¡No me insultes, cabrón! – chilló la chica con los ojos como ascuas. Aquella era mi oportunidad. ¡Joder, qué susto! Rápidamente aparté la mirada, nervioso por si la chica me decía algo. Desde mi asiento podía escuchar cómo las dos cuchicheaban en voz baja, y aunque no entendía lo que decían, por el tono podía adivinar que Jamona estaba nerviosa y enfadada mientras que su amiga se estaba divirtiendo de lo lindo. Cuando por fin nos calmamos, nos quedamos mirándonos los unos a los otros, sin saber muy bien qué decir. No duré ni un minuto. |