A duras penas, conseguí situarme junto a ella y cuando llegué, la examiné con descaro. Puede que los fuertes embites hubieran dañado sus ovarios o su matriz. Los gritos de mi pareja, que estaba enfebrecida por el abrasador calor interno, ganaban en potencia. La vida está cargada de vicisitudes y perrerías, de modo que es fundamental encontrar una cómplice auténtica, que te inspire tranquilidad y, ante todo, que destile sinceridad por los cuatro costados. Resuelto a animarla, me incliné sobre ella, la giré y eché un vistazo a su parte delantera. Algunos filósofos incrédulos se habrían llevado una sorpresa mayúscula al comprobar que el arquetipo de perfección existía y estaba representado en esos pechos sublimes, rematados con un par de pezones que eran las guindas de los pasteles. |