Estas palabras fueron el banderazo de salida de una bacanal, cuyos componentes se dispersaron por todas los rincones de la casa. Había otra, un poco rellenita y con una ligera papada, pero no exenta de encantos, que a nadie mínimamente atento pudo pasarle inadvertida. Cuando el ósculo (impregnado de un dinamismo oculto al observador pero no a los participantes) concluyó y nos separamos, al instante, su cara reflejó el desconcierto absoluto y la turbación a la que me estaba empezando a acostumbrar. Un par de fornidos guardias de seguridad de rostros graves vigilaban la cancela de la mansión. Se agitaba bajo mi cuerpo con ese rapto inconsciente de las mujeres multiorgásmicas. Pero esa tía —prosiguió señalando con el índice la imagen del anuncio emitido de forma ininterrumpida—, esa tía seguro que no tiene nada de estrecha. |