Su aliento olía a eucalipto. ¿Quieres que la llame de todas formas?—No, no hace falta. La complacencia del contacto sexual me hizo entrar en un creciente estado de éxtasis durante el coito. El pene fue adquiriendo de forma progresiva la rigidez leñosa de un tronco. Hablando entre dientes me suplicó que continuara, pero el desenfreno había hecho que a mis testículos no les quedaran reservas. Para llegar hasta allí tuve que pasar por encima de una pareja compuesta por un caballero famélico, y una preciosa chica pelirroja, pecosa y de piel clara con unos ojos de un verde tan resplandeciente, que más que globos oculares parecían gemas engarzadas por un joyero aficionado a la cirugía oftalmológica. |