Y que me gusta, claro. Soy su fan número uno, "la groupie" que le sigue a todas sus "actuaciones". Por eso, pese a que acostumbro a largarme pronto los viernes, aquella noche decidí hacer una excepción. Llamé a casa, pedí permiso para dormir fuera (permiso concedido sin preguntas, por supuesto), y me entregué un poco a todo aquel desfase. No bebí más de lo normal, porque me asustaba perder la noción de la realidad. Siempre que me encontraba entre todos aquellos chavales, me sentía en una especie de cuerda floja por la que tenía que caminar con cuidado de no caer al vacío. Vigilaba mis comentarios, suavizaba mi sarcasmo (pocas veces entendido) y en general trataba de pasar un poco desapercibido.
Aunque no era fácil lograrlo cuando Mateo me pasaba un brazo por la nuca y soltaba alguna de sus frases tan características: "Este tío es un crack"; "¿No os parece adorable?"; "Tenemos que enseñarle lo que es la vida"; "Si yo fuera marica, le escogería como novia...". En fin, sobran los comentarios. Aquellos bakalutis siempre se mostraban cordiales conmigo, pero ser el centro de atención en esos momentos implicaba que me mirasen más de lo que yo hubiera deseado.
Al final la noche se me quedó corta, pues yo desconocía cuál era su ritual como grupo. Resultó que se juntaban sobre las cinco en un parque, sólo chicos, sólo aquellos que no habían conseguido llevarse una piba a un lugar más discreto. Allí parloteaban durante largo rato sobre las tías que habían conocido, sobre las que se habían dejado meter mano, sobre los calentones que habían desahogado en los baños, etc. Se referían a ellas como si fueran ganado, y yo, que no estaba aún acostumbrado a oír según qué comentarios, no podía más que alegrarme de poder compartir con ellos algo que se me intuía importante en su dinámica grupal. Mucha hormona destada, fantasías de pajilleros, comentarios soeces y vulgares sobre lo que harían con la rubia, o con la morena, o con la otra, y yo sentado contra el muro y con las rodillas dobladas, para evitar que se pudieran dar cuenta de que se me ponía morcillona sólo de escucharles.
Pues sí, se me hizo corta la noche, porque habría podido estar horas disfrutando en silencio de tanto machito caliente y tanto fantasmilla de barrio. Al final, nada. Algunos se apuntaron al partidillo anti-resaca de la mañana siguiente, y nos acabamos yendo cada cual por su lado. Yo con Mateo, por supuesto. De camino a su casa, las mismas preguntas de siempre, sobre si lo había pasado bien, que qué me parecían sus colegas, y yo le decía la verdad, porque tal vez mi sinceridad fuera lo que nos hacía tener tan buena relación. Le decía que sus amigos eran muy burros, que si no fueran sus amigos, posiblemente nunca en la vida me acercaría a ellos. Mateo entonces sonreía, con esos ojitos entrecerrados (de fin de fiesta) que tanto me gustaban.
Ya en su casa, le supuse cascándose una paja en el baño cuando vi que tardaba mucho en volver. Apareció ya con su pijama, demasiado infantil para ser su dueño un tipo duro como él, y me dijo que había estado soltando "un buen truño". No le creí. Él se tumbó en su cama; para mí estaba preparada una supletoria junto a la suya, pero antes de acostarme fui también al lavabo. Con el pasador echado, y sabiendo muy bien por dónde me movía, traté de olfatear algo del aroma a "buen truño" que él había notificado. Sabía que no era cierto, que simplemente se había hecho una paja, y le daba corte admitirlo.
Y tenía yo razón. Primero porque no percibí ningún olor desagradable en aquel cuarto de baño, y segundo porque localicé sus boxer en el cubo de la ropa sucia, y resaltaba en ellos una bonita y húmeda marca de precum bien focalizada en la parte blanca del reverso de la tela. Casi dos horas de magreo con aquella morenita habían dado para una buena marca preseminal. Como ya he dicho, no percibí ningún mal olor, porque desde luego, el de aquellos calzoncillos era sublime: leche contenida, pis mal escurrido, sudor de huevos... Me los puse para masturbarme con ellos, aunque al final me acabé corriendo sobre la taza subida del váter. Me limpié, tiré de la cadena y volví a la habitación de Mateo. Mi amigo ya dormía relajada y plácidamente.
..........
Al día siguiente, sábado, nos despertó su madre con fuertes golpes en la puerta. No dejó de darlos hasta que Mateo respondió, le dijo que ya estábamos despiertos y que dejara de darnos "la barrila". Y aunque cesaron los golpes, su irrupción no se hizo esperar. Entró la madre, y también Carlos, el hermanito de Mateo, que corrió a saltar sobre la cama de éste. La persiana estaba medio subida, y apenas se colaba claridad.
—Jolín, cómo huele el cuarto, Mateo... Te tengo dicho que dejes las zapatillas en el balcón —le increpó la buena mujer, pasando entre medias de las dos camas y asiendo la correa de la persiana para subirla.
—No seas plasta, mama. ¿Y tú qué, enano? —cuando la claridad del exterior se hizo más presente, pude ver que Carlitos estaba montado sobre su hermano, que se cubría los ojos embozados de legañas y resaca.
—Oye, tete, si la tía me da dinero para ti, me lo voy a quedar —soltó aquel simpático bichejo.
—Ni lo sueñes, mono —Mateo lo cogió de la cintura y le tumbó a su lado, medio montándose encima de él, poniéndole las manos en las costillas—. Me vas a dar esos 20 euros, ¿verdad, chaval? —le empezó a atacar a base de cosquillas que hacían retorcerse a Carlitos.
—Ah, sí, sí, sí, ay, ay, ja ja ja —el crío apenas podía contenerse la risa.
La madre volvió a cruzar mi campo de visión, embobado como estaba con aquella tierna escena entre Mateo y su hermanito. Cogió las zapatillas de su hijo y las llevó hasta el alféizar de la ventana. También había cogido mis zapatos.
—No te importa, ¿verdad? —afirmó, más que preguntar—. ¿Y tú qué, no le vas a decir nada a Santi?
—Hola, Santi —me dijo Carlitos.
—Hola, peque, ¿cómo estás?
—Vamos a ver a mi tía Luisa, a Carambachel...
—¿Carambachel? —pregunté, bajó la cómplice sonrisa de Mateo.
—Se dice "Carabanchel", enano.
—Pues eso —el peque saltó de la cama de su hermano, y fue hacia la puerta—. Y me voy a gastar tus 20 euros en chuches —dicho lo cual, se fue corriendo.
—¡Ya verás como te pille!
Mateo saltó de la cama y también salió disparado del cuarto. La madre se quedó mirando y sonriendo: "A veces no sé quién es más crío de los dos...", ajustó la ventana y volvió a pasar por delante de mí. Yo no me quería levantar aún, pues tenía un poco de la inevitable trempera matutina. Necesitaba echar una buena meada.
—¿Y qué plan teneis hoy? Llegasteis muy tarde anoche, ¿no? —disparadas casi de seguido, parecía que las dos preguntas tuvieran relación entre sí.
—Sí, bueno, creo que vamos a ir a echar un partidito con su amigos.
—Pues ya son ganas, con lo tarde que habeis llegado ayer —insistió—. Bueno, nos vamos a ir. Os he dejado dos pizzas fuera del congelador, por si comeis aquí.
Le di las gracias con una sonrisa, sintiéndome un poco tonto. La verdad es que siempre que me quedaba a solas con Silvia, manteníamos una conversación intrascendente como aquella. Yo no sabía muy bien por qué, pero a veces me daba la impresión de que me trataba de un modo diferente a como se suele tratar al amigo de tu hijo. Lo malo es que, al no haber tenido demasiadas amistades intensas como la que me unía a Mateo, pues no podía comparar. Pero al oirnos hablar a Silvia y a mí aquella mañana, sí me vinieron a la cabeza, como referencia, las insustanciales charlas entre mi madre y el novio de mi hermana. Eran del mismo estilo.
Traté de poner mi mente en un estado de "no pensamiento" hasta que se me bajara la semi erección. Luego fui al cuarto de baño, donde me encontré con Mateo lavándose la cara, y eché esa meadita necesaria para evacuar el alcohol de la noche anterior. "¿De verdad te apetece ir al campillo a estas horas?", me preguntó, de brazos cruzados, mirándome y con el culo apoyado en la pica del lavabo.
Le recordé que había sido idea suya, que se lo había propuesto él a sus colegas en plena cogorza. "Vas a quedar como un capullo si no vas", le avisé. Supongo que a él eso se la sudaba, que para eso era el líder nato de aquel grupito de bakalas. "Buah, creo que me va a explotar el tarro", fue toda su respuesta, antes de meter la cabeza bajo el grifo de la ducha. Yo me había sacudido descuidadamente la picha y estaba tirando de la cadena cuando él se había quitado la parte de arriba del pijama y se había agachado, dejándome vislumbrar la raja de su culillo.
—¡Adiós, chicos, sed buenos! —oímos gritar a su madre desde la planta baja de la casa.
—¡Adiós, Silvia! —asomándome a la puerta para que me escuchara mejor; cuando volví a mirar para adentro, aquel cuarto de baño parecía estar allí sólo para albergar aquellas dos bolas que eran el macizo culo de mi amigo, mal tapado con el pantalón de pijama.
-¿Me pasas la toalla blanca del colgador? -me pidió Mateo, sacándome de mis pensamientos; se la alcancé, colocándome a su lado y echándosela a la espalda-. Tronco, podías sacudirte el nabo cuando meas, que mira la manchita que me has dejado en el pijama... -me soltó de repente, pillándome con las defensas bajadas.
Como todas las veces que había dormido allí, él me había prestado aquel conjunto, que era de un color verde oscuro, ahora inundado por un cerco negruzco a la altura de mi glande en reposo. "Me la he sacudido, chaval", traté de defenderme, alejándome de su lado. "Bueno, macho, ¿qué hacemos? ¿Vamos o no vamos, a echar un partidito?", se incorporó con la cabeza cubierta por la toalla, con gotitas de agua resabalando por sus compactos pectorales. "Vamos", dije contundente, dándole la espalda y saliendo del lavabo antes de que me empezara a trempar otra vez.
..........
Sobre la una del mediodía estábamos ya hechos polvo, acabados, exhaustos... Tirados sobre la hierba, y sustituidos en el campillo por otro grupo de chavales con más fuerzas y ánimos que nosotros. La resaca era más fuerte que el deseo de continuar jugando.
Todo a mi alrededor eran bakalas en chándal (pantalón corto ó largo), la mayoría sin camiseta, con sus gorras perpetuas cubriéndoles las cabezas, muchos con gafas de Sol, tumbados, sentados, boca arriba, boca abajo... Yo estaba un poco alejado del grupo, como era habitual, sentado contra una pared y con las rodillas dobladas. También algo cabreado.
Me gusta jugar al fútbol con ellos, reconozco que no se me da mal, que me encuentro a un buen nivel, pero me jode que Mateo me de siempre tanta caña. En general son bastante brutos, como se espera de unos chavales como ellos, pero da la casualidad de que a mí nunca me toca en el mismo equipo que mi amigo y es que éste, además, se empeña en marcarme a lo bestia, casi hasta el punto de impedirme jugar con libertad. Yo suelo colocarme bastante adelantado, y Mateo hace de defensa. El muy cabrón me obliga a pasar casi más tiempo en el suelo que corriendo. Patada va y patada viene, lo que me enciende siempre y me mosquea. Aquel sábado no fue diferente.
De vez en cuando me lanzaba alguna miradita condescendiente, pero yo la rechazaba con una chulería atípica en mí. Incluso comenté los lances del partido con los demás, como si quisiera demostrarle a Mateo que podía manejarme perfectamente entre sus colegas sin necesidad de que estuviera todo el rato cogiéndome de la nuca y diciéndole a los demás que yo era "un crack", ó un tío "adorable".
Es sobretodo en circunstancias como aquellas cuando me doy cuenta de que Mateo y yo nos traemos un rollo extraño, igual que con las conversaciones "casi de yerno" que tengo con su madre; ahora dábamos una imagen como de "parejita de morros". Ni siquiera creo que ninguno de los dos sepamos lo que hay entre nosotros.
—¿Qué le has hecho, tronco, que le tienes mosqueado? —oí que alguien le preguntaba a Mateo unos pasos por detrás de mí; eran casi las dos de la tarde, y habíamos dado por concluida la sesión anti-resaca de aquella jornada.
—Joder, colega, pues que es un poco moñas... Pero yo no tengo la culpa de que pierda el equilibrio con tanta facilidad —se lo dijo a su amigo lo suficientemente alto como para que yo le escuchara, pero me contuve las ganas de girarme y replicar; no quería darle ese gusto—. ¿Te largas, tío? —me dijo enseguida, a la salida del parque, cuando yo empecé a tirar hacia mi casa, en dirección contraria a la suya; no le respondí, y seguí andando junto a uno de los chavales, que también iba por allí—. Venga, Santi, joder, no seas crío —me insistió, puede que un poco a su pesar, pues no olvidemos que estaba delante de todo su séquito.
—Mateo, ¿te vienes para el barrio, o qué? —oí que le preguntaba alguien que estaba un poco más alejado; pese a no girarme, intuí que mi amigo se había quedado solo junto a la verja del parque, y los otros se marchaban ya.
—Espera, tronco. No seais agonías, joder —les reprochó—. ¡Última oportunidad, Santi! —tuvo que elevar la voz, porque yo seguía alejándome; el maromo que había a mi lado sonreía, lo que me hizo gracia, como si le sorprendiera el empeño de Mateo en irme detrás.
—Que tenemos hambre, colega... -volvieron los del otro lado a la carga.
—Pues largaos, tío, no me toqueis los cojones con tantas prisas —acabó soltando Mateo, haciéndose luego un silencio a mi espalda; la voz de mi querido amigo se escuchó enseguida bastante más cerca—. Santi, tío, tampoco es para tanto, ¿no? Te estás comportando como una princesita ofendida... —fue su manera de disculparse (creo), mientras el que iba a mi lado levantó las cejas a modo de despedida, notando que yo había desacelerado mi paso—. Eres un poco cabrón, ¿sabes? Me jode que me hagas esto —el tono de su voz fue mucho más íntimo, más confidencial; ya volvíamos a estar solos él y yo, por eso me giré hacia Mateo y le miré desde detrás de los cristales de mis gafas de Sol.
—¿Qué es lo que te jode, que te avergüence delante de tus coleguitas?
—Ya estamos con la mierda de siempre... Me la suda lo que piensen, ¡vale! Saben que eres mi amigo, y que eso es sagrado, y lo que tengan que decir lo dirán a mis espaldas si no se quieren llevar una buena galleta.
Sonreí; no pude más que hacerlo cuando le vi allí plantado, cada vez más arriba en el pedestal de mis deseos, pero de pronto rebajándose para disculparse del único modo que sabía: a lo bruto.
—¿Amigos? —me tendió la mano.
—Vete a la mierda —empecé a caminar, pasando por su lado e ignorando su ofrecimiento—. Y que conste que acepto sólo porque tu madre ha dejado dos pizzas descongelándose.
—¿En serio? ¿Y tú cómo lo sabes? —su brazo se enroscó en mi nuca, sus axilas sudadas contra mi cuello.
—Me lo ha dicho ella esta mañana.
Me dejé coger por él, como de costumbre; me dejé arrastrar por su infinito poder de seducción; me dejé querer por aquel abrazo lleno de cariño.
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Mientras Mateo se duchaba, no lo pude evitar.
Sus zapatillas estaban tiradas a los pies de la cama; los calcetines, mal caídos a su lado. El pantalón de chándal echo una bola sobre la cama, y la camiseta a punto de caer del borde del colchón. Él se había quedado en calzoncillos y se había colgado la toalla a la espalda antes de dejarme a solas en su cuarto.
La "fragancia" de Mateo se había dispersado enseguida por toda la habitación, y yo quería impregnarme con ella. Olisqueé aquellas zapas blancas y estrechas, el sudor de los pies de aquel chaval tras un partidillo entre colegas. Restregué la entrepierna de aquel suave pantalón contra mis mejillas, luego me la pasé por los huevos, sintiendo un contacto sedoso y agradable. ¡Ojalá hubiera dejado allí también su slip, para embriagarme con la resaca perpetua que era desearle como yo le deseaba!
Me escondí la polla endurecida hacia abajo para que Mateo no descubriera que estaba empalmado cuando volviera a la habitación. Al llegar mi turno, fui hasta el cuarto de baño vestido, pero una vez allí me desnudé, puse el cerrojo y busqué el ansiado slip en el cubo de la ropa sucia: estaba enrollado en un lateral; lo saqué, le di la vuelta y lo estiré sobre la taza del váter. Me arrodillé. Quería tener las manos libres.
Me amorré a aquel pequeño calzoncillo y lo empecé a lamer en sus partes más húmedas. Los fluidos de Mateo era una esencia de auténtico gourmet, y por eso los chupé, porque no podía chupar lo que hubiera deseado. Con un mano me cepillaba el rabo a buen ritmo, y con la otra alternaba entre masajear mis cojones y apretujar mis nalgas. Los lechazos se estrellaron contra la cerámica de la parte baja de aquella taza...
—¿Nen, estás visible? —poco después de mi pajote—. ¿Puedo pasar a poner la ropa a lavar?
—Pasa, pasa.
Yo estaba metido en la ducha, con la mampara ya corrida; con la corrida ya limpia. Había quitado el pasador antes de empezar a ducharme. Vi su sombra moviéndose al otro lado de la mampara durante interminables segundos. "Voy a poner ya las pizzas en el micro, ¿vale?", me informó, a lo que le respondí con un escueto "Ok". La relajación tras el pajote y la ducha me dejó en un estado de auténtica modorra. Hambriento y de nuevo resacoso.
Llegué a la habitación con los gayumbos limpios puestos. No era plan de pasearse en pelotas. Mateo llevaba unos boxer holgados y sin camiseta, mostrando fibra y músculos por doquier. Su torso casi perfecto ya no era un misterio para mí. Lo había analizado casi quirúrgicamente durante el proceso de nuestra amistad, hasta ser capaz de describir cada centímetro de la piel morena que recorría su cuerpo de la cabeza a los pies. Sólo me faltaba "aquello": su imponente culo, y la mil veces imaginada polla que escondía bajo la ropa interior.
Mientras se cocinaban las pizzas, ambos nos encontrábamos en el cuarto, en donde el aire condensado olía a calcetines sudados. Abrió un poco la ventana, como si pudiera escuchar de nuevo las palabras de su madre aquella mañana.
—Tú eres gay, ¿verdad? —sin venir a cuento, Mateo me sorprendió con una pregunta que me dejó descolocado; si hubiera tenido un medidor de libido, en aquel instante la aguja hubiera caído en picado, entrando en zona de peligro—. A ver, no me mires así, sólo es curiosidad. Si lo eres, bien, y si no, pues nada... —de nuevo mostrando esa extraña forma de hacerme entender que yo era su colega, contra viento y marea.
—Creo que sí lo soy —decidí responder abiertamente; era absurdo tratar de negar una evidencia como aquella—. ¿Eso te supone algún problema?
—A mí no —pilló la sábana de su cama y empezó a airearla—. ¿Y a ti?
—¿El qué, ser gay? Pues claro que no me supone ningún problema.
—¿Y el hecho de que yo no lo sea?
—Eso es algo con lo que cuento, colega —le ayudé a cubrir el colchón de nuevo, atrapando las gomas elásticas de la sábana blanca en las esquinas de mi lado—. Lo que me sorprendería de verdad sería precisamente lo contrario.
Allí estábamos los dos, haciendo la cama con insuperable naturalidad, mientras hablábamos de mi tendencia sexual como si comentáramos el partidillo de aquella mañana. "Entonces todo bien, ¿no?", concluyó, pragmático. "¡Pues venga, colega, vamos a por las pizzas, que me crujen las tripas!". Poco después, sentados en el sofá, viendo la tele y bromeando, empezamos a zampar.
—¿Es algo muy evidente, que soy gay? -le pregunté, volviendo al tema que habíamos iniciado en su habitación; me había encantado que asumiera con tanta normalidad mi declaración, pero no quería que aquella conversación quedara en una mera anécdota.
—La verdad es que no lo había pensado hasta hoy, si te soy sincero.
—Supongo que se me nota demasiado que no soy tan machote como tus amigos, ¿no?
—Pues no creo que haya sido eso —verle masticando pizza y hablando al mismo tiempo de mi homosexualidad, era algo que se me hubiera antojado surrealista de no estar viviéndolo en directo—. No me digas por qué, pero he querido ponerte a prueba.
—¿A prueba? —arqueé las cejas, sin intuir de qué hablaba.
—Sí, bueno, una tontería, nada más. Cuando me he desnudado en la habitación, he dejado mis cosas por ahí tiradas, como de cualquier manera, pero fijándome bien en cómo estaban. Y cuando he vuelto de la ducha, todo movido.
—¿Pero qué dices? —explicado tan fríamente, Mateo logró que me viera a mí mismo como un tío extraño y perturbado; la negación me surgió casi por inercia.
—Venga, Santi, no te hagas el tonto, que ya te he dicho que por mí no hay ningún problema...
—¡Pero que yo no he tocado tu ropa apestosa, tío!
—La ropa y las zapatillas, colega... ¿Y el calzoncillo del cubo de la ropa sucia, tampoco lo has tocado? —sonrió—. Tronco, que lo he dejado enrolladito y después lo he visto ahí, estirado como si me saludara...
—¡Qué cabrón! —me rendí a la evidencia, ligeramente sonrojado por la vergüenza de saber descubiertos mis fetiches onanistas—. Debes pensar que soy un enfermo, ¿no?
—No, ¿por qué? Simplemente me hace gracia —estiró la mano para coger otro trozo de pizza—. ¿En serio te pone el olor a sudoraco de tío? ¿Y las bambas apestosas, macho?
—Puede que un poco —me encogí de hombros—. No sé, las he visto ahí tiradas, y he sentido curiosidad por comprobar a qué olían, nada más.
—A queso sudado, tron, ¿a qué querías que olieran?
—No sé, a lo mejor es que soy un poco fetichista —medio admití.
—Entonces, el rollo bakala chandalero te la tiene que poner súper tiesa, ¿no?
—¿Tú qué crees? —muy a la gallega, respondí sin responder.
Dimos buena cuenta de la comida. Al terminar, se golpeó la barriga bien llena y abultada. Después soltó un sonoro eructo y sonreímos satisfechos.
—Tengo la tripa llena, macho. Ahora una buena siestecita, y como nuevos.
—¿Te vas a ir a echar la siesta? —le pregunté.
—No hemos dormido ni cuatro horas, tronco... Yo necesito tumbarme un rato —dicho esto, se puso en pie y caminó hasta las escaleras que llevaban al piso de arriba—. ¿Tú qué vas a hacer, entonces?
—Pues nada, voy a dejar esto en la cocina, y ahora subo- no me iba a venir nada mal echarme un rato en la cama.
Además, aunque no conciliara el sueño, pues yo no era muy dado a las siestas de media tarde, al menos podría estar relajado y pensando en todo lo que había sucedido aquel sábado. Llevé los cacharros a la cocina y subí al cuarto. La persiana estaba medio bajada, la ventana algo abierta, Mateo aparentemente ya dormido.
Tiré de la sábana de la cama supletoria hacia abajo, y no pude más que exclamar un "¡Qué cabrón!" bastante sonoro. La carcajada que oí a mi espalda no dejó lugar a dudas de que mi buen amigo se lo estaba pasando en grande cachondeándose de mí. Sobre mi cama, el slip blanco que había estado lamiendo un rato antes en el baño.
—¿A que parece que te esté saludando? —dijo Mateo, entre risas—. Pues lo mismo he pensado yo, colega, cuando he visto que lo habías estado toqueteando...
Continuará...