Ese día me enorgullezco de haber soportado esa situación como una campeona. Pero mi atención se centró la parejita sólo unos segundos, Carlos, el esposo de Helena, se había sacado el miembro y lo masajeaba con paciencia, desde la punta hasta la base. Quería que primero introdujera un dedo y la masturbara un poco; luego, cuando el sexo estuviese más suave y relajado, agregara otro, y después otro más; por último, cuando ya la zona estuviese lista, la penetrara con calma, sin empujar. Inclusive a mí me hubiese gustado tocarlos. Con paciencia y poniendo mucho cuidado en el asunto, fue deslizando el pene dentro de mi ano; sin vaivenes ni movimientos bruscos. Los tragos nos habían liberado, y los cuentos, chistes, y anécdotas subían de tono conforme transcurría el tiempo. |