El chavalín se había quedado mudo. Después llegaba a su pecho y su cuello, y al juntar las manos apretaba como si quisiera estrangularlo, pero él nada temía: sabía que pronto la estrechez se relajaría para dejar paso a una nueva y deliciosa caricia. ¿Descansamos?¿No te gustaría abrazar al pequeño, ahora, entre nosotros?Me encantaría. ¿Eso crees?Sí. Pedía disculpas por no haber llamado, decía que su padre se había puesto borde y que estaba bien y nos echaba de menos. ¡Menos que a mí! –respondió el pequeño, recuperando por un momento el sentido del humor. |