Ella me miraba y sonreía, ¡dejándose hacer! Y yo no me lo creía, un cuerpo femenino sólo para mi. Mi madre me preguntaría más tarde porqué lo había hecho, yo le dije que algo me sentó mal y vomité sobre ellas en la siesta. La verdad es que por mi mente pasó en aquel instante la idea de verle el coño, yo nunca había visto uno en directo, pero me daba pena aprovecharme así de ella, que no entendía de estas cosas. Me senté junto a ella y comencé ha acariciarle sus tetas, estaban blanditas y suaves. Luisa despertó y no pareció disgustarle la sorpresa. Me asusté y me retiré. |