Esa noche, Fernando, sentado en el colchón de su cama, e intentando olvidar la experiencia del baño, miró a través de la ventana y perdió la vista entre los troncos de los árboles que pertenecían al bosque, distinguiendo entre la hirsuta maleza un enorme y viejo letrero de madera desgastada que contenía unas letras que venían a decir algo así como que la caza en aquellos terrenos de propiedad privada estaba penalizada con multas tan elevadas como la que tuvo que pagar una prima suya por conducir bajo los efectos nocivos de las drogas y el alcohol y propinar con furia una fuerte bofetada al policía que amablemente le pidió que hiciera la prueba de alcoholemia y el cual por desagracia no puedo presentarse al juicio porque murió atragantado mientras comía la sopa de letras que su esposa le había hecho una de esas sofocantes noches de agosto en las que el aire es tan cálido que uno tiene la sensación de faltarle el aire y no poder respirar. Sandra cerró la puerta por dentro con el pestillo —algo que se olvidó de hacer Fernando—, mientras su hermana metía la cabeza entre las cortinas con la intención de ver la polla del Señor Mas. —No bromee con esas cosas —dijo de repente, triste y apocado, con un tono serio, al tiempo que bajaba los ojos en lo que parecía un reflejo ocasionado por la vergüenza del momento, pero que era, en realidad, la fuga al terrible hedor que desprendía la boca de aquella porcina mujer—, se lo ruego. Las dos tenían bellos rostros, cabellos rubios y ojos de color guisante de la marca bonduelle. Del mismo modo que Fernando se sentía atraído por la mujer joven y bella, opuestas circunstancias despertaban en él un sentimiento contrario. ¡Ay! si yo fuera unos años más joven… le aseguro que no le dejaba escapar. |