—Concluyó fingiendo que se lavaba las manos emulando a Poncio Pilatos. Sin embargo, me hago cargo de lo complicado que tiene que resultar para estas mujeres satisfacer sus necesidades sexuales. Pero como no vio a nadie sospechoso a su espalda, su gesto de desprecio se quedó congelado y acabó por transformarse en una expresión desconcertada. Monique miraba hacia el techo ausente, con la boca abierta y los ojos perdidos. El distraído cónyuge (me imagino que formarían un matrimonio venido a menos) no captó la indirecta, pero a mí no me pasó inadvertida tan tórrida proposición. Pensé que ya era hora de darle al sexo una dimensión meramente fisiológica rayana en la grosería y que ya estaba bien de aplicar la socorrida consigna: culito veo, culito quiero. |