ORAL XXV

 

 

 

TORRENTE

Lo sentí en ese momento. No era más que una flecha en su arco, preparando, laborioso, mi tembloroso cuerpo. No esperó más, y en un instante se convirtió en creador y asesino, dándome vida y quitándomela, entrando impávido en mis inconclusas fibras. De mis ojos brotaban los condimentos que otrora reflejaran tristeza pero en ese instante solo reflejaban el mas grande y placentero dolor. De mis valles, explotaba en ebullición el tormentoso río rojo carmesí, llevándose consigo restos de mí. Estaba hecho. Ya no me pertenecía, le pertenecía a él y así lo había deseado. Impune continuó el azaroso vaivén y mi húmedo y agotado cuerpo ya no ofrecía resistencia a los embates.

… Todo ha terminado. Ahora sólo recorre lentamente mi agotada geografía el tibio líquido, mudo testigo del placer que ya era sólo un recuerdo.

Jacobo recorrió la estancia, pero ya estaba perdido, se había ido. Divisó a los lejos los caballos negros que se perdían en la densa niebla de sus más oscuros deseos, y en ellos, Manuel se despedía, mostrándole los labios de los que Jacobo había sido dueño aquella noche. Pasarían minutos, días, siglos o quizás nunca volvería, se fue a dormir, era inútil seguir en la calle a tan altas horas de la noche.