Fíjese a donde me ha llevado. —¿A dónde va usted tan rápido?— preguntó la Doña— Cualquiera diría que ha visto al demonio. Fernando Mas Ulloa llegó un martes por la mañana a casa de Doña Hortensia por recomendación de una prima hermana suya llamada Josefina. Así que cogió velozmente la toalla, se tapó la erección que sufría y salió corriendo del baño al tiempo que las dos zorrillas soltaban una risotada. Esa noche, Fernando, sentado en el colchón de su cama, e intentando olvidar la experiencia del baño, miró a través de la ventana y perdió la vista entre los troncos de los árboles que pertenecían al bosque, distinguiendo entre la hirsuta maleza un enorme y viejo letrero de madera desgastada que contenía unas letras que venían a decir algo así como que la caza en aquellos terrenos de propiedad privada estaba penalizada con multas tan elevadas como la que tuvo que pagar una prima suya por conducir bajo los efectos nocivos de las drogas y el alcohol y propinar con furia una fuerte bofetada al policía que amablemente le pidió que hiciera la prueba de alcoholemia y el cual por desagracia no puedo presentarse al juicio porque murió atragantado mientras comía la sopa de letras que su esposa le había hecho una de esas sofocantes noches de agosto en las que el aire es tan cálido que uno tiene la sensación de faltarle el aire y no poder respirar. —¡Por Dios, Señor Mas U…—No. |