Mi estatura me hubiera impedido ver qué acontecía en el centro. Me puse encima de Julia, que me recibió con los brazos abiertos sin saber que yo no era su compañero, y, acto seguido, quité el tapón de la bañera desbaratando el baño que planeaba darse. La concurrencia jaleaba al hombre, sin mostrar el menor atisbo de empatía hacia la torturada. En grupos reducidos iba llegando un heterogéneo grupo de individuos de ambos sexos que servirían para saciar los apetitos más inconfesables de los invitados a la juerga. Me acerqué a una parada de autobús en la que una joven de pelo teñido de rubio y peinado en rastas, que vestía unos ajustados vaqueros azul claro y un top blanco con el que exhibía el ombligo y una porción de su espalda, aguardaba a la llegada del medio de transporte. En ese momento me di cuenta de que la chica estaba acompañada por un joven, de patillas anchas y piernas zancudas metidas en unos estrechos jeans azules que aguardaba pacientemente a mi salvadora. |