Por eso creí necesario echarle una mano a Helena, para que también pudiera disfrutar, en lugar de sentir dolor. Yo sé que si, a la putica de Helena también le gusta. Primero le di pequeños lengüetazos a la punta; luego, comencé a chupar cada vez más profundo. Se acercó lo más que pudo a mí, hundiéndome debajo de su brazo. A las doce, la noche apenas comenzaba y ya las dudas primarias eran agua pasada. Quería que Carlos fuese mi dueño por esa noche, y que mi esposo viera como me prostituía ante sus ojos, gozando como loca con ese pene enorme. |