La acaricié para calmarla. Tajura no regresaba de la hacienda de recreo que sus padres tenían en Al Fayum y yo me reconcomía de celos, rabia e impotencia. ―Está bien, pero mira cómo me sirves si no quieres acabar siendo azotado – le dije sabedor de que había sido injusto con él. Después de soltarle un latigazo le acercaba el pie a la cara para que la esclava se lo besara. Tuve que pasar por encima del cuerpo aovillado de Manet que yacía junto a la puerta de entrada, como un perro guardián. ―Pero si es una fiesta de mujeres – objeté. |