Mándame uno. Quizá la verdadera figura del David judío no se parezca ni a la que presentaba el libro de religión de mi niñez ni a la que esculpió el excelso escultor italiano, pero en mi mente, la que se presenta al leer o oír su nombre, el que intenté imitar en mi niñez por su valentía, estuve enamorado durante un tiempo al elegirle mi corazón como el máximo compendio de la belleza y del deseo sexual o enseñoreó mis masturbaciones al pajearme durante esta época de mi vida, es la de mármol blanco de Carrara que permanece en Florencia. Volví a la realidad y quedé en suspenso, quería fuese él quien iniciara de nuevo la conversación recordando su promesa. El motivo de no tenerla se lo explico a quien me lo solicita y ha ganado mi confianza. Sí. Posé mi vista primero en su cara para volver a recrearme de la armonía de sus rasgos, la descendí luego por el cuello hasta el nacimiento de sus tetillas, mientras mis dientes imaginaban morder sus morenas puntitas, la deslicé después por el liso vientre, donde el hoyuelo de su ombligo atrajo mi atención, siguió hasta donde se iniciaba una carrera de abundante, negro y rizado vello púbico y quedó finalmente parada, absorta y quieta, observando, loco de excitación, donde se juntaban sus piernas y aparecía un duro e inhiesto trozo de viviente carne que empuñaba su mano derecha. |