Su voz resultaba reconfortante. Cuando llegué ante la mujer sentada en el mostrador pude comprobar que poseía unos labios salientes de un grosor tan antinatural y aberrante que verla habría resultado muy ofensivo para un alma puritana. Una fracción de segundo antes de correrme, se me saltaron las lágrimas. El pudor no parecía haber recibido una invitación para la desmadrada francachela. Hizo que me tumbara en la cama y empezó a besuquearme reiteradamente por todas partes con una prodigiosa celeridad, en mis párpados, en los lóbulos de mis orejas, en mis pezones planos, en la piel arrugada de mi escroto. Un brebaje denso y de color verdoso que había preparado en el. |