Lamía a destajo y, por mi parte, fantaseé con la posibilidad de que la fila afilada superior de sus dientes se convirtiera en la hoja de una afilada guillotina que seccionara de un feroz tajo ambos apéndices. Así que me incorporé de nuevo para ver en qué podría invertir los últimos coletazos de aquella gloriosa noche. Me quedé un rato mirando ensimismado a otra que iba ataviada con un vestido muy vanguardista que dejaba al descubierto su espalda. Reparé también en una curvilínea rubia platino, con una boquita de piñón que era un beso eterno y un lunar a lo Cindy Crawford junto a las comisuras de los labios que no me pareció auténtico sino postizo o pintado con un lápiz perfilador. Había quienes preferían entonarse con los efluvios dionisiacos del alcohol. El tipo tenía una nalgas pétreas que eran como placas tectónicas y que me hicieron sentir un inconfesable ramalazo de atracción homosexual. |