Murmuré algo y ella asintió, ya lo sabía, pero debía decírselo otra vez: NUNCA LA DAÑARIA. Me acerqué a ella, y sin decir nada pegué mis labios a los suyos, aspiré la fragancia que había soñado, pero ahora era distinto, era real, era para mí, para nosotros ese momento, al abrir los ojos miré sus párpados, después también abrió los ojos y lagrimas comenzaron a aparecer de nosotros, lágrimas resbalando y confundiéndose al final del camino, y el beso prolongado se volvió un instante. Miré el refrigerador y al sacar la leche y cerrarlo apareció frente a mí como un fantasma. Mi otra mano bajó. Que complicación fue la estufa, pues el primero me quedó como un mapa tan deforme que reí al observarlo, y ella se unió a mi risa ante esa aventura que habíamos emprendido, se burlaba de mi hazaña y yo también, ¿Qué más podría hacer?, los siguiente fueron más sensatos y ya al quinto le agarré el truco y salió tan perfecto que incluso ella me felicitó (y apartó con una rápida arremetida de su mano y plato), unos minutos después tenía una poderosa montaña de panecitos horneados, mientras ella ya había terminado con la mesa, con los manteles, los vasos, los platos (y mi perfecto hot cake) y un pequeño dulce que pude ver en un costado de mi lugar. Sentí un roce, su mano me acariciaba la oreja, mi sien y mi cabello. |