Temía leer de un momento a otro. Se los puse en la pantalla y pude contemplar su agraciada sonrisa cuando los leyó. En el libro donde leíamos y estudiábamos el catecismo David venía representado por el dibujo a plumilla de un pastorcillo muy bello, ataviado con pieles de oveja, cuidando un rebaño en la ladera de una montaña con una honda en la mano y a lo lejos, en la cima, un gigantón tumbado en el suelo por la certera piedra que había recibido en la frente. Me enteré hace unos días que en Italia estaban preparando, en reconocimiento y admiración hacia Miguel Ángel, el más insigne escultor italiano de todos los tiempos, los actos de conmoración del quinto centenario en que realizó la más célebre estatua que existe para mí, la de David, el héroe del Antiguo Testamento, que fue elegida por la humanidad, desde su construcción y colocación en una plaza de la ciudad de Florencia, hasta nuestros días, como el mayor exponente de la belleza juvenil masculina. Hacerlo yo lo creía ineducado, ya que no podía corresponder de la misma forma, al no poseer una cam, ni un cuerpo tan sublime como el suyo. Finalmente encontrábamos una postura ideal para entrelazar nuestros cuerpos y quedar satisfechos del mutuo y sublime intercambio de semen que íbamos a realizar y cuando llegó su éxtasis me entregaba su mayor regalo, su sabor, su olor y su secreto. |