Esos propietarios particulares de esclavos suelen ser gente enormemente atractiva e interesante. Una de las cosas más divertidas es observar a los instructores procedentes de todos los rincones del mundo. Reconozco a un instructor en cuanto lo veo. Siempre hay quien trata de aconsejarte: ese esclavo tiene la piel demasiado frágil, nunca sacarás provecho de él; en cambio, ese otro tiene la piel suave pero muy resistente, o es mejor comprar una esclava con los pechos pequeños. Se pone a temblar, a llorar, mostrando la angustiosa soledad del esclavo desnudo sobre una plataforma iluminada, una exquisita tensión y un sufrimiento que constituyen una auténtica obra de arte. Pero, en cualquier caso, la mercancía que se ofrece en esas subastas es de primer orden. |