Desconocidas. Yo misma, que estaba encaramada a lo alto de las puertas de los lavabos como si fuera un gato, pegué un bote. No porque me resultase repulsivo, sino porque el acto en sí… me asustaba… ni siquiera nadie me había besado nunca. Nos miramos desafiantes… y le pegué un soberbio empujón en los hombros que le hizo caer al suelo, en una caída imposiblemente lenta, mientras me lanzaba sobre él para montarle. Todos saben que en el momento en que le ves una vez, estás perdido…El lunes por la mañana, estas eran las conversaciones que se oían en el instituto…. No te ofendas, pero me he cansado de jugar. |