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GENETICA AL EXTREMO 3 Llegué y llamé a la puerta tan normal. La puerta se abrió de repente y me encontré en toda la cara con una imagen que me abofeteó, por muy acostumbrado a ella que ya estaba. Aquel tremendo cipote apuntaba a lo más alto y se balanceaba levemente, cabeceando enhiesto y regado por una buena cantidad de sangre que corría por aquellas hinchadas venas. Su piel era oscura y todo el prepucio estaba retraído, exhibiendo desinteresadamente un redondo y abultado capullo amoratado. Levanté la vista hacia arriba para estudiarle y reconocí su típica barriga imberbe, así como sus gruesas tetas con sus marrones pezones rodeados de pelillos negros. Volví a bajar y me encontré de nuevo con el hercúleo cimbel, así como con dos cojones poblados de vello y grandes como los de un toro, y con dos gruesas piernas con los muslos cubiertos de tupido pelo ensortijado. Mi tío me sonrió con expresión bobalicona. —¿A qué esperas? Pasa —me animó a entrar. —¿Interrumpo? —pregunté. —No. Nada especial —dijo, permitiéndome el paso y dándose la vuelta para dirigirse al salón. Dejó a la vista su culo redondo, blanquito y velludo. Era grandón, pero acorde con su cuerpo de cincuentón salidorro que llevaba una buena vida de comidas deliciosas y sexo, mucho sexo, que no incluía a mi tía y si a todo tipo de putillas de Europa del Este, rubias oxigenadas con melones enormes, algún que otro perro semental y buenos machos entre los que incluso se encontraban mis propios primos y yo. Y es que mis primos Fredo y Jose Luis empatizaban perfectamente con su padre y estaban totalmente en contra de la moral puritana y casi de monja que llevaba su madre, siempre en misa, siempre santiguándose al ver algo subido de tono en la tele. ¡Terrible! Así que mi tía había creado al monstruo, primero, de mi tío y, por consecuencia, a los monstruos de mis primos. Mi tío, el cabrón, era un guarro, un insaciable y un pervertido al que le iba la marcha y el sexo duro y depravado. De ahí que no me extrañara lo que me encontré montado en esa casa. Mi tía se había ido de excursión al pueblo de no se qué amiga en donde había una virgen y un monasterio o no se qué, así que aquel jueves mi tío había empezado por todo lo alto sus cuatro días de libertad. Desde la entrada de la casa, nada más cerrar la puerta a mis espaldas, había empezado a oír tremendos suspiros y gemidos. Al llegar al salón me encontré la escena. Mi tío se plantó en el centro, frente a la televisión de plasma en donde había película porno en la que unos cuatro o cinco tíos se daban por el culo haciendo un trenecito. Mi tío me sonrió y me indicó con la cabeza lo que sucedía en los dos sillones. —He invitado a unos amigos —me explicó. Y cierto era. Allí había dos sofás, uno grande de tres plazas y otro más pequeño de dos. En el de tres plazas pude identificar a Goyo, el compañero de trabajo de mi tío y de mis primos. Aquel cuarentón con un poco de barriguita, peludo, y con pelo bastante rizado y un poco largo, estaba sentado en el sofá. Le identifiqué enseguida por la esclava y el cordón de oro que vestía y que refulgían sobre su morena y velluda piel. A su lado, había un negro delgado y alto, de piel muy muy negra y pelo corto, comiéndole la boca. Observé el culo del negrito, que era muy fino y sin ningún vello. Goyo le agarraba al tipo por la nuca para que no se apartara un momento de su boca, siempre abierta para recibir la juguetona y húmeda lengua del africano. A la derecha de Goyo había otro negro también, este de piel algo más clarita y más mayor que el que morreaba al amigo de mi tío. Es más, me di cuenta en seguida de que el negro con el que se comía la boca era un adolescente de no más de 19 años, mientras que el otro negro que les observaba contento y excitado aparentaba una edad más parecida a la de Goyo, sobre los treinta o cuarenta años. El africano mayor llevaba también un cordón de oro en el cuello y desvió su mirada para plantarla sobre mí y sobre mi tío. Entonces alguien rozó mi espalda y pasó de largo. Era un tercer negro, muy alto, de unos treinta años, no más. Su nariz era algo puntiaguda y tenía unos simpáticos mofletes. En cuanto a su cuerpo, tenía el vientre algo abultado, pero estaba muy bueno. Aunque… con lo salido que yo estaba y con mi criterio, en el que prevalecía el morbo al atractivo, ¿quién de aquella habitación no estaba bueno? A mí me ponía cachondo cualquier macho. En eso me parecía a mi tío. Me gustaban casi todos los hombres con pinta de follar bien, por mucha barriga que tuvieran o muy peludos que fuesen. Me molaban los hombres recios, los machos de pelo en pecho. El negro que venía desde la cocina se acercó a mi tío. El cabrón estaba también en pelotas y éste si que tenía un gran culo, muy redondo, grandecito y más claro que el resto de su piel oscura. Cogió a mi tío por la espalda y le arrimó a su culo peludo un rabo medio fláccido que me dejó sin respiración al verlo. Era una tremenda manguera, bien gruesa, que colgaba de forma amenazante. —Aguna —le dijo mi tío al negro—. Te presento a mi sobrino. —El dios negro me miró, levantó la mano y me saludó con una blanquísima sonrisa—. También está invitado a la fiesta. —¡Bien! —exclamó el negro. —No sabía que había fiesta —solté con cara de bobo. —¿Para qué crees que te he llamado? —dijo mi tío—. Estos son mis vecinos de ahí enfrente. Digamos que… hace un par de semanas nos hicimos amigos —soltó el hijo de puta de mi tío—. No están todos. Este es Aguna, ese es Michel —se refirió al cuarentón que observaba a Goyo y al adolescente. En ese momento me fijé en los michelines que le aparecían a Michel en la tripa. Me resultó algo paradójico—, y el que se está comiendo la boca con Goyo es Enno —me señaló al chaval, que cambió de postura y se subió a lo alto de Goyo, el cual giró la cabeza y me saludó sin quitar ojito al chico. —¿Y Fredo y Jose Luis? —pregunté por mis primos. —Cada uno está en su habitación con algún invitado —sonrió mi tío. —¿También? —aluciné. —Hoy he anulado todo el trabajo que teníamos para mañana, así que tengo pensando que antes de que acabe este sábado me va a sangrar el culo de todas las cosas que voy a hacer con él —soltó mi tío a bocajarro. —Bien —asentí, conforme con los planes de mi tío, que ya tenía puesto el chip de sexo salvaje e inconsciente—. Voy a ver qué hacen mis primos —solté, encaminándome al pasillo, en donde estaban las habitaciones de estos. Antes de dejar el salón me giré y dejé mi mochila, teniendo el tiempo suficiente de observar como mi tío se clavaba de rodillas en el duro suelo, abría su boca, rodeada por una rala barba y un corto bigote de varios días, y sacaba un poco su lengua para saborear con todo su ansia el rosado e intenso capullo de Aguna, aquel espécimen de negro africano con un rabo de infarto. Mi tío comenzó a gemir y a emitir jadeos a cada trago que daba a aquella carnaza del puro gusto que le producía estar comiéndose una polla como esa. Aguna sujetaba la cabeza del cincuentón y movía sus caderas adelante y atrás para ayudarle en la tarea de comer polla, y mi tío más se agarraba a los voluminosos cachetes del negro mientras con una mano que tenía libre a cada poco, se sobaba sus propias tetas, su abultada barriga y su grueso y venoso pollón. Salí de mi ensimismamiento y miré entonces a Goyo, el amigo de mi tío, que seguía comiéndose la boca con el jovencito Enno mientras Michel, el negro cuarentón, se había inclinado hacia delante y le succionaba una de aquellas peludas tetas con pequeños pezones que se gastaba Goyo, que en algún momento, quizás hacía ya unos años, habían sido firmes y musculosas, pero que ahora ya quedaban algo blandas y más gorditas. Aunque no menos exquisitas. Sin contemplar más aquellas calientes escenas, me introduje en la penumbra del pasillo tocándome el paquete, que me molestaba ya dentro del chándal. Me había puesto muy cachondo desde el primer momento. Y es que nada más ver en pelotas a mi tío mi polla había comenzado a engordar. Miré a ambos lados. A la izquierda estaba la habitación de Fredo, el mayor, y a la derecha la de Jose Luis, menor que Fredo en edad pero no en tamaño, pues era un puto armario empotrado. No sé porqué me atreví primero a entrar en la de Fredo. Al abrir la puerta lentamente pude ver dos figuras retozando en la estrecha cama, con el cuarto en tinieblas. Los dos soltaban breves jadeos que identifiqué como besos, pues oía la saliva chapotear en sus lenguas. Dejé que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad y entonces percibí mejor lo que allí sucedía. Ninguno de los dos se había percatado de mi presencia. Allí estaba mi primo Fredo, sentado sobre la almohada y con la espalda apoyada en el cabecero de la cama. Su peludo pecho delgado y su piel blanca refulgían de buena gana, con aquellas tetillas fibrosas coronadas por unos pezones chiquititos. A sus 28 años estaba muy bien. Tenía las piernas abiertas y le ofrecía al otro chaval su buen nabo. El otro chico, delgado también y de larga melena castaña, estaba a cuatro patas chupa que te chupa mientras Fredo gemía, le agarraba del pelo con fuerza y le obligaba a comer rabo como un campeón. —¿Se puede? —pregunté tímido. Mi primo me miró interrogante hasta que me reconoció y el chico abandono el nardo de Fredo para girar su cabeza y verme también. El cabrón era guapo. Debía de tener mi edad, con perilla, dos aros plateados en las orejas y una pinta de tipo heavy que no podía con ella. Es más, cuando vi una gabardina de cuero sobre la silla supe que aquel chaval prometía. Era uno de esos raros especimenes que mi tío y mis primos solían conseguir por Internet para follar. —Hola primo —me saludó Fredo—. Mira, te presento a Kun —me señaló al chico, que se incorporó, todavía de rodillas, y me extendió la mano para estrecharla—. Éste es nuestro primo. —Encantado —me dio la mano, mientras que mi polla, al oír la varonil y cavernosa voz de aquel tipo del que más tarde sabría su edad: 23 años, daba un salto. —¿Te apuntas? —me preguntó Fredo. —Sí —asentí con la cabeza, respondiendo en un susurro. El chico me sonrió. —Pues entonces ven aquí —me llamó mi primo, que conformé me acercaba hacia él se estiró para sacarme el polo rojo que llevaba puesto, dejando mi delgado torso al aire—. Mira lo bueno que está, Kun —dijo, pasándome su mano por el vientre y dándome un beso en el ombligo. El chico del pelo largo estiró su brazo y me sobó también. Mi primo por su parte capturó mi paquete y lo apretó bien. Me fijé en el pecho de Kun, que sólo tenía vello en su ombligo y en el centro de los pectorales, así como en su polla, muy dura, de unos 14 cm, circuncidada y bastante arqueada hacia arriba. Alcancé su rabo y se lo sobé. Él sonrió y se dejó hacer, a la par que yo dejaba que mi primo me bajara el pantalón del chándal, quedándome con los slip, por los que sobresalía la mojada punta de mi nardo. Al momento también estos estaban en mis tobillos. Mi primo capturó una de mis tetas y empezó a succionarla con avidez mientras Kun se metió sin ningún tapujo mi polla en la boca y comenzó a tragársela como un cabrón. Lancé varios suspiros roncos de impresión y gustazo, pues ese hijo de perra de pelo largo apretaba los labios contra mi tronco. —Muy bien, cómesela a mi primito. Tiene una polla deliciosa —decía Fredo. —Sí, ya lo veo, joder —le respondía Kun, sacándosela un momento para tomar aire. Comencé a embestir a aquel desconocido, moviendo mi culo adelante y atrás, mientras mi primo se pajeaba su blanco nabo, aquel que tantas veces me había penetrado por varios agujeros de mi cuerpo y se había corrido dentro después. Me incliné hacia delante par comerle la boca a Fredo y después me agaché un poco más para atrapar su verga entre mis labios, la cual no tenía ya ningún sabor a causa de la felación que de buen grado le había estado realizando Kun antes de que yo llegara. Éste se sacó mi rabote y lo masturbó mientras observaba como le limpiaba el sable a mi querido primo mayor, que me agarraba de la cabeza y empujaba hasta el fondo de mi garganta hasta hacerme toser y expulsar hilajos de saliva. Entonces, por el rabillo del ojo, vi como Kun se llevaba su dedo índice a la boca, lo chupaba y sin más se dirigía a escarbar en la entrada del culo de Fredo, que conforme estaba sentado, dificultaba un poco esta acción. Pero el chico de pelo largo rebuscó entre aquella maraña de vello que poblaba la raja de mi primo y sin piedad empezó a clavarle el dedito. Fredo se relajó y se dejó hacer sin que yo parase de chupar su pepino como una puta. —¿Quieres otro dedo? –le preguntó Kun. —Quiero todos los que puedas meterme —escupió mi primo entre jadeos, separándose sus peludas y blancas nalgas con ambas manos. —Pues deben de ser muchos —replicó Kun—, porque si es cierto lo de que te ha follado ese rottweiler que tenéis… —Es cierto —me saqué el nabo de Fredo para afirmar lo que había visto en tantas ocasiones. —¡Joder! —exclamó el chico—. ¡Vaya familia! Esto deseando de probarlo yo también —sonrió. —Hay mucho fin de semana por delante y Rocco es insaciable, así que podría follarte más de 7 veces en un día y seguir teniendo cuerda para rato. Le hemos entrenado bien —dijo Fredo satisfecho, refiriéndose al rottweiler—. Bueno, el que más le ha entrenado ha sido mi padre. —¿Siete veces en un día? —repitió el chico, que había dejado de masturbarme, asombrado por las sentencias de mi primo—. ¿Qué clase de enfermos sois? ¿Os habéis dejado follar por ese perro tantas veces en un día? —Mi padre —respondió Fredo—. Todavía tienes que conocerle. Kun tenía los ojos como platos. —Sólo con comentarme eso me entran ganas de correrme. ¡Sois unos cerdos! —manifestó alucinado—. Justo lo que andaba buscando. Cuesta tanto encontrar gente tan… cachonda. —La sesión de sexo decaía a favor de la tórrida conversación—. Pues yo os he traído esos vídeos que he grabado. Los que os comenté que son bastante fuertes —dijo el chico—. Queréis verlos. —¿Es una cinta de vídeo o DVD? —Cinta de vídeo —respondió Kun. —Entonces métela en el combi —le indicó Fredo. Definitivamente abandoné la polla de mi primo, algo resignado, y me acomodé en la cabecera de la cama junto a él para ver la cinta que Kun metía en ese momento en la televisión con vídeo que Fredo había instalado justo en frente de la cama. Éste tomó el mando a distancia. —Ya está rebobinada —explicó el chaval de pelo largo, que regresó junto a nosotros, gateó desde los pies de la cama y se acercó a nuestra cara para morrearnos, primero a mí, en un beso intenso y pasional, y después a mi primo, acabando los tres enzarzados en una lucha de lenguas, compartiendo buena cantidad de caliente saliva e incluso escupiéndonosla para tragarla—. Son mis mejores momentos —comentó mientras aparecían las primeras imágenes y se separaba de nuestras bocas. En la pantalla apareció él, agachado y comiéndose un rabo bastante normalito. A su alrededor había más pollas, algo más grandes, unas seis o siete contamos. Kun salía con el pelo algo más corto, comiéndose aquella salchicha y con otras dos en cada mano, masturbándolas. Se le veía concentrado, hundiéndosela hasta la garganta. —Eso es en Benidorm, en el apartamento de unos tíos que conocí por Internet. Buscaban a un jovencito cachondo al que le gustara tragar leche. Dio la casualidad que veraneaba allí con mis padres, me dieron la dirección y una tarde me presenté —explicaba—. Unos treintañeros cachondos que me dieron leche hasta vomitar. Menuda noche. Les dejé los huevos exprimidos. Hasta cuatro corridas me dieron a comer algunos. —¡Madre mía! —soltó Fredo, que me había enganchado el cipote y me lo masturbaba, mientras yo hacía lo mismo con él. Entre las escenas y los detalles que Kun nos daba nos hacíamos una idea de aquella particular fiesta. Algo que no era nada nuevo para nosotros, que también habíamos cogido nuestras buenas indigestiones de lefazo, pero es que los tíos que le daban a comer su corrida estaban bien buenos. La cinta tenía cortes y lo que debían de ser varias horas de grabación se resumían en 15 minutos más o menos, porque pronto vimos la cara y el pelo de Kun completamente blanco y chorreando viscoso. Los treintañeros le colocaron una bandeja en la barbilla y le iban soltando lechadas en toda la cara, a diestro y siniestro, hasta hacerle una blanca y densa mascarilla. Los pavos que se le corrían en toda la cara a indiscreción, soltando una cantidad tremebunda de semen, tanto que parecían caballos. Hasta cinco grueso chorros y luego otro más pequeños. Todo tenían una cara de chulos hijos de puta que no podían con ella, con tatuajes, cordones de oro y plata, anillos de oro, cadenas, esclavas… Algunos cachas, otros cachas también pero con tímidas tripas cerveceras y morenazos los cabrones de tomar el sol. Le trataban como a su puta, cogiéndole del pelo largo embadurnado de leche y obligándole a hacer cosas que parecían calentar más a aquellos gallitos y al propio Kun, que mostraba una cara algo más joven. Esto pensaba yo cuando uno de aquellos cabronazos, bien hinchado y algo rojo a causa del sudor y su tono de piel tostada, de pelo muy rubio, corto, despeinado, y con pinta de hooligan, le levantó la barbilla a Kun mientras le gritaba que se corría, le cogió por el párpado y le ordenó autoritariamente que abriera el ojo porque le iba a echar toda su leche en él. Kun parpadeo varias veces asustado por la cercanía del rojizo capullo del tipo, pero se mantuvo con el ojo abierto en todo momento, como si aquella escena la hubiera grabado el propio Kubrick. Y entre escandalosos gritos, aquel grandullón de pelo rubio le descargó su tercera lefada dentro del ojo, como si fuera un maravilloso lilimento. Kun, bajó la cabeza y la sacudió, parpadeando como loco e intentando retirar con sus dedos la densa película de semen que le nublaba la visión. Sólo que casi lo había conseguido cuando llegó un morenazo con gorra de béisbol en la cabeza, gafas de sol y pinta de ser camarero de alguna discoteca porque su cuerpo por entero depilado y cachas hacía que el sudor escurriera con total facilidad por él. Estaba muy cuadrado, un auténtico dios musculado y juvenil. El caso es que el tipo éste habló amenazante, instando al chico a que volviera a colocarse en la misma posición, pues se le iba a correr también dentro de ese ojo. La corrida cubría toda la cara de Kun, quedándose reseca ya en algunas partes de su rostro. El chaval de pelo largo miró como buenamente pudo al musculoso maromo, levantó la cara para prepararse y estiró su brazo para acariciar las voluminosas y duras tetazas del chulazo, que en un momento comenzó a gruñir mientras sostenía abierto el párpado del chaval, echándole en un momento su vigorosa lechada en el globo ocular. Esta vez Kun gritó, movió la cabeza y se frotó el ojo. —¡Empieza a escocer! —se quejó—. Necesito lavármelo. —Está bien —aceptó el tipo cachas que se acababa de correr—. Ve a lavarte, que te lo estás ganando —acarició al chaval su delgado torso sudado y surcado por ríos de corrida. Mi primo Fredo y yo no cabíamos en nosotros mismos ni de admiración ni de calentura, pues nos íbamos a dejar las pollas el uno al otro al rojo vivo. Kun detuvo la cinta para decirnos algo. —Ahora se me corren tres más en el mismo ojo y luego dos en el otro —nos contó sencillo. —¡Menudo cabrón estás hecho! —comenté, acercando mi boca a la de Kun y morreándole. Éste me correspondió efusivo, acariciando mis huevos peludos con su mano libre, pues con la otra se estrujaba la verga. —Vamos —habló, separándose de mí—. Seguro que vosotros habéis hecho cosas peores —nos animó indirectamente a contarle. —Algunas cosas —respondió Fredo—. Aunque nunca se nos han corrido en un ojo. —Decidme algo fuera de lo común que hayáis hecho vosotros o vuestro padre —pidió. Mi cabeza se volvió una especie de torbellino, pues acudieron tantos recuerdos de golpe que no habría sido capaz de elegir uno al azar. Demasiadas vivencias en compañía del salido de mi tío, tanto heterosexuales, bisexuales como homosexuales. En aquella casa les iba todo. ¡Algo tremendo! —Todo lo que hace mi padre es fuera de lo común —soltó Fredo. Bueno, y mi hermano Jose Luis le sigue los pasos de cerca. Yo soy un poco más tranquilo, igual que él —me señaló—. Pero los otros dos… Recuerdo cuando un fin de semana estábamos solos. Mi padre tenía un amigo que trabajaba en la lavandería del cuartel del ejército y no se le ocurrió otra cosa que pedirle a su colega que perdiera adrede un saco de la lavandería lleno de ropa interior sucia. A cambio le recompensó económicamente. Así que sólo se le ocurrió a él hacer un concurso para elegir los mejores calzoncillos usados. Contamos en total 67 calzoncillos, todos slip, de muy diversos tamaños. Así como una buena tanda de calcetines usados. La verdad es que el tipo que los consiguió se lo debió de montar bien, porque nadie rechistó demasiado ante la pérdida. El caso es que nos ves un viernes por la tarde, sentados en la cama de matrimonio de mis padres, mi hermano, mi padre, su colega de la lavandería y yo, sólo vestidos con los calzoncillos. Volcamos el saco con los calzoncillos sucios y uno por uno comenzamos a olerlos, esnifarlos, chuparlos y masticarlos como cabrones para sacarles todo el jugo pero compartiéndolos. No te imaginas que saborazo tenían. La verdad es que era una locura porque todos olían delicioso, a machos sudorosos, a huevotes. Algunas venían llenos de pelos púbicos o con chorros de corrida reseca. Nos imaginábamos en voz alta cómo debía de ser el tío que llevara esos gayumbos, con culos grandes o delgados, con pollas gordas, finas, delgadas, tochas… O cómo debían de ser sus cojones de gordos, de peludos. Me hubiese encantado ponerle cara a cada calzoncillo. Cuando llevábamos repasados los cinco primeros ya teníamos las pollas fuera, estábamos a cuatro patas pasándonoslos por la raja del culo, por la cara, por el pecho y por el rabo y los cojones. ¡Demencial! Kun escuchaba atento el relato, masturbándose ferozmente. —¿Y olían mucho? —preguntó—. ¿Estaban muy sucios? —Había de todo —respondió Fredo—. Había algunos que no hacía falta ni acercárselos para apreciar el olor a bolas sudadas que tenían. Y muchos tenían unas manchas de meada, de lefazo y de mierda que alucinas. ¡Una porquería! Imagínate como teníamos las lenguas al llegar a la mitad más o menos. Yo tenía hasta ardor de estómago y tuve que dejarlo. Así que lo continuamos al día siguiente. Aunque mi padre… —¿Qué? —le animó Kun a hablar. —Había un calzoncillo que le moló. Bueno, pues después de chuparlo bien los cuatro y de pasárnoslo por todos lados, mi padre le envolvió la polla a su colega con él. Éste amigo suyo tenía un rabo bastante interesante, sobre todo en cuanto a longitud, porque parecía una barra de salchichón, así que de esa guisa mi padre se empeñó en que le metiera todo el rabo y se lo follara así. Menuda follada utilizando de funda el calzoncillo, que rozaba que no veas en el ojete de mi padre. Llegado el momento, su colega se corrió y solo se le ocurrió sacar la polla y dejarle dentro el calzoncillo. Entonces el burro de mi hermano Jose Luis se empeñó en empujar con los dedos el slip para dejárselo a mi padre todo dentro. —¿Y qué pasó? —preguntó Kun. —Pues que como mi padre es un bestia se dejó y mi hermano empezó a incrustarle el calzoncillo sucio dentro del culo entre gemidos de gusto y dolor. Y no contentos con esto le metieron un segundo calzoncillo que también apestada ayudándose de un consolador, empujando hasta que tuvo los dos slips dentro. Después, al sacárselos, deberías ver los chorros de leche que soltaba por el agujero del nardo el cabrón de mi padre. —¡Dios! ¡Si sigues contándome me voy a correr! —dijo Kun con la voz entrecortada—. Yo una vez hice algo parecido con un colega que tocaba conmigo en el grupo… —Ah, ¿sí? —dijimos Fredo y yo a la vez, picados por la curiosidad. |
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