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FLOR DE TRÍO La primera de las noches, nos encontró a los tres completamente desnudos y revolcándonos arriba de la cama; éramos una maraña de bocas, lenguas y manos chupándonos, lamiéndonos y manoseándonos tan desesperadamente
Hace un tiempo atrás recaló circunstancialmente en esta ciudad (Comodoro
Rivadavia), una pareja “gay” conformada por dos muchachos cuyas edades oscilaban
entre los veinticinco y treinta años, quienes permanecieron por un corto período
de tres o cuatro días; estos dos buenos chicos habían decido unir
momentáneamente sus vidas, según lo que ellos mismos me comentaron al respecto,
únicamente por razones de índole sexual, sin que nada tuviese que ver en esa
decisión, cuestiones amorosas, sentimentales, afectivas, etc., es decir,
solamente lo habían consumado para satisfacer sus deseos y necesidades más
naturales.
El “cómo” estos muchachos tomaron contacto conmigo es algo que no viene al caso
y lo realmente importante y trascendente fue que ya la primera de la noches, nos
encontró a los tres completamente desnudos y revolcándonos arriba de la cama;
éramos una maraña de bocas, lenguas y manos chupándonos, lamiéndonos y
manoseándonos tan desesperadamente, que resulta imposible encontrar las palabras
o frases exactas para describir fehacientemente la forma y la manera tan
alucinantemente excitante de esa relación sexual.
Los chicos eran realmente lindos y con sus cuerpos muy bien cuidados y yo, algo
mayor que ellos, pero gracias a que aparento mucha menos edad de la que tengo,
no desentonaba para nada al punto que hasta parecía el menor de los tres;
obviamente lo que más les llamó gratamente la atención sobre mí, fue tal y como
no podía ser de otra manera, mi hermosa y femenina “parte trasera” (inclusive
tuve que comentarles una y otra vez que esa zona de mi cuerpo era total y
absolutamente natural, que no había allí nada artificial y que todo respondía a
un “obsequio” que me había hecho “la madre naturaleza”, durante la época de mi
desarrollo hormonal).
En el plano estrictamente sexual, estábamos, como dije anteriormente, los tres
sobre la cama y haciendo absolutamente “de todo”; sin un orden establecido de
antemano y sin un “hilo conducto”, los tres nos besábamos en la boca, nos
chupábamos tetas, pijas y culos y nos manoseábamos indistintamente; eran tres
bocas, tres lenguas y seis manos dedicadas exclusivamente a dar y recibir
placer, gozo y satisfacción a su máxima expresión.
Durante mi vida, he de haberme comido cientos de vergas, pero cada vez que estoy
ante una de ellas, me agarra la misma desesperación, los mismos deseos
desenfrenados; una pija me “puede”, me “saca”, me “da vuelta”, me “hace
desvanecer” y hasta “perder el conocimiento, el sentido, la orientación, el
tiempo, etc.” y en un determinado momento de la cogida tuve ante mí las dos
pijas, así que simplemente mis estimados lectores, dejen volar su imaginación,
cierren los ojos e intenten visualizar mi estado de excitación al respecto.
Gritos, alaridos, gemidos y jadeos a los cuatro vientos, eran una expresión
clara de que yo había perdido todo signo de raciocinio y que en ese momento lo
único que quería era abalanzarme sobre esos dos preciosos “mástiles” y ello fue
precisamente lo que hice; con una excitación por la nubes empecé a lamer, besar,
acariciar, chupar, refregarme por cara, tocar, manosear y comer en definitiva
ambos manjares.
Mientras devoraba literalmente una de las vergas, agarraba fuertemente a la otra
como para tenerla retenida y que no me la quitasen y la “frutilla del postre”
fue cuando me metí ambas porongas en la boca; casi “muero” de placer y solamente
una fracción de segundo en la que recuperé literalmente la razón, evitó que le
clavase los dientes a esas espectaculares pijas.
A todo esto, los muchachos, lejos de ser meros observadores de la apasionada
“mamada” que yo les estaba propinando a sus respectivas, vergas, huevos y “matas
enruladas de pendejos”, se besaban fogosamente en la boca, mientras que con una
de sus manos pellizcaban mis tetillas y con la otra, se toqueteaban los
“cachetes” y hurgaban con sus dedos en sus anos; era como si boca, lengua y
manos debían estar ciento por ciento activas en todo momento y no debían tener
descanso alguno.
Después de que los tres nos hicimos y nos dejamos hacer absolutamente “de todo”,
llegó el sublime instante de las penetraciones; un arsenal de preservativos
preveía que aquella no iba a ser una cogida “común y silvestre” ni mucho menos y
obviamente no lo fue para nada y así, mi hermosa cola, recibió un sin número de
“vergazos y pijazos” como no los había recibido en años.
Si bien “la cosa” era “todo y entre todos”, mi contextura física mediana, más
bien chica, hizo que los muchachos me “manejaran” y me “maniobraran” con mayor
facilidad y yo no puse ningún reparo al respecto, sino que, por el contrario,
dejé que ellos hiciesen todo lo que quisiesen hacer.
No se imaginan (o si alguno de los lectores ya ha experimentado algo similar) lo
que fue aquello; “el perrito”, “piernas al hombro”, “de costado”, “de parado” y
cuanta posición se nos ocurría en el momento, ya fueran de las más conocidas u
otras, que inventábamos repentinamente; el hecho de tener una verga en el culo y
otra en la boca sin reparar en quienes eran los dueños de una y de la otra, no
hacía más que acrecentar ese instante de placer, de gozo y de satisfacción
inconmensurable y alucinante.
Tal era la fogosidad y el ímpetu de aquella fenomenal cogida que, cuando una de
las pijas entraba en su etapa de flaccidez natural y ya no había manera de
volverla a parar “ni con un crique”, entraban en acción las lenguas y los dedos
de las manos, con el propósito de que en todo momento hubiese una penetración
propiamente dicha y, como no podía ser de otra manera, terminamos los tres
absoluta y completamente exhaustos sobre la cama, empapados en sudor y en
“sexo”, pero besándonos en todo momento y metiendo “los dedos en los culos”,
como una manera de no “deshacer la maraña” y como si, aquel trío, no debía ser
“separado”.
Autor: WALTER H.
walterculindohache (arroba) yahoo.com.ar