Alcohólicas, no. La tía ni se inmutó. Venga, campeón, un último esfuerzo y dame el gustazo de cumplir una de mis fantasías El movimiento circular que imprimía al pandero, hacía innecesarias mayores explicaciones. Con tanto meneo, aún después de haberme quitado la camiseta y los pantalones sin velcro, empecé a sudar como un cerdo. Cristina me esperaba sentada en un sillón, armada con una copa burbujeante y la munición de un plato de fresas a mano. Con la poca luz que dejaban pasar las cortinas, sólo se apreciaban con nitidez unas piernas enfundadas en medias de seda hasta medio muslo rematadas con ligas y, a partir de ahí, unos muslazos de marfil: la viva imagen del vicio. |