Algunas, antes. Ningún problema. No aceptó la disculpa de que estaban todas ocupadas o reservadas con antelación y, esgrimiendo amenazadoramente el móvil, comenzó una amena conversación con un tal Josemari, mientras el caballero de detrás del mostrador empezaba a cambiar de color y a pasar frenéticamente las hojas del libro de reservas. Cerré los ojos, absorbiendo como un colegial aquellos labios ardientes en los que se fundía la nata y, apenas los volví a abrir, la muy zorra se había girado, bajándome el slip y chupándome los huevos, pero con todas las letras: me sorbía uno con sus labios, estirándolo hasta hacerlo desaparecer en su boca y, sin soltarlo, lo lamía y relamía, provocándome una mezcla explosiva de placer y dolor. No es por fardar, pero tengo muchas clientas y de todo tipo, desde la tímida de turno a la que le cuesta Dios y ayuda despojarse de su ropa a la lanzada que lo que quiere es un polvete salvaje sin más. También lo digo, porque asomaba entre las cortinas de la bañera y el tufillo, sin lugar a dudas, procedía justo de ahí. |