Nunca me he molestado en azotar o atar a un esclavo con correas de cuero durante la exhibición previa a la subasta. De vez en cuando se congrega un grupo de compradores en torno a un maravilloso esclavo al que obligan a adoptar diversas posturas, a cual más lasciva y reveladora, y a obedecer una docena de órdenes. Y la forma en que desnudan con los ojos a todas las mujeres y hombres atractivos que hay en la sala. Como es lógico, después nosotros realizamos de nuevo esas evaluaciones para verificar que los esclavos cumplen con las normas de El Club. Lo recuerdo porque superó la oferta que hice yo en nombre de El Club para la chica, una joven bronceada, rubia, que jamás derramaba una lágrima por más duro que fuera el castigo que le imponía su amo, el cual se enardecía ante su frialdad. Esos propietarios particulares de esclavos suelen ser gente enormemente atractiva e interesante. |