No era para menos. Os invito a que no os conforméis con un polvo convencional con la primera chica que pilléis. Al ver el llamativo coito interracial el ave fénix que pendía entre mi piernas resurgió de las cenizas del decaimiento y levantó el vuelo. Pero esa tía —prosiguió señalando con el índice la imagen del anuncio emitido de forma ininterrumpida—, esa tía seguro que no tiene nada de estrecha. Tenía unas cejas en forma de coma y una mandíbula poco pronunciada que nada tenía que ver con las mandíbulas cuadradas de las modelos de los anuncios de champús, pero no eran precisamente sus genes lo que me interesaba de ella. En aquel momento noté un dolor sordo en una mano, que me hizo intuir que el chollo de ser invisible estaba a punto de terminarse y debía alterar mis planes. |