AVISO: Esta historia no es nada que se parezca a lo que he escrito antes, pues hago llegar a los personajes a extremos con los que muchos de vosotros sentiréis asco fácilmente. Os pido que de ser así no la leáis. Repito. NO LA LEÁIS. Sé que con ella me ganaré muchas y muy malas críticas, pero tras escribir casi 70 historias para esta página, he llegado a la conclusión de que para gusto los colores, y vuestras mentes fantasiosas muchas veces piden más. Me considero un escritor dúctil y si puedo controlar relatos románticos, también puedo pasarme a lo más degenerado. Intento regirme por la ley de la oferta y la demanda. Advierto que esta historia no es para estómagos sensibles.

 

GENETICA AL EXTREMO 2

—¡Qué mal os lo pasáis! —dijo un voz ronca desde la puerta. Yo gire mi cuello para mirar hacia allí, en donde mi primo Fredo, permanecía apoyado en el marco, en calzoncillos y todavía con cara de dormido—. Anda que si no llego a levantarme a mear no me entero de vuestra fiesta —se cruzó de brazos. Dio unos pasos y entró en la habitación—. ¿Qué pasa, primo? —me preguntó, acercándose por la espalda y restregando su paquete embutido en unos slips por todo mi culo desnudo. Me besó en la nuca y me rascó con su dura barba de varios días.

Fredo era mi primo mayor, tenía 28 años y estaba delgado. Se llevaba sólo dos años con Jose Luis, que continuaba concentrado en su tarea de ordeñar a más no poder la roja polla del rottweiler, que había sacado su lengua y jadeaba. Fredo me agarró mi tiesa verga y me la meneó, sobándome el culo con la mano libre y dándome pequeños y húmedos besos en el cuello.

—Mi primito… —susurró entre tierno y cachondo, rodeándome con sus brazos y echando mi cabeza hacia atrás para comerme la boca.

Nos morreamos a la par que él friccionaba su paquete, ya húmedo de precum, contra mis nalgas. Entonces me giré, le rodeé el cuello con mis brazos y el me sujetó por el culo y la espalda, apretujándonos sin dejar de morrearnos. Mi primo Fredo era bastante atractivo y guapo, con un aire chulo y macarra que no compartía con su hermano Jose Luis. Jose Luis simplemente era un bestia, Fredo lo era también pero menos. Fredo era más sutil.

Nos sobábamos, nos enrollábamos como posesos, con nuestras pollas a tope. La de mi primo empezaba a asomar por encima de la goma del slip, así que tiré de ellos hacia abajo y le dejé en pelotas, pues los calzoncillos cayeron hasta sus tobillos.

Sobre la cama mi tío y mi primo Jose Luis seguían hincados de rodillas. El primero había dejado bien limpio el culo del segundo. Todo el gordo traserazo de Jose Luis estaba reluciente de saliva que se apegotonaba en los profusos pelos cubrían todas sus nalgas. Y mi primo, no cesaba en su empeño de comerse la polla de su perro. El pepino de aquel animal parecía una fuente, pues no dejaba de soltar líquido que mi primo no alcanzaba a tragar, de modo que unas densas cataratas de saliva, meado y presemen chorreaban por su barbilla y pecho, además de precipitarse sobre las sábanas y formar amplias marcas. Se sentía ya un poco ahíto y, en parte, empalagado de aquella sustancia, pero su intención era continuar hasta que el rottweiler le regalara toda su leche. Lo malo es que bien sabía que aquel perro, otra cosa no pero aguante sí tenía.

Mi tío abandonó el limpio trasero de mi primo y escaló por su espalda hasta su nuca. Se le puso encima, con su pecho pegado a la amplia espalda de Jose Luis y le habló en un susurro.

—¿Qué tal vas con la polla de Rocco? —preguntó mi tío.

—Bien —contestó Jose Luis—. Está muy deliciosa.

—Sí, verdad —acarició mi tío los morenos, amplios y revueltos rizos de la cabellera de mi primo.

—Pero este puto perro va a tardar en correrse —puntualizó mi primo, volviendo al instante a devorar la roja salchicha del can.

—Lo sé. Le tenemos bien entrenado —sonrió mi tío—. Pero ven. Si quieres puedes cambiar —dijo tirando hacia arriba de Jose Luis, que abandonó el cipote del rottweiler.

Mi tío se tumbó boca arriba en la cama, con la cabeza apoyada en la almohada y el cabecero. Separó las piernas, se acarició la raja y levantó éstas para mostrarle a Jose Luis la enrevesada maraña de pelo que cubría la entrada a su culo.

—¿Te apetece comerme el ojete? —preguntó a su hijo.

—Claro —sonrió Jose Luis, que volvió a ponerse a cuatro patas y se inclinó sobre el culo de mi tío. Del tirón hundió todo su hocico en aquella raja, mi tío estiró el cuello hacia atrás y gimió como un loco al sentir la boca de mi primo succionando de su esfínter hacia fuera.

Mi primo era un bestia succionando el culo de su padre sin piedad. Le sacaba todo el rojo esfínter hacia fuera. Pero mi tío le sujetaba la cabeza y le mantenía agarrado para que no dejara de hacer aquello. Entonces, mi primo se zafó y miró a su padre con una mirada furibunda.

—¡Joder! —exclamó—. ¡Cómo tienes el culo, cabrón! —declaró—. Menudo saborazo.

Mi tío sonrió malicioso.

—Eso es porque he cagado hace un momento —manifestó.

—¡Serás hijo de puta! —escupió, lanzándose sobre mi tío, abrazándose con fuerza y morreándose con demencia. Ambos compartiendo aquella sabrosa y caliente saliva. Dos fornidos machos como ellos, barriga contra barriga, pecho contra pecho, sudando y metiéndose la lengua con fiereza a pesar de ser padre e hijo.

Entonces mi primo se escupió en los dedos y se embadurnó su gordo capullote, retirándose la piel que lo recubría hasta la mitad. No tenía nada que envidiarle a mi tío, pues ambos tenían una talla de rabo similar. La principal diferencia estribaba en la forma de sus capullos, que el de mi tío parecía la cabeza de un torpedo y el de mi primo era tosco y gordo, sobresaliendo respecto al tronco. El caso es que se lo humedeció y, sin más, forcejeó un poco para levantarle las piernas a su padre, que sabía a ciencia cierta lo que se disponía a hacer Jose Luis.

—¿Me la vas a meter? —preguntó en un susurro.

—¿Te apetece? —respondió mi primo con otro interrogante.

—Nunca he sabido decir que no a una buena polla —sonrió mi tío.

—Pues entonces, toma.

Mi primo Fredo y yo pudimos ver como Jose Luis contraía sus nalgas y apretaba para calzarle a mi tío en los intestinos todo su cañón de caliente carne. Y lo cierto es que aquel rojo y entrenado esfínter ayudaba en la tarea, pues el grueso cipote entraba como el cuchillo en la mantequilla. Mi tío tenía un culo privilegiado, pues dilata sin apenas esfuerzo. Éste soltó un sonoro gemido de gusto al notar como aquel tremebundo trabuco se alojaba en su interior.

—¡Siiiiiiiii! —exclamó, mordiéndose los labios un momento después—. ¡Siiiiii, dame más! ¡Todo! ¡Mételo entero! ¡Hasta los cojones, hijo! —pedía el cabrón.

Mi primo Jose Luis no podía meterle más porque la tenía incrustada a tope. Y aún así, mi tío demandaba más como el hijo de puta insaciable que era. El madurito se separaba las nalgas y apretaba a mi primo cogiéndole del culo para que le entrara más, para notarla toda clavada en su interior.

—¡Que no te entra más! —exclamó mi primo—. Ya la tienes toda dentro. —Y se movió lentamente arrancándole a mi tío intensos gemidos de gusto. Su gorda polla estaba tiesa como un ciprés.

—Así, ¡muévete, joder! —decía caliente el maduro—. Sí, muévete —jadeaba mientras Jose Luis empezaba a meterla y a sacarla como un poseso, a todo tren, como una locomotora. Sus pieles comenzaban a perlarse de sudor a causa del esfuerzo.

Mientras, mi primo Fredo y yo disfrutábamos mirando el espectáculo, sobándonos, besándonos, acariciándonos. La polla de Fredo no era tan contundente como la de mi tío y mi primo Jose Luis, pero no estaba nada mal. Además ostentaba unos cojones pesados, muy peludos y que le colgaban de forma increíble. Jugueteaba con ellos en mi mano, pegándole tirones y pellizcándoselos. Sabía de buena tinta que aquello le gustaba a Fredo, que no paraba de darme besos en el cuello y de menear mi nabo en el aire sin quitar ojo a su padre y a su hermano.

Rocco, el rottweiler, aburrido y viendo que no le hacían caso, salió de la habitación, con su rojo nabo ocultándose lentamente. Sonreí y miré a Fredo.

—¡Mala suerte! —bromeó en referencia al can.

—Quizás tú podrías hacer algo por él —dije.

Fredo abrió los ojos como platos y me miró interrogante.

—No. Hoy no me apetece —contestó.

—Bien —zanjee el tema.

Si le había dicho aquello era porque más de una, dos, tres y cuatro veces había visto a mi primo Fredo pasárselo de vicio con el rottweiler. Bueno, ¿quién de aquella habitación, exceptuándome, no lo había pasado de vicio con aquel perro semental? Pero es que me impactó el día que descubrí a Fredo en el salón, desnudo, con las rodillas en el suelo, su velludo torso apoyado en el asiento del sofá, con el culo en pompa y Rocco metiéndole todo su chorreante pepinazo. Recuerdo a mi tío y a mi primo Jose Luis sentados en el sofá, mirando atentamente la cara de placer y de sufrimiento de Fredo, que gemía, gritaba y se revolvía atenazado por las fuertes patas del rottweiler, que embestía como loco mientras mi primo mayor soltaba tremendas obscenidades al aire.

—¡Qué polla más gorda! —decía—. Es la más gorda que me han metido nunca. ¡Siiiii! —gritaba.

Y mi tío y mi primo Jose Luis le animaban a que se moviera para disfrutar el doble y el triple de aquel perro descuartizador con un rabo como un bate de béisbol.

—Vamos, abre bien el ojete para que te lo meta todo —le decía mi tío.

—¿Más? —preguntaba desfallecido Fredo—. ¿Cómo va a meterme más? Es imposible. Me tiene lleno… —gemía—. Me va a reventar, papá. No sé como tú lo puedes soportar. Es demasiado… —gritaba angustiado y a la vez ido de placer. Y el nardo del perro no dejaba de inflamarse en su interior, de llenarle de caliente líquido, soltando chorros como si fuera meado.

—¿Te gusta? —le interrogó mi tío.

—¡Sí, joder! —exclamó Fredo, mordiendo el sofa—. ¡Me encanta! —decía con su polla como el acero, babeando líquido preseminal y jalándosela sin parar.

Y el clímax llegó cuando el perro consiguió alojar su bola dentro del culo de Fredo, que eso si que le reventó el esfínter, pues el grito se debió de oír en todo el vecindario. Acto seguido llegó la corrida del rottweiler mientras al mismo tiempo se venía Fredo, incapaz de dejar de chillar de dolor y placer, con lágrimas en los ojos, con su rostro hundido en la barriga de su padre, que le acariciaba la nuca para tranquilizarle. Aquella fue la primera vez que Rocco se follaba a Fredo, y así la recordaba yo en mi mente. Como incontables veces recordaba ver a mi tío ser follado por otros rottweilers, pastores alemanes, dobermans o pitbulls. O sea, que el muy cabrón ya era experto en esos menesteres. Incluso en una sola tarde.

Mientras rememoraba aquel momento, sobre la cama, mi primo Jose Luis continuaba petándose a su padre, que había empezado a bramar como los toros, ya que el bestia de su hijo le embestía con una considerable violencia, haciendo sonar los muelles del colchón.

—¡Sí, vamos! ¡Más fuerte! —le pedía a su hijo, mientras le espachurraba sus fofas y peludas tetas con sus manazas, cosa que a Jose Luis le encantaba, que le agarraran de la carne con fuerza hasta hacerle daño. Es más. Al muy bestia le iba que le diesen caña pero a lo burro. Y de que cogiese el gusto a esto se había encargado mi tío—. ¡Fóllame más fuerte! —le pedía.

Pero más fuerte era imposible, pues mi primo ya le sacaba todo su cimbel del ojete y se lo volvía a clavar como un relámpago, de un solo golpe. Estaba siendo una follada salvajísima, como era normal entre ellos, y sudaban a chorros por cada poro de su piel. Estaban rojos, casi sin respiración, pero no bajaban el ritmo. Me extrañaba que pudieran sobrarles kilos todavía.

—Como se lo montan estos dos cabrones —comentó Fredo en mi oído mientras se masturbaba—. Me están poniendo malo.

—A mí también —dije.

—¡Joder, papá! ¿Es que eres incansable? —preguntó Jose Luis, destrozado y hasta la polla de cabalgar a mi tío salvajemente.

—Es que necesitaría a unos cuantos como tú para que me dejaran satisfecho —sonrió el maduro orgulloso—. Parece mentira que no me conozcas.

—¡Me cago en la puta! —soltó mi primo, que le sacó la polla y se bajó de la cama, quedándose de pie a nuestro lado. Mi tío nos miró, llevándose un par de dedos a su super dilatado culo. Se introdujo tres del tirón y gimió de gusto—. ¿Me vais a ayudar? —nos preguntó mi primo.

—Yo si se la meto, me corro ya—le informó Fredo, que estaba ya a tope. Lo mismo que yo.

—Joder, pues venga entonces —se conformó Jose Luis.

Mi tío sonrió.

—¿Me vais a hacer un rico pastel de crema en el ojete? —preguntó.

—Ahora mismo, papi —contestó mi primo Fredo, hincándose de rodillas en el colchón y apuntando directamente al culo de mi tío, que recibió el pollote de éste, algo más delgado que el de Jose Luis, con un gusto tremendo.

Fredo comenzó a moverse rápidamente, contrayendo y relajado su delgado culito, cubierto de vello como el de Jose Luis, que se acercó a su hermano y empezó a tocarle todo el culazo mientras se follaba a mi tío.

—Vamos, hermanito. ¡Dale polla a papá! ¡Venga! ¡Llénale las tripas de leche! —le animaba Jose Luis.

—Sí, ¿quieres que se la de? —repitió el mayor.

—Sí, venga —decía Jose Luis, que se inclinó hacia delante y se comió la boca con su hermano.

Fredo duró poco más, pues comenzó a convulsionarse y a gritar de placer mientras mi tío le imitaba. Le tuvo que soltar buenos trallazos de leche porque aquel agujero rebosaba una densa y blanquecina sustancia.

Era mi turno. Sin decir nada, mi primo Fredo se apartó, me clavé yo de rodillas y apoyé mi nabo de 15 cm en aquel ojete bien lubricado con la corrida de mi primo mayor. La suave sensación recorrió todo mi capullo y después el tronco de mi verga, que entró como si nada. Di un par de embestidas y me corrí de lo cachondo que estaba, a la par que mi tío me hundía su lengua en la boca. Me quedé un momento tumbado sobre él, relajado, sin dejar de besarnos y de acariciarnos, recuperándome de las convulsiones. Entonces me pidió paso Jose Luis. Como pude me aparté. Era su turno.

Pero en vez de clavarle su nardazo venoso por el culo, se subió para arriba.

—Te zampas mi leche, eh, papá —dijo. Y le encasquetó en toda la boca toda la polla, que mi tío comenzó a mamar y succionar como un lactante.

Jose Luis jadeaba y le follaba los gruesos y apretados labios a su padre, que a su vez le manoseaba su gordo culo peludo y sudado. Pero Jose Luis no perdía ocasión y recorría con sus manazas callosas toda la tripa de su progenitor, así como sus tetazas, de las que tantas veces nos habíamos colgado durante largas horas de siesta a morderlas, chuparlas y mamarlas, turnándonos, consiguiendo que al día siguiente hasta el roce de la camiseta se volviera insoportable para mi tío, con sus pezones amoratados. Pero él siempre nos demandaba hacer ese tipo de locuras perversas y cachondas.

—¡Me corro! ¡Me corro! —avisó mi primo.

Mi tío, sin soltar el gordo cipote de Jose Luis, comenzó a tragar los intensos chorrazos que escupían los redondos huevotes de su hijo. La verdad es que Josete para las corridas era como un caballo, muy acordes con su envergadura corporal. Jose Luis podía echar siete chorros grandes como menadas y luego dos o tres minúsculos. Pero mi tío era un buen bebedor y se tragaba la salada y grumosa leche como si nada, a pesar de su abundante cantidad, gimoteando ante el placer en su paladar y dejando escapar ya aquel nardo bien limpio y reluciente.

Mi primo se cayó de culo en la cama. Abatido y destrozado. Debía de estar muerto de cansancio. Recuperándose un poco, miró a mi tío, tirado sobre la cama.

—Ahora te toca correrte a ti, papá —dijo Jose Luis.

—¿Yo? —se dijo mi tío—. No. Por mí no os preocupéis que con esto voy bien servido. No necesito correrme. —Nos dejó pasmados. Se levantó de la cama y se dispuso a salir de la habitación como si no hubiera pasado nada—. Y ahora vestiros que van a venir vuestra madre y vuestra tía con la vecina.

—Pero… —fue a rechistar Jose Luis.

—Sí, lo sé —dijo mi tío sonriente—. La chupadita que le estabas haciendo a Rocco y el desayuno que te había prometido tendrán que esperar a otro momento, que ahora tenemos visita.

—¡Pero qué hijo de puta! —soltó mi primo entre cabreado, alucinado y divertido.

Mi tío desapareció por el umbral de la puerta. Yo miré a Jose Luis, sentado en la cama y luego a Fredo, mi primo mayor, de pie junto a mí. Éste giró su cuello para mirarme, me cogió de la barbilla y me soltó un largo morreo. Después se apartó y me habló.

—¿Relajado?, primo —preguntó.

—Ya lo creo que sí —respondí laxo.

—Ha estado bien —se dirigió a su hermano—. Hacía ya unos cuantos meses que no montábamos algo así.

—Esto ha sido muy light —apuntó Jose Luis, sobándose su sudada barrigota, bien peluda, y luego meneándose su fláccido y arrugado cipote—. A ver cuándo convencemos a papá para montar una buena —agregó con gesto pensativo—. Como aquella vez con Goyo en la casa de la playa, con la fruta… Así de original pero… pero algo más gordo… mucho más… intenso y… sucio…

  

 

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