La oriental presentaba un aspecto puro, virginal, casi desamparado, pero no se ruborizó mientras el obeso la desposeía con presura de un kimono plateado bajo el que no llevaba puesta ninguna otra prenda, ni siquiera lencería. —musitó sin perder de vista la pantalla del televisor con la que se había quedado embobado. Desgraciadamente, somos tan obtusos que, a menudo, no sabemos lo que nos conviene. Joder, ¡es que está como un copón! —concluyó en un tono agudo próximo a la histeria. La muy guarra no se había molestado en lavarse en el bidé después del reconfortante acto. Lo único que me alegraba de las miradas acusadoras de la gente era el hecho de que volvía a ser visible. |