Yo le animo. Y era cierto. Sandra cerró la puerta por dentro con el pestillo —algo que se olvidó de hacer Fernando—, mientras su hermana metía la cabeza entre las cortinas con la intención de ver la polla del Señor Mas. —No. ¿No cree usted que valió la pena?—¡Qué cosas tiene…! —dijo la mujer de recóndita belleza, ladeando la cabeza como una estúpida colegiala y sonrojándose—. Durante el beso, una bola viscosa y aterciopelada, no muy grande, del tamaño de un riquísimo fresón, pasó de una boca a la otra. |