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DULCE SABOR DE JUVENTUD Su modo de poseerme fue tan magnífico como un salto en paracaídas. Fue tan tierno, apasionado y cariñoso que la fuerza con la que me penetraba era el complemento perfecto

 

 

Como buen chileno que soy, hasta hace dos meses atrás me costaba creer que en un país como éste existieran los medios para que un joven homosexual como yo, de apenas veintidós años, conociera a esa persona especial que todo el mundo espera encontrar a la vuelta de la esquina. Sin embargo, esa tarde de sábado ocurrió algo tan memorable, que vale la pena no sólo publicarlo aquí sino que también gritarlo a los cuatro vientos.

Para empezar, sería bueno admitir que pese al radiante sol veraniego que penetraba por la ventana de mi habitación esa mañana, no estaba de ánimos para nada, pues mi padre saldría con sus socios de la oficina a una "reunión social" que duraría toda la jornada en casa de tío Oscar, ubicada en Chicureo; el problema estaba en que mamá no deja que papá salga solo y por lo tanto, yo debía quedarme cuidando la casa, sin tener nada entretenido que hacer.

A eso del mediodía me levanté cuidadosamente para no despertar a nadie por si ellos aún se encontraban en casa, pero al llegar a la cocina, mi sorpresa fue mayúscula al ver una breve nota pegada en la puerta del refrigerador; al estilo gringo; que decía: "Hijo: tu papá insistió en partir temprano para no perderse de nada en la reunión con los compadres. Llegaremos a eso de las once, no antes, así que ten cuidado y si sientes bulla, por favor no te hagas el valiente. Hay comida en el refrigerador y dinero en la mesa, por si quieres algo extra, no lo malgastes. Sentimos no habernos despedido, pero sabemos que todo estará bien".

Por supuesto, la última frase me gritaba que no podía ser tan imbécil como para desaprovechar el día. De hecho, se me ocurrió algo increíblemente estupendo: desde hacía un mes que mantenía correo electrónico con un tal Víctor, de veinticuatro años, que respondió a uno de mis anuncios de contacto en una página homosexual. Ya nos habíamos hablado por teléfono y en una de esas llamadas, acordamos que a la primera oportunidad nos encontraríamos para conocernos personalmente. Pues bien, ni tonto ni perezoso dije "¡Ésta es la mía!" y de inmediato lo llamé: Yo: Hola, ¿estás solo? Víctor: Sí. ¿por qué? Yo: Porque yo también, y estaré solo hasta las once. Víctor: A ver, déjame entenderlo, ¿tus papás no están? Yo: ¿vienes?

Con apenas el tiempo necesario, me bañé y acicalé, pues un poco más rápido que una bala, Víctor tocó el timbre y yo, un tanto ansioso y nervioso, salí a su encuentro, pretendiendo que nos conocíamos desde hacía años.

Cuando estuve fuera, abrí el portón y allí estaba él: de 1,80 metros, delgado y bien formado, cabello negro y piel mestiza, ojos color café claro y muy grandes, de buen trasero y músculos firmes; definitivamente era algo que garantizaba plena satisfacción al ver aquello que cubría la ropa. Vestía una polera blanca con una inscripción de "GOOD BOYS'S LAND"; lo que me pareció un tanto pretencioso, pantalón de mezclilla negro y desgastado, calcetas grises y mocasines oscuros.

Yo en cambio, estaba con el pelo mojado, camiseta azul ceñida, pantalón blanco delgado y sandalias cerradas obscuras. Como podrán ver, era todo un David Beckham latino (sarcasmo).

De inmediato lo invité a pasar y después de presentarnos formalmente, serví el almuerzo, como todo un metrosexual; no digo, aunque en realidad lo que quería comer era a él. Pero contrario a lo que podría esperarse, luego de un mes de hablar de todos los temas posibles por correo electrónico, era algo incómodo iniciar una charla atrevida estando frente a frente.
Víctor: ¿Y por qué estás solo? Yo: Mis papás fueron a una reunión social, con los colegas de mi papá.
Víctor: ¿Tienes algo entretenido qué hacer? Yo: Películas porno gays, revistas gays, piscina, música, cable...
Víctor: Yo también traje películas.
Yo: ¿Y en qué topamos? Víctor: Es que con el calor que hace, viendo esas películas nos vamos a azar.
Yo: ¿Y qué se te ocurre? Víctor: Veámoslas en pelotas, si te atreves.
Yo: Me atrevo a andar todo el día en pelotas si quieres..., pero, ¿y tú? Víctor: Ahora mismo me empeloto.

Dejó de lado el plato, se puso de pie y comenzó por quitarse la polera; su torso era magnífico. Como yo no podía hacer menos, de inmediato me saqué el pantalón y las sandalias. Nuevamente quedé sin aliento al ver que Víctor traía una sunga diminuta y transparente de color negro, pero el detalle es que sólo por delante la tela era más obscura, dejando a la imaginación el gran bulto que se le notaba.

Terminamos de desnudarnos y obviamente, dejamos de lado el almuerzo, pero me ayudó a recoger y limpiar los trastes. Fue tan extraño recorrer en bolas la casa como si nada, pero poco a poco nos acostumbramos y después, mientras veíamos las películas, comenzamos a acariciarnos y besarnos tiernamente, aunque sin excitarnos del todo, como si hubiésemos sido una pareja de tomo y lomo.

Al terminar la segunda película; "Frisky Summer 4", no hicimos el amor, sino que salimos al jardín para asolearnos. Pero luego de aplicarnos bloqueador en todo el cuerpo, nos dedicamos a juguetear y corretearnos por el pasto y el patio e incluso, intentamos trepar el limonero como un par de monos, pero después de casi caernos, optamos por trepar el manzano, que es más bajo.

Una vez arriba, nuestra charla sólo se vio interrumpida por besos y caricias que cada vez me parecían un preámbulo más agradable de lo que obviamente vendría después.
Pero como a eso de las tres, el calor era tan insoportable que mientras yo abría un par de latas de cerveza y bebida para ponerles hielo, Víctor buscaba toallas para que fuéramos a la piscina que por cierto, lo tenía alucinado.

Víctor: Yo nunca pensaría en tener una piscina tan grande en mi casa. Yo: La verdad es que aquí se nos complica un poco mantenerla, porque el jardinero se encarga de limpiarla, pero en verano viene tres veces por semana y eso no es suficiente.
Víctor: ¿No viene hoy? Yo: Sí. Podríamos hacer una orgía.
Víctor: ¿Es en serio? Yo: No, tonto, ¿cómo se te ocurre?

Al meternos en la piscina, Víctor no dejaba de chapotear y lanzarme agua. Es tan juguetón que de pronto, me tomó en sus brazos y aprovechó de recorrerme entero. Yo por otro lado, me bajé y por primera vez, me sumergí para mamar un pene, que creció impresionantemente, hasta ponerse largo, grueso y duro como el acero.

Víctor me sacó inmediatamente y junto con besarme, me arrastró sutilmente hasta el borde, donde por fin al salirnos, corrió al interior de la casa.

Víctor: No te muevas; espérame aquí.

Regresó al poco rato, con un condón puesto en su enorme tronco y un envase de vaselina sólida. Sin tener necesidad de indicármelo, me senté en la silla de playa reclinando el respaldo y levanté mis piernas, dejando mi casto ano a su entera disposición. Él se acercó rápidamente sin dejar de acariciar su miembro, se agachó y luego de untar los dedos de su mano derecha en la vaselina, los introdujo en mi ano para lubricarlo suavemente.

Me sentía tan plenamente excitado en sus manos, que sólo me entregué a nuestros deseos. Su modo de poseerme fue tan magnífico como un salto en paracaídas. Fue tan tierno, apasionado y cariñoso que la fuerza con la que me penetraba era el complemento perfecto.

Nuestro sudor y aromas naturales se mezclaron hasta formar uno en el que no podía distinguirse diferencias entre él y yo. Me hinqué en el suelo y una vez más lamí sus genitales para mojarlos por completo con mi saliva y llegar hasta sus nalgas, que besé como si se tratara de la piel de un bebé.

Su recto me pareció tan delicioso y húmedo que no pude evitar las ganas de darle un beso con lengua ahí mismo. Sus gemidos eran música celestial para mis oídos y más aún cuando se acercó para masturbarme, hasta hacerme acabar sobre su pecho de una forma escandalosamente abundante. Él en tanto, retiró el condón de su erecto pene.

Víctor: ¡Mastúrbame, mi amor! A medida que lo hacía, sus gemidos se convertían en gritos de placer y yo jadeaba como atleta asmático al final de la maratón. Víctor: ¡Te amo..., te amo, te...! Yo: ¿Cuánto me amas? El chorro en mi rostro fue explosivo, pero después de cuatro horas y media de acabar una y otra vez, el apetito de piel lógicamente pasó a ser hambre de comida, así que pedimos una pizza a domicilio y nos saciamos.

Fue muy cómico ver el rostro de sorpresa del repartidor cuando Víctor le abrió la puerta de entrada, completamente desnudo, para pagarle.
Víctor: Buenas noches. ¿Cuánto es? Repartidor: Son..., son ocho mil ochocientos noventa pesos, señor.
Víctor: Aquí tienes nueve mil quinientos. Gracias.
Repartidor: A usted.

Mis padres regresaron a la hora de haberse marchado mi amor. Los siguientes diez días fueron agónicos sin él, porque sabía que existía la posibilidad de no vernos más. Aún hoy me siento un tanto culpable, pero feliz de que haya abandonado el seminario y no hiciera los votos de sacerdocio, abandonando todo eso para quedarse conmigo.
Saludos.

Autor: Carlos Flores A.