Andrea, empezó a chillar y a resistirse como una descosida. En cuanto cobré conciencia de mi excepcional situación, me fui zumbando a la calle. La supuesta actriz no presentó resistencia a mi requerimiento (la obediencia era la tónica general en aquella fiesta) y me correspondió con una lengua que se extendió con la misma presteza con la que un camaleón lanza la suya. Cuando terminó, se limpió únicamente con papel higiénico, accionó la cisterna y bajó la tapa de la taza de porcelana. Lo que más me sorprendió no fue la audacia implícita en la declaración, sino el hecho de que hubiera adivinado mi procedencia sin que yo hubiera abierto la boca. En el momento álgido profirió un bramido triunfal y se escurrió al máximo aminorando progresivamente la marcha en las entrañas de su compañera, que soltaba gemidos sofocados. |