Su aliento olía a eucalipto. Del cuello de la tetona colgaba un gargantilla de reflejos dorados. En la calle, una pastelería me tentó en primer lugar, con sus aromáticas y coloridas delicias colocadas con esmero en unas estanterías que daban al escaparate. También podría decir, no sin cierta mojigatería, que Cupido flechó mi corazón en cuanto vi a la esplendorosa chica. En ese preciso instante alguien encendió la luz. Al rato me decidí a cambiar de pareja de baile y para ello me escabullí de sopetón (no me apeteció invertir más tiempo en la mujer cuadrada) y me puse a curiosear por todas las estancias de la planta en la que me hallaba hasta que descubrí un lujoso baño atestado de gente. |