Quedamos extasiados de placer. Me confesé ante su mirada penetrante que parecía concentrarse en esas rosadas manzanitas que se habían incrustado en mi rostro. Una sonrisa irónica dejaba ver su blanca dentadura. Caminamos hasta el final del sendero iluminados por faroles que nos permitían ver cada gesto, cada mirada. No quedaba bien que nos vieran salir juntos. Arreglé el desorden que había dejado luego del baño, y sin nada más que hacer llamé al celular de mi mejor amiga para contarle del técnico (Quedé embobada). |