No quería… decir… balbuceó. Hasta mañana – dijo él. Me senté en un banco presa de una calentura asfixiante, miré a derecha e izquierda y al ver a nadie abrí un poco las piernas y subí mi falda; pronto una de mis manos subía por mis muslos buscando mi ardiente vagina, aparté la chorreante braguita y con dos dedos busqué el clítoris entre los mojados vellos que se pegaban a mis abultados labios vaginales. No quería… decir… balbuceó. Cubierta solo con las bragas delante de él, me di cuenta de que mi única prenda estaba muy baja, mostraba la totalidad del vello púbico y la parte superior de mi hendidura. Un sentimiento de vergüenza me llenó, ¿hasta que límites estaba llegando?, el sexo se estaba convirtiendo en el centro de mi vida y yo no podía o no quería evitarlo, miré a mi hija mientras algunas lagrimas escapaban de mis ojos, ¿qué me había hecho Q?, ¿en que me había convertido?, ¿por qué algo que antes me gustaba y disfrutaba ahora se había convertido en una obsesión?, miles de preguntas me asaltaban y no tenía respuestas, pero una sobre todo me asustaba… ¿sería capaz de salir de la espiral en la que me estaba metiendo?. |