El integrante masculino era un tipo musculoso, bien parecido que se encontraba de pie, sujetando en vilo a la chica, situada junto a él en una postura invertida, es decir, con su cabeza a la altura de las rodillas varoniles. El caso es que, bastante deshecho, me acerqué al escaparate de unos grandes almacenes. Tenía algunas pecas en las mejillas y una sonrisa cálida, fácil y amistosa, en la que mostraba sus encías y unos dientes pequeños y tirando a amarillentos. Ostentaba unas caderas tan curvadas que su visión hubiera causado un repentino infarto de miocardio a un bailarín de danza clásica y unas piernas que, sin bien no eran tan musculosas como las de mi adorada culturista, estaban francamente bien torneadas. —No, así no, búscame el clítoris; es un apéndice muy pequeño, que tengo dentro —me aleccionaba mi monitora, entre jadeos, tras la intentona. Al principio, las piernas me flaqueaban a causa del desgaste al que me había sometido la culturista, sin embargo, no me concedí ni un breve descanso. |